¿Por qué soy católico?
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la Iglesia Católica... |
¿Por qué soy católico?
Romualdo Olazábal
tengoseddeti.org
Como parte de mi apostolado con tengoseddeti.org a menudo recibo correos electrónicos de algunos hermanos evangélicos que cuestionan lo que creemos nosotros, los católicos... Aquellos de ustedes que nos siguen desde hacen algún tiempo recordarán la respuesta a una de esas cartas en el artículo “Carta a un hermano evangélico”...
Siempre me resulta muy curioso ver cómo cada denominación cristiana tiene su forma propia y particular de interpretar las Escrituras y de seguir a Jesucristo, argumentando y dándole más o menos importancia a diferentes aspectos doctrinales...
Por ejemplo, algunos cuestionan los sacramentos, la sucesión apostólica y la autoridad del Papa... otros se fundamentan en las doctrinas evangélicas de la “sola scriptura” (solamente la Biblia) o la justificación por la fe sola para censurarnos e invitarnos a “aceptar al Señor”... o sencillamente nos juzgan como “idólatras” por nuestra devoción a la Virgen María y a los santos, y nos exhortan a arrepentirnos para que podamos ser “salvos”... Claro que también hay quienes se acercan buscando un diálogo serio y honesto sobre las muchas cosas que tenemos en común y que nos unen a todos los cristianos, seamos católicos, ortodoxos, protestantes o evangélicos...
Les cuento todo esto porque con cada uno de esos correos también me llega, de una manera u otra, la misma pregunta obligada: “¿por qué soy católico?”... y aunque razones y argumentos hay muchos – ¡y muy válidos todos! – cada vez me convenzo más de que la razón principal de mi fe y el fundamento esencial del catolicismo es uno: ¡la Eucaristía!
Juan Pablo II, en su encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, nos decía que la Eucaristía es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana”... o sea, que la Iglesia nace de la Eucaristía, se alimenta de ella y a ella se dirige. Y es que la Eucaristía no es otra cosa que Cristo mismo, vivo y presente entre los hombres... Por eso yo soy católico... y también por eso siento tanta tristeza cuando veo un autoproclamado “católico” que decide dejar su Iglesia para abrazar una de la tantas iglesias evangélicas que existen... ¡acaso no se dan cuenta de que lo pierden todo!
Como católicos, nuestro culto a Dios gira entorno a la Santa Misa y al sacramento de la Eucaristía... Como católicos, nosotros creemos que fue el mismo Jesucristo quien instituyó este sacramento – el sacrificio de su cuerpo y de su sangre – durante la Última Cena... y nos mandó: “haced esto en conmemoración mía” (Lucas 22, 19; 1 Corintios 11, 24)... Y como católicos, creemos que en cada altar del mundo, cada vez que el sacerdote extiende sus manos sobre el pan y el vino, y repite las palabras de Jesús – “este es mi cuerpo” y “está es mi sangre” – Jesús se hace presente, y ese pan y ese vino dejan de serlo para convertirse en el Cuerpo y la Sangre del Señor...
Para los católicos este es “el Misterio de nuestra fe”, como proclamamos en la Plegaria Eucarística durante la Misa... Pero aunque es superior a nuestro entendimiento, no deja de ser una realidad sublime, imponente y maravillosa... Y esa realidad es Cristo Vivo y Resucitado, con toda su fuerza y toda su divinidad, que siendo Dios, se hace ofrenda y se entrega a los hombres para ser nuestro alimento... alimento que nos da la vida eterna...
“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Juan 6, 54-57)...
El Evangelio según San Juan, en el Capítulo 6, nos narra lo que aconteció a un grupo de discípulos... Dice Juan que “mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos”... y Jesús le dio de comer a esa multitud con sólo cinco panes y dos peces... para luego, alejarse al monte, Él solo, porque querían hacerle rey...
Esa madrugada Jesús camina sobre las aguas, hasta la barca de los apóstoles, y llegan juntos a Cafarnaúm... la multitud llega luego y se sorprenden de encontrarle allí, «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» Y es entonces cuando Jesús comienza su “discurso del Pan de Vida”, esa maravillosa revelación que le da sentido a todo el relato de la Última Cena...
Ante las palabras de Jesús, le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan», y Jesús les dijo: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis»...
Ven los signos externos... ven los milagros y las curaciones... pero sus corazones están endurecidos... no vienen por Jesús y lo que Dios les ofrece, sino que es su egoísmo y su ambición lo que los mueve... y murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo»... y discutían entre sí y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Y Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros»...
De verdad es una lástima que a tantos hermanos protestantes y evangélicos digan como aquellos “discípulos” que estaban en la sinagoga de Cafarnaúm, «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» y a pesar de haber encontrado al Señor... a pesar de haberle conocido y escuchado... se vuelvan atrás, alejándose de Él...
Es por esto que yo soy Católico, porque creo en Jesús... pero en un Jesús Vivo en medio de nosotros... no una presencia “espiritual” sino una presencia Real y Verdadera... Aquel mismo Jesús que caminó por toda Palestina anunciando la Buena Nueva... el mismo que sanó los enfermos y resucitó los muertos... que padeció y murió por ti y por mí, y que resucitó al tercer día... ese Jesús que dijo, “estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).
Y, ¿sabes algo?... No importa en cual iglesia busques, sea una de las iglesias protestantes históricas o una de las miles de denominaciones evangélicas, la Eucaristía solamente se puede encontrar en una Iglesia... en la Iglesia que Jesús nos dejó... en la Iglesia Católica... la única que, como los cristianos de aquellas primeras comunidades, siguió “perseverando en la partición del Pan”...