La naturaleza humana de Jesús
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La naturaleza humana de Jesús
Guido Adolfo Rojas Zamorano
"Verdades de la Fe Católica"
El hijo de Dios sólo podía ser verdaderamente el redentor del género humano si adoptaba enteramente un cuerpo y un alma humana, con todo lo que implicaba haber tenido nuestra propia naturaleza (Hebreos 2, 14). Sin embargo, por el mismo hecho de ser Dios, no tuvo en su vida terrenal caída alguna. "Porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros; sólo que él jamás pecó" (Hebreos 4, 15), ya que "nunca cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca" (Isaías 53, 9; 1Pedro 2, 22), "El es santo, sin mancha, apartado de los pecadores" (Hebreos 7, 26), puesto que "ha sido hecho perfecto para siempre" (7, 28), como hombre celestial (1Corintios 15, 47).
"Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer, sometido a la ley de Moisés" (Gálatas 4, 4). "Por medio de los profetas, Dios había comunicado este mensaje que trata de su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, que como hombre es descendiente del rey David" (Romanos 1, 3-4), porque Él mismo "tomando naturaleza de siervo nació como hombre" (Filipenses 2, 7). En cuanto a lo humano es de raza judía (Romanos 9, 5), pues "por un poco tiempo, Dios hizo (a su Hijo) algo menor que los ángeles" (Hebreos 2, 9); teniendo un desarrollo normal, ya que fue creciendo en cuerpo y mente, gozando del favor de Dios y de los hombres (Lucas 2, 52; Proverbios 3, 4).
De la vida pública de Jesucristo las Sagradas Escrituras nos aportan una abundante información sobre las necesidades físicas, virtudes y pasiones que sintió en carne propia. Pues experimentó el aguijón del hambre (Mateo 4, 2; 21, 18; Lucas 24, 41-42), le pide agua de beber a la mujer de Samaria (Juan 4, 6-8), siente nuevamente sed cuando esta en la cruz (Juan 19, 28-30). En varias ocasiones llega al cansancio y el agotamiento físico (Marcos 4, 38; Juan 4, 6), oraba en las madrugadas (Marcos1, 35), predicaba el mensaje de la salvación en aldeas y pueblos (Mateo 9, 35), se retira a descansar a solas con sus apóstoles (Marcos 6, 30-32). Era un hombre pobre (2Corintios 8, 9), que no tenía "donde recostar la cabeza" (Mateo 8, 20). Vestía discretamente (Lucas 7, 25; Juan 19, 23), cargaba una túnica (o capa) (Lucas 8, 44), usaba bastón (Marcos 6, 8) y calzaba sandalias (Marcos 6, 9). No obstante, y a pesar de vestir modestamente, su personalidad era atrayente; pues tenía una mirada penetrante (Marcos 5, 32-33; 8, 33); conocía el corazón de los hombres (Juan 2, 24-25; 6, 64). Los apóstoles y los discípulos sienten temor y asombro, por sus predicaciones y prodigios (Marcos 4, 41; 6, 51; 9, 6.32; 10, 24.32); también los fariseos tienen miedo, porque la gente estaba admirada por sus enseñanzas (Marcos 11, 18; Juan 7, 15.32); al igual que toda la multitud (Marcos 9, 15); "porque lo hacia con plena autoridad, y no como sus maestros de la ley" (Mateo 7, 28-29; Lucas 4, 22.32); "y comenzaron a albar a Dios, diciendo… Un gran profeta ha aparecido entre nosotros" (Lucas 7, 16); "otros decían… Este es el Mesías" (Juan 7, 40-41). Igual admiración despertaba por sus milagros ( Marcos 2, 12; Mateo 15, 31).
Del mismo modo, el Mesías y el Salvador fue profundamente sensible con las criaturas humanas (2Corintios 10, 1); es tierno con los niños que se acercaban a Él (Marcos 10, 13-16), siente cariño ante la primera confesión del Príncipe de la sinagoga (Marcos 10, 20-21); es paciente y humilde de corazón (Mateo 11, 29), eternamente misericordioso con los hombres (Hebreos 7, 25; 1Juan 2, 1; Judas 21). Multiplica en dos oportunidades los panes y los peces, por que tiene compasión con la multitud hambrienta que lo seguía a todas partes (Mateo 14, 13-21; 15, 32-38); se conmueve con el leproso que le pide de rodillas que lo cure de su enfermedad (Marcos 1, 40-42), por la madre que llora a su hijo muerto (Lucas 7, 13), y por toda la gente "porque estaban angustiados y desvalidos como ovejas, que no tienen pastor" (Mateo 9, 36; Marcos 6, 34). Ama intensamente a los apóstoles hasta el final (Juan 13, 1; 15, 9-10), al igual que a toda la humanidad (Efesios 3, 19; 5, 2). Tiene alegría por la buena cosecha espiritual de los setenta y dos discípulos (Lucas 10, 21), se admira por la fe del capitán romano (Lucas 7, 9), y asombro ante la noticia de la muerte de Lázaro (Juan 11, 33), también siente enojo y a la vez tristeza por los judíos que dudaban de su poder curativo (Marcos 3, 5; 9, 19), además de ira santa por los mercaderes que habían profanado el templo de Jerusalén (Juan 2, 13-16; Mateo 21, 12-13). Llora por el terrible castigo que le aguardaba a la Ciudad Santa (Lucas 19, 41-44), y por el fallecimiento de su amigo (Juan 11, 35). Incluso, su humildad se vio probada al lavarle los pies a sus discípulos, antes de la última cena (Juan 13, 5).
Al acercarse los días de su trágico destino, sufre intensamente por la prueba que tendrá que padecer (Marcos 8, 31; Lucas 12, 50; 24, 26). Le duele la traición de Judas (Juan 13, 21). Llegada la hora suprema vive una tremenda angustia en el jardín de Getsemaní (Marcos 14, 35-36; Juan 12, 27), hasta el punto de que su sudor se convirtió en grandes gotas de sangre que le caían por el rostro (Lucas 22, 44). Pues "mientras Cristo estuvo viviendo aquí en el mundo con voz fuerte y muchas lágrimas, oró y suplicó a Dios; quien tenía poder para liberarlo de la muerte" (Hebreos 5, 7). Sin embargo, "era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento" (Isaías 53, 3; 1Pedro 2, 21). Ya en la cruz se encuentra abandonado por su padre en los cielos (Mateo 27, 46; Salmo 22, 1-2). Finalmente grita y muere con dolor (Mateo 27, 50).
Todo esto pasó "porque Cristo mismo sufrió la muerte por nuestros pecados, una vez para siempre. Él era bueno, pero sufrió por los malos, para llevarlos a ustedes a Dios" (1Pedro 3, 18). "Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió a obedecer" (Hebreos 5, 8), y "se humilló a sí mismo, y por obediencia fue a la muerte, a la vergonzosa muerte de la cruz" (Filipenses 2, 8). Por esta razón, "no hay duda de que el secreto de nuestra religión es muy grande: Cristo se manifestó en su condición de hombre, triunfó en su condición de espíritu y fue visto por los ángeles. Fue anunciado a las naciones, creído en el mundo y recibido en la gloria" (1Timoteo 3, 16).
Este pequeño curso sobre las verdades fundamentales que comprende la Fe Católica está basado en los libros "Verdades de la fe Católica I y II", escritos por Guido Rojas, licenciado en Ciencias Religiosas por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia. Agradecemos a Buzón Católico por permitirnos la reproducción de este Curso.