¡Madre mía querida y muy querida!

Una vez escribí un artículo a manera de testimonio donde explicaba un poco mi devoción a María… en ese artículo les contaba que uno de mis pasajes favoritos, al meditar el Rosario, era el milagro de la Bodas de Caná… recuerdo que para esa época leí algo que escribió el Padre Alberto Hurtado que me ayudó a comprender el papel de María en la vida de los novios… y en la de todos los que nos acercamos a ella con confianza…

María fue pobre y sencilla. En Caná la encontramos en medio del pueblo, de la vida humana, de la vida de familia, en las alegrías más legítimas… Por eso es que María se dio cuenta al punto de lo que pasaba… Faltó el vino. Pero allí estaba María felizmente. Ella con su intuición femenina vio el ir y venir, el cuchicheo, los jarros que no se llenaban… Y sintió toda la amargura de la pareja que iba a ver aguada su fiesta, la más grande de su vida… Sintió su dolor como propio… Y comprendió que ella podía hacer algo, y que Él lo podía todo.

Así es María… acoge nuestras peticiones… no para quedárselas, sino para acogerlas en su corazón y presentárselas a su Hijo como suyas… y sabemos que su Hijo, nuestro Dios y Señor, lo puede todo…

Hoy les comparto esta bella oración/poema del Padre Alberto Hurtado… es tan hermosa que algunos artistas la han musicalizado… así que probablemente la has escuchado antes… hoy te invito a rezarla conmigo… a rezarla con fe viva… con la seguridad de que Mamá María está a nuestro lado… mirándonos y viendo esas intenciones que tenemos en nuestros corazones… y viéndolas, las hace suyas… y se las entrega a su Hijo… e intercede para que Él obre, sane, restaure, libere y derrame sus gracias sobre cada uno de nosotros y nuestras familias…

Oración a la Virgen
por San Alberto Hurtado

¡Madre mía querida y muy querida!
Ahora que ves en tus brazos a ese bello y tierno Niño,
no te olvides de este siervo tuyo.
Aunque sea por compasión, mírame.

Ya sé que te cuesta apartar los ojos de Jesús,
para ponerlos en mis miserias.
Pero Madre, si tú no me miras,
¿cómo se disiparán mis penas?
Si tú no te vuelves hacia mi rincón,
¿quién se acordará de mí?
Si tú no me miras, Jesús,
que tiene sus ojitos clavados en los tuyos,
no me mirará.

Pero si tú me miras,
Él seguirá tu mirada y me verá.
Y entonces, con que le digas:
“¡Qué pena! Necesita de nuestra ayuda”,
y Jesús me atraerá a sí y me bendecirá;
y lo amaré y me dará fuerza y alegría,
y confianza y desprendimiento;
y me llenará de su amor y de tu amor,
y trabajaré mucho por Él y por ti,
y haré que todos te amen,
y amándote se salvarán.
Amén.

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    2 comentarios en ¡Madre mía querida y muy querida!

    1. Homenaje a la Reyna del cielo, feliz día. Madre querida.
      Quiero dedicar este escrito a nuestra Madre bendita. Y hacerles saber la tristeza que existe cuando muchas personas no le dan el amor merecido.
      Cuanta tristeza hay en el mundo cuando se escucha decir esto, refiriéndose a nuestra madre: Ella ya fue, ella ya terminó su labor, ella solo es una simple mujer, o solo creo en Dios y en el Señor. Dejando de lado a la madre. Acaso no saben que nuestra Madre bendita tiene mucho que ver en el plan salvífico. E ilusamente la llaman simple mujer. Ya diría nuestro Señor, hombres de poca fe, hombres faltos de amor. Cuando no ven la grandeza de su alma. Mi, madre. Y reparando en esta palabra mi madre, nos deja entender que es suya, que nadie los puede separar. Porque están ligados el uno con el otro, en un compromiso de amor, del plan Divino. Y si no creen en ella, menos creerán en mí. Las personas se contradicen cuando dicen: Creo en Dios, y creo en el Señor, porque ellos son el poder y la gloria. Pero Creer no solo significa creer en ellos dos. Creer significa creer en todo lo que Dios abarca, nos muestra, elige y dispone. Y no es acaso que eligió a la Virgen para hacerla su hija predilecta. La eligió para que sea: La Madre del salvador. Y aun así la llaman: Simple mujer. Acaso no se ha ganado el mérito de ser: La Reyna y señora de todo lo creado porque como ella, ninguna. Entonces como pueden llamarla, simple mujer. Simples, somos todos nosotros que no tenemos la gracia. Pero ella no. ¿Y saben porque? Porque Dios la quiere tanto, la ama que le otorga el poder de la gracia para que por intermedio de ella se puedan realizar los milagros. Tanto la quiere que le deja hacer lo suyo. Y saben que es lo suyo: Su amor propio. El amor propio que le hace decir: Voy a salvar a mis niños, mis hijitos apareciéndose en cada lugar para hacernos ver nuestro mal proceder y entregándonos un rosario nos promete que si lo rezamos siempre, ella estará con nosotros hasta el día de nuestra muerte y ni él diablo podrá arrebatárselos porque somos sus hijitos y nos hace suyos, le pertenecemos. Cuánto nos quiere nuestra Madre querida que siempre está preocupada por nosotros, sus hijos. Y aun así somos ingratos. Y hay personas que la rechazan, la humillan, la olvidan y no ven lo maravillosa que es. Pero cuánta humildad de su parte que aun así: Cuando es rechazada, humillada, olvidada, vela por nosotros. Cuanta grandeza de espíritu. ¡Oh Padre querido! Cuánta grandeza de espíritu. El tenerla como nuestra Madre ejemplo de humildad y de bondad. Entonces como no quererla, cual ramillete de rosas, adornan tus virtudes. Que de humilde niña, pasaste a ser gran señora. Pues todo un Dios se recrea, en incalculable belleza . Porque con el sí de María, se abrió paso, a la unión salvadora.

    2. El título es: Milagro, veo. Que realizó la Virgencita de Pompei (Pompeya)
      Un grito penetrante y agudo, lleno de estridencia por la emoción, interrumpió el rezo de la Comunidad del >>Collegio femminile Archange Raphael>>, de Acireale (Italia).

      -¡Milagro!

      La Supervisora, Madre Adalgisa Falleta, dejó caer al suelo sus gafas oscuras, y mientras se frotaba con nerviosismo sus ojos, repetía conmovida:

      -¡Veo! ¡Veo! ¡La Virgen me ha curado!

      Eran las primeras horas de la madrugada del día 7 de octubre de 1940, festividad de N.ª Sra. Del Rosario.

      Un estremecimiento indescriptible sacudió a las monjitas cuando el grito de la Madre Superiora cortó la tradicional >>súplica>> a la Madonna de Pompei (Pompeya) en el preciso momento en que la invocaban con las palabras: <>

      La Madre Falleta había sido reconocida el día 18 de septiembre por el doctor Aguglia, de Catania, quien después de un segundo reconocimiento, el día 29 de mismo mes, diagnosticó: tumor cerebral, con parálisis total de los músculos en los ojos, proyección: normal de los mismos hacía delante y ceguera completa. El mal era incurable. La enferma, que sufría fuertes dolores de cabeza, pidió a las religiosas que encomendasen su salud a la Virgen del Rosario de Pompeya, venerada en su santuario de Valle di Pompei, fundado en 1873 por el abogado Bartolomé Longo.

      Y efectivamente, la Virgen escuchó las oraciones de las monjas dominicas del Sagrado Corazón. Aquel 7 de octubre de 1940 fue la misma Madre Falleta, quien leyó la oración de acción de gracias con que todos los días terminaban las preces conventuales.

      El doctor Eugenio Aguglia, después de reconocer nuevamente a la enferma, cuyos ojos habían vuelto a su estado normal, y no sentía dolor alguno, escribió en su certificado médico: <<…hoy se ha presentado la Madre a mi consulta completamente curada. Tal curación, acaecida repentinamente durante la <> a la Madona de Pompeya, sobre todo por su instantaneidad, no cabe dentro de las leyes naturales de una involución, siempre posible en las enfermedades, aun más graves.

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