Anoche apresaron al Maestro

Anoche apresaron al Maestro… fue después de celebrar la Pascua… había estado con los suyos… primero, lavó sus pies para enseñarles que su misión era servir… e instituyó la Eucaristía… y oró… oró por Él… oró por ellos… oró por todos… también por nosotros… para que hoy también entendiéramos y siguiéramos su ejemplo… siendo humildes… sirviéndole en nuestros hermanos… acudiendo a Él en la Eucaristía…

Salió con ellos al Huerto… su alma estaba “triste hasta la muerte”… y les pidió orar… pero se durmieron… igual que nosotros hoy, que nos adormilamos ante lo que Él nos pide… dejamos que el “cansancio” nos domine… así es más fácil, así es “excusable” el no-hacer… pero Él tomó fuerzas del Padre para enfrentar su Pasión… tomó fuerzas por ti, por mí, por todos… y salió a encontrarse con el traidor…

Con un beso le entregó… modelo de hipocresía ese Judas… tantas enseñanzas, tantos signos, tantas oraciones… y al final, escogió hacer el mal… y nosotros hoy buscamos como justificar su pecado… así – tal vez así –, encontraremos como justificar el nuestro… las tantas veces que, como aquel, lo vendemos por una miseria… y le fallamos… y le volvemos a fallar…

Sus amigos corrieron… sintieron miedo… y uno de ellos… el osado… el que con determinación había dicho “hasta la muerte te seguiré”… hasta ese lo negó… así también nosotros… cuando la vida nos exige… cuando viene la prueba y el Maestro nos pide aguantar… nosotros también corremos despavoridos… negamos y renegamos… y olvidamos nuestras promesas de serle fiel… pero Él, como a Pedro, siempre nos tiende su mano… nos comprende y nos perdona… y nos invita a tratar otra vez…

Y llegó ante Caifás… toda una vida esperándolo… y no le reconoció… peor aún, ya todo estaba decidido… la envidia engendró el odio, el odio la maldad, y esta, a su vez, la muerte… calumnias, mentiras, falsedades se derramaban por doquier… y entre golpes y desprecios… entre burlas y canalladas… sellaron su destino… ¡Cuántos allí se horrorizaban por lo que sucedía!, mas se quedaron callados… así como nosotros, cuando vemos que le ofenden de obra o de palabra… a Él o a su Iglesia… y nos sorprendemos… y nos indignamos… pero hasta ahí llega nuestra “obligación”… cambiamos la mirada y callamos… y nos hacemos cómplices silentes de la traición…

Esta mañana estuvo donde Pilato… y la “justicia” no encontró causa… pero faltó el coraje… faltó valor… y les ofreció un trueque… el Justo por el criminal… pero el pueblo… aquellos que antes le aclamaron como Rey, ahora pedían a Barrabás… aquellos que días antes gritaban “Hosanna”, ahora exigían su crucifixión… y cuantos habemos que hoy… después de recibirle con vítores y glorias… que después de entregarle todo y abrirle el corazón… corremos a crucificarle a la primera tentación…

Pilato mando a azotarle como última opción… tal vez así se calme el pueblo y le dejen ir… ¡cuanta crueldad!, no se le ahorró ni una pizca de sufrimiento… azote tras azote… cada uno de los pecados de la humanidad fueron tatuados en su ser… azote tras azote… sin tregua… sin compasión… y todavía hoy – tú y yo – seguimos azotando al Señor… con cada pecado y con cada ofensa… nos convertimos en el verdugo sanguinario que levanta el flagelo para imprimir nuestra infidelidad en su ser…

Y trenzaron su corona… espina tras espina las hincaron en su cabeza… espina tras espina y Él no se quejó… Jesús, el Cristo, guardó silencio y aceptó cada una de las burlas y la humillación… y le cargaron el madero… así, sin más ni más… total, era cuestión de unas horas para llegar a su final… así también nosotros, nos burlamos y le humillamos cada vez que le encontramos en aquel que necesita… total, ¿y a nosotros qué nos va?

El camino de la Cruz fue largo… ya no habían fuerzas… una caída tras otra, pero había que llegar… como diciendo, “de ti espero lo mismo, que perseveres siempre hasta el final”… entonces hubo dos que aliviaron su carga, la Verónica y el de Cirene… una por compasión, el otro por obligación… pero ambos fueron transformados y premiados en su corazón… quien carga la Cruz del Señor, aunque sea solo un instante, nunca vuelve a ser igual… así también hoy día, a veces surge alguno que en medio del camino se lanza a sus pies… y su vida cambia… y se transforma… y se libera… y ya no vuelve a ser igual…

Y el encuentro con su Madre… una gota de ternura en medio de un mar de sufrimiento… pero cómo consuela… cómo alivia… cómo le dio fuerzas para seguir y continuar… así es también para nosotros… bálsamo que reconforta y que reanima… que nos impulsa hacia delante… con fe… con esperanza… seguros de llegar…

Llegó Jesús al Gólgota y con Él, el momento de la crucifixión… una mano… la otra… los pies… cada clavo arrancaba de Él un nuevo sufrimiento… un nuevo dolor… cuanto había que expiar por cada hombre… cuantos pecados que perdonar… y allí, con la respiración entrecortada, escuchó como Dimas lo defendía y le pedía perdón… “Hoy estarás conmigo”, a él le prometía el Cielo, mientras que el otro, el malo, elegía para sí la condenación… así también nosotros, somos libres para elegir… podemos acudir a su Misericordia o llenarnos de soberbia y rechazar para siempre su perdón…

Y pidió perdón por todos… por los de allí y por los de acá… por los que creían y por los que no… y los que se burlaban de su gesto, al ver en Él tanta bondad, rabiaban llenos de coraje y querían humillarle más… pero no sabían lo que hacían… la envidia, el orgullo, la arrogancia… estaban ciegos y no reconocían al Mesías, al Hijo de Dios, que estaba entregándose para su redención… hoy también hay muchos ciegos que pasan por la vida sin encontrase con el Señor… aunque camine con ellos… aunque los llame y los espere… prefieren no mirarle y le niegan y rechazan su amor…

Desde lo alto de la Cruz miraba a aquellos hombres… y en medio de todos por fin la divisó… era su Madre a quien buscaba y junto a Ella, aquel que no le abandonó… el discípulo, el amado, el que se mantuvo firme hasta el final… y el que – en tu nombre y en el mío – recibió su mayor regalo, su mayor bien, su Madre… para ser también Madre de él… y Madre tuya… y Madre mía… y de todos los que dicen ser amigos y discípulos de Él… y de los que no, también…

Y llegó la Hora… ya todo se había cumplido, nada quedaba ya por hacer… sólo entregar el Espíritu al Padre… y expiró… se rasgó el velo del templo y la tierra tembló… y al clavar en su costado la lanza, el soldado por fin en Él creyó… así, como nosotros, que cuando vemos que se ha ido… cuando vemos todo lo que ha hecho y lo que nos dejó… entonces le reconocemos… y nos arrepentimos… y queremos su perdón…

Lo bajaron de la Cruz… y José, el de Arimatea, le envolvió en una sábana y lo fueron a enterrar… le dijeron adiós… y mientras rodaban la piedra… el cansancio y la desesperanza, la sorpresa y la confusión se iban haciendo presa de ellos… pero María… aquella que desde siempre creyó… aquella que todavía espera… y que nos invita a esperar… aquella que todavía aguarda… y que nos dice, “no hay por que dudar… es cosa de tres días… confiad y esperad”…

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