Bendición en el Día de las Madres

Dios de Amor,
escucha nuestra oración.

Dios de todos los santos,
de Sara, de Ruth y Rebeca;
Dios de santa Isabel, madre de Juan,
de Santa María, Madre de Jesús,
escucha nuestra petición
y bendice a las madres de nuestra familia.

Bendícelas con la fortaleza de tu Espíritu,
ellas que le han enseñado a nuestros niños
como pararse y caminar.

Bendícelas con la melodía de tu amor,
ellas que nos han enseñado como hablar,
como cantar y como orar contigo.

Bendícelas con un lugar en la mesa de la eternidad,
ellas que han alimentado y criado la vida
que se formaba en ellas,
mientras aún indefensa se abrazaba a su amor.

Bendícelas hoy, ahora, en esta vida,
con cosas buenas y con salud.

Bendícelas con alegría, con amor,
con la sonrisa y el orgullo de sus hijos,
y rodéalas de muchos buenos amigos.

Que ellas, que llevaron la vida en sus vientres,
sean cargadas un día en tus divinos brazos:
y allí, por toda la eternidad,
se regocijen con su familia y amigos.

Que esta bendición y todos las gracias, te pedimos,
desciendan sobre las madres de nuestra familia:
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Traducida de las oraciones para la Iglesia Doméstica de Father Edward Hays
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    3 comentarios en Bendición en el Día de las Madres

    1. Hola amigo Romualdo, a todo los amigos de la página y a ti también amiguita mars. Muchas gracias por tus palabras, que reconfortan. Y al igual que ustedes caminando en esa lucha de la vida para que nuestra fe y el amor a Dios, crezca. Y nos haga verdaderos hijos de Dios. Sabes mars, yo también me lleno de alegría y a veces de tristeza cuando leo sus comentarios. De alegría cuando cuentan anécdotas de todo lo que es espiritual y porque no decir, milagros. Milagros en sus vidas que nos han llenado de gozo y nos ayudan a crecer espiritualmente. Porque de ellos, aprendemos muchas cosas. Lecciones de vida que nos dan, para seguir adelante. Para reforzar nuestra mente y corazón y llenarnos del amor de Dios. Y también están los pasajes tristes de sus vidas. En los cuales, los hemos ido conociendo y nos sentimos tristes, cuando nos cuentan de sus dolencias ya sean: Espirituales, materiales o de enfermedad. En los que quisiéramos apoyarlos, con palabras de aliento. Palabras que levanten sus ánimos y decirles: Amigo o amiga. No estás sola. Tienes a Dios, en tu vida. Que te escucha y te ama, solo déjate llevar, a ese amor inconmensurable que emana de su divino ser y que quiere dejar para ti. Solo déjalo entrar y veraz. Cuanto gozo de alegría se respira. Amor que mueve, amor que levanta. Amor que conduce a una vida de paz. Con él y en él. Deja la tristeza de lado, levanta tú mirada al cielo y veraz como Dios, sonríe. Mi niña, mi niño. Te dice: YO TE AMO. Ven a mí. Abraza fuerte a Jesús. Mi hijo. Abraza fuerte a María. La madre de Dios. Y no te olvides, de tus ángeles y Santos. Qué también, velan por ti. Todos en gracia y pureza. A los cuales, también, puedes acudir. No restándoles, la gracia y poder. Porque ellos, se llenan de mí. Y así es. Porque no recurrir a ellos. (Si indignos, somos) Personas cargadas de pecados. Pecados que arrastramos, y por los cuales nos sentimos débiles. Sin fuerzas para dar, para caminar. Y son ellos, nuestros ángeles que a nuestros lados siempre están. Cuidando de nuestro camino. Con su amor y su amistad. Y los santos. Santos, benditos que cumplieron su propósito en esta vida. Logrando la Santidad. Son ellos instrumentos de Dios, que nos llevan a la Virgen. Nuestra Madre bendita que reza por nosotros. Para salvar Nuestra alma. Y que intercede ante el hijo, dando oportunidad al hombre. Para que pueda cambiar. Y es que. ¿No es fácil, llegar a Dios? Son escalones, que brincar. Es como en una carrera. La meta, el premio mayor es: Dios. Y sigue, nuestro Señor Jesucristo. Luego Nuestra Madre Santa. Nuestros ángeles. Y nuestros Santos. Y en todos ellos, una baya. ¿Un salto? Y uno no podría de buenas a primera, saltar. Saltar de un tiro. No. No podríamos. No nos alcanzarían las fuerzas. Pero si podríamos ir. Saltando y derribando, saltando y derribando…. ¿Y porqué saltando y derribando? Porque en cada salto que damos, vamos derribando o mejor dicho. Despojándonos de nuestros pecados. A cada salto, a cada baya derribada, limpiamos nuestras almas. Y llegamos a los ángeles. O mejor dicho. Ellos llegan a nosotros. Porqué están allí, con nosotros. Mañana, tarde y noche. Y velan nuestros sueños. ¿Por qué es así? Lo dispuso Dios. Hasta el fin de nuestros días. Y luego, nuestros santos. Santos que caminan, con nosotros. Que nos ayudan y nos inducen a seguir su ejemplo de vida. Para llegar a la santidad. Salto….tras salto. Salto….tras salto. Haciendo de nuestras vidas, un manojo. Pero un manojo, de amor. Mostrándonos a la Virgen María, nuestro ramillete de amor. Que a través de los ojos de la Virgen. Está nuestro Señor. Confía en mí te dice: Yo soy tu salvador. Porque llegando a Jesús, ya estás a un paso de Dios. Bendiciones para todos mis amigos. Y para ti también mi amiga. Mars. Mi correo es: vimi_s@hotmil.com Bendiciones, amiga.

    2. Hola Ines me encanta cada mensaje que nos das. Me gustaria platicar contigo. Tienesun don tan bonito para como hablar con las personas. Dios te a bendecido con ese don y con ese hermoso corazon. Espero poder tener comunicacion contigo. -mars

      marsedith@yahoo.com
    3. Hola amigo Romualdo, y a todos los amigos de la página. Me disculpo con mi Virgencita Santa, por haber tardado para homenajearla. Pero nunca es tarde, para rendir honores a la Madre de Dios.
      Homenaje a la Virgencita María.
      Quería empezar contando esta pequeña historia, tal vez algunos no la saben aún. Empieza así.
      Había una mujer devota de la Virgen María, el esposo un hombre malo, le gustaba emborracharse y cuando se mareaba quería pegar a su Mujer. Un día viene mareado y quiere pegar a su mujer. En ese instante, ella pide ayuda. A la Madre de Dios. Y el hombre cae al suelo. En el momento que se cae. Se ve, en el cielo. Ve una puerta, toca y le sale al encuentro. San Pedro. Y dice: Por favor déjeme entrar. Un momento le dice San Pedro, voy a ver si estas en el libro de la vida. Revisa la lista y no, no estás en la lista. Tú sitio, es el infierno. No por favor, no quiero ir al infierno, por favor. Estaba llorando el hombre desconsoladamente y se aparece la Virgen y le dice: Porque lloras hijito. Virgencita perdóname sé que me he portado muy mal y he hecho sufrir a mi esposa, a mis hijos, no quiero morir. Está bien hijito, no llores. Te voy ayudar. Ves esa muralla. Si, salta al otro lado. Cuando el hombre salta, había varios más, allí. Viene Jesús y le dice a Pedro. Pedro, porque estas dejando pasar. ¿Más personas?. No soy yo, Jesús. Es, tu Madre. Y nuestro Señor como quiere a la virgen, deja que ayude. Se sabe que él hombre, al saltar la muralla, despierta en la tierra. La Virgen, había oído los ruegos de su esposa y lo había ayudado. El hombre promete a su esposa cambiar y por lo sucedido, ser devoto de la Virgencita María. Y su nombre estaría inscrito en el libro, de la vida.
      Ahora, quiero homenajear primero a la Virgencita, y ensalzando su Santo nombre quiero rendir honores. Recordando su día, en Honor al día de la Madre.
      En este día de la Madre. ¡Oh Madre querida! Como no rendir honor al amor de los amores. La Madre de Dios. Cual celestial pureza te hizo decir si, acepto. Como no rendirte honores ¡Oh Madre querida! si por ti, vive, el alma mía. Honor y gloria a Dios, que fijó su mirada en su sierva amada. Cuándo en el momento de la anunciación dijiste: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, según, tu palabra. Bendita, entre las benditas. Para ser la Madre de Dios. Inocencia pura del amor divino, que cuidas las almas de tus hijos para que no se pierdan, para que encuentren en ti él cuidado y el apoyo que necesitamos cuando estamos perdidos por nuestra falta de fe, de devoción y nuestra falta de amor. Eres tú ¡Oh Madre, querida! quien nos enseña a rezar y nos dice: Recen mucho mis hijitos, recen mucho, porque al mundo le falta amor. Amor bendito, de inocencia pura, cual celestial belleza, recorre el mundo. Dejando, mensajes de amor. Mirada sublime, de Madre que espera, que todos sus hijos, se conviertan a su amor.
      Y aquí la misma historia ya, con mis propias palabras ensalzando su nombre, y el amor bendito que nuestra Madre nos profesa, y amorosamente nos llama: Mis, hijitos.
      Había una vez, una mujer muy devota de la virgen María. Había hecho un pequeño altar, en un espacio de su casa. En el cual ella siempre iba a rendirle honores, a la madre de Dios. Ella era una mujer muy sufrida. Y digo sufrida porque su vida se había vuelto un calvario, lleno de tristeza y soledad por parte de su esposo. Pero entre tanto sufrimiento y soledad, su regocijo era rezar. Rezar, a la Madre de Dios. Cada vez que ella iba a su encuentro, encontraba en ella la fuerza que necesitaba para salir adelante. El amor que ella le prodigaba a la virgen, hacía que su ánimo cambiase. Era como que su vida se transformara en ese instante, para sentirse más llena de luz, de vida, más fuerte, más valiente y eso la llenaba de gozo. Es por eso que cuando ocurría algún problema con su esposo, ella salía al encuentro de la Madre. Porque sabía que allí, en ese pequeño altarcito que ella había hecho. Encontraría la paz, y el amor que estaba necesitando. Allí en los brazos amorosos de María, nuestra Madre Santa, bendita. Encontraría el amor, anhelado. Su esposo al contrario, era un hombre que con él tiempo, se había vuelto un hombre muy machista y falto de fe. Era una persona que cuando cobraba la mensualidad, le gustaba irse de juerga con los amigos, emborracharse y con mujeres. Muy diferente a ella. Ella, una mujer muy dedicada a su hogar, sus hijos y porque no decir, a cuidar de él, también. Ella era una persona muy tranquila le gustaba rezar, y siempre que visitaba el altar, le pedía a la virgen por el bienestar de su familia y más aún por el cambio de su esposo. Ella decía: ¡Oh Madre Mía! Ayúdame con la conversión de mi esposo, para que él al igual que yo, te amemos. No permitas que su carácter agresivo dañe a mis hijos y a mí, Madre mía. Ayúdame por favor virgencita, tú sabes como viene cuando toma Madre, mía, quiere pegarnos y se vuelve muy agresivo. Te suplico Madre mía que escuches mi petición. Se encontraba ella rezando y el ruido de un portazo, se escucho. El hombre había cobrado la mensualidad y había estado tomando con sus amigos, y había llegado borracho a la casa. Cuando la vio, quiso que lo atendieran de inmediato y comenzó a reclamarle cosas y quiso levantarle la mano para pegarle, y ella sintiendo temor, implora la ayuda de la virgen. En ese momento, el hombre cae de bruces al suelo, y queda como muerto. Ella al verlo tendido en el piso comienza a llamarlo por su nombre: Mario, Mario, que tienes esposo mío, por favor contéstame, Mario contéstame por favor te lo suplico, por favor despierta. El hombre yacía como muerto y por más que ella lo llamaba, el hombre no despertaba. Y ocurre que cuando el hombre estaba tendido en el piso, su alma había subido al cielo. Viéndose luego él, en un lugar hermoso. Había quedado tan maravillado de ver y sentir tanta paz, amor, alegría, pureza. Era tan grato el lugar, que se decía: ¿Qué hermoso, que agradable, que es este lugar? Quiero quedarme aquí. Pero luego, empieza a recordar y a despertar como de un sueño, y comienza a preguntarse. ¿Pero, porque estoy aquí? Yo tengo una familia, hijos. Y…. conforme iba recordando, veía el rostro de su esposa, sus hijos, pero llorando. Y era que él, los veía llorando por todo el sufrimiento que les había causado. Y también porque estando en el paraíso, él iba sintiendo el peso de sus pecados, y se entristecía y decía: Como pude Dios mío, haber sido tan perverso. Como pude cambiar tanto. Porque no escuchaba cuando mi esposa pedía por mí, a la virgen. ¿Por qué Señor mío? ¿Por qué? Yo tenía una buena esposa, hijos que me amaban. Porque pude cambiar tanto Señor. ¿Estoy muerto, acaso? Y en ese momento, caminando ve una puerta. Se dirige a ella, comienza a tocar. Y quien le abre es: San Pedro. Y dice: Señor por favor, no sé. ¿Qué, me ha pasado? Por favor déjeme entrar. Un momento, le dice San Pedro. ¿Cuál es tu nombre? Mi nombre es: Mario. Espera un momento, quiero ver si tu nombre está, en el libro de la vida. Comienza a buscar San Pedro y dice: No, no mi hermano, tu nombre no está en la lista, del libro de la vida, lo siento. Tu lugar es: Allí, abajo. Y le cierra la puerta. No, no por favor, déjeme entrar. Déjeme entrar por favor, se lo ruego. No me cierre la puerta. Yo no quiero ir al infierno. Y lloraba el hombre desconsolado, y lleno de amargura y tristeza de lo cruel que se había portado en vida. Y se avergonzaba de su persona, por no haber ¿Sido? Un hombre bueno, amoroso y creyente, en el amor a Dios. Y se acordaba de la dulzura de su esposa cuando en momentos de paz, ella le decía: Vamos a pedirle a la Virgencita Mario, que nos ayude por favor, para ser una buena familia cristiana. Para que reine la paz y el amor entre todos nosotros. Por favor mi amor, te lo ruego. Vamos, vamos a rezar por favor. Y recordaba cuando él se burlaba de las palabras de su esposa y le decía: Anda tú, porque yo. No creo. Cuan pecador se sentía en ese instante, y lloraba amargamente, y se decía: Porqué, Dios mío, porque fui así. Porqué fui tan perverso. Si tan solo me dieras otra oportunidad. Y en el instante en que él, lloraba amargamente. Su esposa rezaba fervientemente a la virgen y le decía: Por favor Madre mía, que no se muera mi esposo. Más bien, dale otra oportunidad para que pueda cambiar, te lo ruego de todo corazón, Madrecita linda. Mis hijos y yo, lo necesitamos. Que no se muera por favor. Y él hombre sintiendo ya, el fuego, la angustia, la tristeza comienza a implorar el nombre de la Virgen. Por favor Virgencita Santa, por favor Madre mía, ayúdame por favor, dame la oportunidad de cambiar. Pero no lo hagas por mí. Hazlo por mi esposa, ella te quiere mucho. Ayúdame por favor, te lo ruego. Y en ese instante, ve la figura de una mujer hermosa. Y era el retrato de la mujer, a la cual su esposa rezaba. Se arrodillo ante ella y pidiendo perdón con lágrimas en los ojos imploraba su perdón. Sé que he sido un hombre malo, perverso. He hecho sufrir a mi esposa, mis hijos, quiero cambiar, verlos, no quiero ir al infierno Madre mía. Y la Madre dulce y amorosa le dice: Ya, ya, mi hijito. Tu esposa es una mujer noble, y me quiere mucho. Y por amor a ella, también te perdono a ti. Pero no llores más. Ven, ven hijito, yo te voy a ayudar. Vez aquella muralla. Si madrecita. Tienes que saltar al otro lado. Y no te preocupes, yo te voy a cuidar. Y al momento que el hombre salta. Ve a otras personas más, allí. Viene nuestro Señor Jesucristo, y dirigiéndose hacia San Pedro, le dice: Pedro. ¿Qué pasa? ¿Porqué, tantas personas aquí? ¿Porqué, los estas dejando pasar? Y San Pedro le dice: No soy yo, Jesús. Es, tu Madre. Y nuestro Señor, que quiere tanto a su Madre deja que ella también haga lo suyo. Salvar las almas. Y en él momento, que él hombre también, salta. Se salva. Y se salva, por todos los ruegos y el amor que la esposa profesaba, a la Virgen. Se sabe, también. Que al momento de saltar, el hombre despierta en la tierra. La mujer había abrazado el cuerpo de su esposo. Y llorando dice: Madre mía, ayúdame por favor. Que no se muera mi esposo. Por favor, te lo ruego. Y reaccionando el esposo, al verla, los dos se abrazan y dan gracias a Dios, y a la Madre de Dios. Prometiendo él, cambiar, ser bueno, y muy devoto de la Virgen María. Y ahora, su nombre. Quedara inscrito, en el libro de la vida. Vivieron felices, y en paz. Gracias a Dios, y a la Madre de Dios. Bendiciones para todos, mis amigos. El nombre del esposo es, ficticio. Feliz día de la Madre, a Nuestra Virgencita Santa. Y a todas las mamitas, en general. Bendiciones, nuevamente.

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