Celebremos la Misa: el lavado de las manos

Celebremos la Misa: el lavado de las manos

Una vez que se ha terminado la presentación de los dones (el pan y el vino), el sacerdote se mueve a un lado del altar donde se lava las manos. Pero, ¿por qué se lava las manos de nuevo si ya las tiene limpias? Dejemos que Cirilo de Jerusalén nos explique lo que sucede,

“Ya habéis visto que el diácono daba el agua para las abluciones al sacerdote y a los demás presbíteros que rodean el altar de Dios. En modo alguno daba el agua debido a la suciedad corporal. No se trata de eso. Porque al entrar en la iglesia no teníamos en absoluto mancha corporal. Esta ablución es símbolo de que conviene que nos limpiemos de todos los pecados e iniquidades. Las manos son símbolo de nuestras acciones. Al lavarlas, ponemos de manifiesto explícitamente cuál debe ser la integridad y pureza de nuestras obras. ¿No habéis oído al bienaventurado David descubriéndonos este misterio y diciendo: “Lavaré entre los inocentes mis manos y rodearé tu altar, Señor (Salmo 25, 6)? Lavarse las manos es signo de estar libres de pecado.”

El lavado de las manos en realidad nos habla del deseo de purificación interior. En forma simple podemos decir que igual que el agua quita la suciedad de las manos, de ese mismo modo el sacerdote le pide a Dios que limpie las suciedades que hay en su alma: pecados, amor propio, faltas de caridad, etc… Por eso, además del gesto, el sacerdote hace una oración breve que dice: “Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado”*.

¡¿No te parece precioso!? No importa lo “santos” que podamos ser, nunca, nunca, nunca, nunca estaremos lo suficientemente limpios para recibir a Dios dentro de nosotros. Por eso no podemos desaprovechar cualquier oportunidad para pedirle que “lave nuestros delitos y limpie nuestros pecados”.

Te cuento un secreto—con la esperanza de motivarte a hacer lo mismo—, en ese momento, mientras el sacerdote lava sus manos, yo me retiro un momento a mi interior y hablo con Jesús diciéndole,

“Señor, yo quisiera recibirte con la misma pureza, humildad y devoción con que te recibió tu Santísima Madre; y con el espíritu y fervor de los santos. ¡Perdóname, límpiame y purifícame! ¡Amén!”

¡Feliz domingo y feliz Eucaristía!


* San Juan Pablo II decía que el Salmo 51 es “el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y sobre la gracia” . Este Salmo se conoce como el “Miserere” y de él está tomada la pequeña invocación que hace el sacerdote (ver. 4). Si llegas con tiempo a la Misa, la lectura meditada de este Salmo puede ser una excelente oración de preparación antes de celebrar la Eucaristía.

Estas pequeñas cápsulas están inspiradas en el app iMisa y el libro “La misa: antes, durante y después”, ambos del Padre José Pedro Manglano; así como otras fuentes.

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