Celebremos la Misa: la Comunión

Hemos llegado a la parte más importante de nuestra celebración. Todo lo que hemos hecho hasta ahora ha sido una preparación para este momento. Santa Teresita de Lisieux decía que Jesús no se quedó en la Eucaristía para estar en un frío copón, sino para vivir en los corazones de los fieles. Pero siendo este un momento tan especial donde se derraman tantas gracias extraordinarias, ¿estaremos nosotros preparados para vivirlo adecuadamente?

Celebremos la Misa: la Comunión

Es muy importante que entendamos algo: recibir la Comunión no es un derecho, sino un privilegio. Jesús se nos ofrece como Alimento de vida eterna, pero nos pide que estemos preparados con un corazón limpio y dispuesto donde recibirlo. Por eso San Pablo nos invita a que examinemos nuestra vida antes de comulgar: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1Cor 11, 27-29). Así que el primer paso en nuestra preparación es estar en gracia, acudiendo al sacramento de la Reconciliación si hemos caído en pecado grave.

Muy bien, estamos en gracia y llegamos al momento de la Comunión, ¿cómo debemos disponernos a recibirle? ¿Cuál debe ser nuestra actitud mientras hacemos la fila? En este momento podemos hacer varias cosas… Podemos cantar el cántico de comunión que, si el coro hizo bien su tarea, nos hablará sobre la Eucaristía. Podemos ir rezando pequeñas jaculatorias que afirmen nuestra fe en la presencia viva de Jesús en la Eucaristía. Podemos ir hablando con Jesús en nuestro interior, expresándole nuestro deseo de recibirle y nuestro agradecimiento por dársenos como alimento. Lo importante es que estemos muy conscientes de que recibiremos al Señor. Fíjate, la Eucaristía no se trata de algo simbólico, se trata de Jesús que verdaderamente está vivo y presente en ese pedacito de pan… y nosotros vamos a recibirlo en nuestro interior.

Al llegar al sacerdote o al ministro extraordinario de la comunión, éste nos presenta a Jesús Sacramentado diciendo: “El Cuerpo de Cristo”. Nosotros respondemos con una afirmación de nuestra fe: “¡Amén!” Ese amén significa “¡Sí creo… creo que Tú eres Jesús, el Hijo de Dios vivo, el Pan de Vida eterna, eres Dios que se me ofrece como alimento, CREO!!!”

La Eucaristía es un don, un regalo que Dios nos hace a nosotros (el regalo de sí mismo). Ese “darse” de Dios se representa en el hecho de que la Eucaristía no se toma, sino que se recibe. Fíjate bien, el sacerdote, que hace la función de Jesús, comulga por sí mismo, pero todos los demás recibimos la Eucaristía, sea de la mano del sacerdote o del ministro.

Al momento de recibir a Jesús debemos hacer un pequeño gesto de adoración. ¿Recuerdas los relatos del nacimiento de Jesús? Él se daba al mundo como un pequeño e indefenso niño, y los pastores y los magos se postraron ante Él adorándole. Ahora sucede lo mismo. Jesús se nos da como Alimento y nosotros debemos hacer una genuflexión o ponernos de rodilla para recibirle.

Podemos recibir la Comunión de dos maneras, en la boca o en la mano*. Te soy sincero, yo siempre la recibo en la boca, pero reconozco que hay personas que prefieren recibirla en su mano por distintas razones. Esto no está mal, siempre y cuando se haga con el debido respeto. A esos efectos, quisiera compartirte lo que decía San Cirilo de Jerusalén,

Cuando te acerques a recibir el Cuerpo del Señor, no te acerques con las palmas de las manos extendidas, ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha, donde se sentará el Rey. Con la cavidad de la mano recibe el Cuerpo de Cristo y responde “Amén”.

Recibe el Cuerpo Santo con todo cuidado de no perder ninguna partícula, porque si algo perdieres sería como si tus propios miembros fueran truncados. Porque, dime: si alguno te diese algunas limaduras de oro, ¿no las guardarías con toda diligencia procurando no perder nada de ellas? ¿No procurarás, pues, con mucha más diligencia que no se te caiga ninguna migaja de lo que es más precioso que el oro y las piedras preciosas?

Una vez que recibimos a Jesús es tiempo de estar con Él. Olvídate de todo lo que sucede a tu alrededor, estás abrazado a Jesús y es como si Él te ofreciera una audiencia privada. Durante los próximos minutos, nada en el mundo es más importante que estar juntos. Dile cuánto le amas, cuánto le necesitas, cuánto deseas hacer su Voluntad. Dale gracias por todo lo que te ha dado, y dale gracias por su cercanía, por estar contigo. Pídele que te transforme, que arranque de tu corazón todo lo que no le agrada y pídele que se quede siempre a morar en ti.

¿Recuerdas que dijimos que es necesario estar en gracia para recibir la Eucaristía? Esto nos presenta una realidad: hay personas que no pueden comulgar sacramentalmente. Si este es tu caso, no te preocupes, la comunión espiritual, cuando se hace con fe y con el genuino deseo de recibir al Señor, es una gran fuente de gracias y bendiciones. Fíjate, Dios desea venir a tu corazón y para Él no hay nada imposible. Basta con que te acerques con humildad para que experimentes su amor y su misericordia. Recuerda las palabras del salmista: “un corazón contrito y humillado Tú no lo rechazas”.

Hay varias oraciones que sirven para la comunión espiritual, esta es una de ellas,

Jesús mío creo firmemente que estás presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, te pido, ven al menos espiritualmente a mi corazón… y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me separe de Ti. Amén.

Santa Teresa de Lisieux siempre recordará con mucha emoción el día de su primera comunión: “¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! Fue un beso de amor. Me sentía amada, y decía a mi vez: te amo y me entrego a ti para siempre”. Que al igual que Santa Teresita, hoy recibamos a Jesús con la misma ilusión y con el mismo amor que lo recibimos en nuestra Primera Comunión.

¡Feliz domingo y feliz Eucaristía!


*Lo ordinario es recibirla directamente en la boca. En los lugares donde se permite recibirla en la mano es por una disposición del obispo del lugar, un permiso que da la Iglesia para poder recibirla de esta forma. Cuando se recibe la comunión bajo las dos especies (pan y vino) siempre se recibe en la boca.

Estas pequeñas cápsulas están inspiradas en el app iMisa y el libro “La misa: antes, durante y después”, ambos del Padre José Pedro Manglano; así como otras fuentes.

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