Conocer las Escrituras para conocer a Cristo

Decía San Jerónimo que “quien no conoce la Sagrada Escritura no conoce a Cristo”. ¡Esto es ciertísimo…!!! Déjame explicarte…

Tal vez tienes novio. O tal vez estás casada y recuerdas cuando tu esposo y tú eran novios. En ese tiempo, cuando se estaban conociendo, querías saberlo todo sobre él. Querías conocer cada detalle de su vida: lo qué había hecho, la forma cómo pensaba, lo qué sentía, quiénes eran sus amigos, cuáles eran los planes que tenía para el futuro y, sobre todo, cuánto te amaba. Tomabas cada palabra y cada gesto, y los guardabas celosamente en tu corazón. Ahora, con el pasar de los años y al profundizar en la relación que tienen, te das cuenta de que uno nunca termina de conocer a su pareja, y cada día descubres algo nuevo que no habías visto antes en él.

Conocer las Escrituras para conocer a Cristo

Con Dios nos sucede exactamente igual. Probablemente naciste en un hogar católico donde tus padre te hablaron sobre Jesús, te enseñaron a rezar y te llevaron a hacer los sacramentos. Debes haber tomado catequesis y de seguro vas a Misa los domingos, así que con más o menos fuerza, con más o menos fe, has cultivado una relación con el Señor. Tal vez te va a sorprender esto, pero si no has dedicado tiempo adicional para leer la Biblia, todavía te falta mucho por conocer sobre Jesús.

Fíjate, nuestra relación con Dios parte de la fe, pero tenemos que cultivarla para que vaya creciendo y madurando. Esto se hace a través de la oración, pero tiene que estar enraizada en la Palabra de Dios. Vamos a decirlo de otra manera: si de verdad amas a Jesús, tienes que pasar tiempo hablando con Él en la oración… pero también, como te pasaba con tu novio, tienes que tener ese deseo por conocer todo lo que Él dijo e hizo, porque cada gesto y cada una de las palabras que están recogidas en la Biblia también fueron dichas para ti.

Septiembre es el mes de la Biblia, así que vamos a dedicar algunos artículos durante este mes a relacionarnos más y mejor con la Palabra de Dios. Hoy compartiremos algunos consejos que el Padre Ángel Peña presenta en su libro “La Palabra de Dios ilumina tu camino”.

La Biblia merece respeto

Por esto, no debemos permitir que nadie ponga ceniceros ni ningún otro artículo profano sobre la Palabra de Dios. Preguntémonos qué lugar tiene la Biblia en nuestra casa. ¿Cuál es el lugar más importante en nuestro hogar; la televisión o la Biblia abierta? Todo hogar cristiano debería tener una Biblia abierta en un lugar visible, para manifestar que en esa casa se toma en serio la Palabra de Dios.

Merece toda nuestra estima

Ojalá la amemos tanto que sea nuestro libro de cabecera para leer algunas frases todos los días. Como nos dice Dios en el libro de Josué: “Que este libro de la Ley (Palabra de Dios) no se aparte nunca de tu boca, tenlo presente día y noche para procurar hacer cuanto en él está escrito y así prosperarás en todos tus caminos y tendrás éxito” (Josue 1, 8).

Hay que leerla

“Dichoso el que lee y escucha las palabras de esta profecía y observa las cosas que en ella están escritas” (Apocalipsis 1, 3).

Hay que escucharla atentamente

“La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios” (Romanos 10, 17). Seamos como Sergio Pablo, procónsul y varón prudente, que hizo llamar a Bernabé y Saulo, “porque deseaba escuchar la Palabra de Dios” (Hechos 13, 7). Y Jesús promete que serán felices “los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lucas 11, 28). Dile con fe: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Samuel 3, 9).

Hay que creerla

“Lo escrito en este libro ha sido para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre” (Juan 20, 31). “Vosotros que escucháis la Palabra de la verdad, el Evangelio de nuestra salvación, en el que habéis creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1, 13).

Hay que estudiarla

Como los judíos de Berea “que examinaban diariamente las Escrituras” (Hechos 17, 11). O como los de Corinto, a quienes Pablo “enseñó la Palabra de Dios durante un año y medio” (Hechos 18, 11). Y Jesús mismo nos insiste en estudiar las Escrituras, porque “ellas dan testimonio de Mí” (Juan 5, 39).

Hay que memorizar algunos textos

“Queden grabadas en tu corazón estas Palabras que yo te mando hoy. Se las repetirás a tus hijos. Se las dirás, tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes, las atarás a tu mano como una señal, como un recordatorio ante tus ojos. Las escribirás en las jambas de tu casa y de tus puertas” (Deuteronomio 6, 6-9).

Hay que vivirla

“Dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica” (Lucas 11, 28). “Todo el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embistieron contra la casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca” (Mateo 7, 24-26).

Hay que proclamarla

“Vayan por el mundo entero, predicando el Evangelio a toda criatura” (Marcos 16, 15). Pidamos esta gracia: “Señor, da a tus siervos el don de proclamar tu Palabra con toda libertad, extiende tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús. Y, después de haber orado, tembló el lugar donde estaban reunidos; y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y hablaban la Palabra de Dios con libertad” (Hechos 4, 29-31). “No te avergüences jamás del testimonio de Nuestro Señor” (2 Timoteo, 1, 8). “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4, 2).

Y, cuando tengas oportunidad, proclama la Palabra de Dios dentro de la Misa, bien vestido, con voz clara y fuerte; y creyendo que Dios habla a la Asamblea a través de ti, que eres su instrumento. La Eucaristía es Jesús vivo y resucitado, presente entre nosotros realmente como un amigo que nos habla. Y la Escritura es lo que Él nos escribe para enseñanza nuestra. Evidentemente, primero es Jesús y después su Palabra. Por eso, te recomiendo que vayas todos los días a la Eucaristía para escuchar solemnemente su Palabra en la misa o, sencillamente, leerla ante Él, visitándolo en cualquier iglesia. Allí, ante Jesús sacramentado entenderás mejor lo que Él quiere decirte y, sobre todo, recibirás la fuerza necesaria para proclamarla a tus hermanos.


Padre Ángel Peña, “La Palabra de Dios ilumina tu camino”, pag. 5-7.
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