El arroyito

Hay una canción que comienza preguntando “qué tendrá lo pequeño que a Dios tanto le agrada”… en un mundo donde lo grande, lo importante, lo llamativo son el ideal de muchos… Dios se fija y busca en la humildad de lo pequeño… de lo insignificante… y es que ante su grandeza y majestad, nosotros no somos mas que pequeños puntitos de nada…

Hoy quiero compartirte una hermosa reflexión del libro “Luces en el camino”… donde el Padre Ángel Peña nos habla de la importancia de lo pequeño…

Haz de tu vida una canción de amor, una canción con las pequeñas cosas de cada día. No esperes a hacer grandes cosas. Vive el momento presente con amor y con ilusión. Haz bien lo que haces. No hagas las cosas a medias. Hazlo todo por amor a Dios, como si fueras un arroyito pequeñito que va caminando hacia el mar infinito de Dios, que te espera en la eternidad. Así decía el poeta Victorino del Castillo:

Arroyito, chiquito,
de aguas finas, cristalinas,
saltarín, murmurador…
Arroyito chiquitito,
tus agüitas tan claritas,
¿dónde llevan su canción?
De la sierra salto al llano
y mis aguas llevo ufano
a mi hermano, que es mayor.
Con mi hermano de la mano,
voy cantando mi cantar,
mientras vamos despacito
caminito de la mar.

¿Conoces la historia del arroyito? Había una vez un arroyito de agua venida de la montaña, engendrada en la inmensidad de sus hondas entrañas por el deshielo de las nieves de las cumbres.

Tan pequeño era el arroyito de agua que le quedaban grandes los nombres altivos como manantial, fuente, arroyo e, incluso, le sobraba el de riachuelo. Pero él seguía manando silencioso y fiel, ofreciendo al caminante la posibilidad de calmar su sed.

Ni las piedras ni la espesa tierra podían impedir que fluyera con su humilde fuerza, serenamente vigorosa. Nadie podía impedir que siguiera corriendo y regando las orillas del camino con su frescor de vida. Su fuerza no estaba en la grandiosidad o poderío de su caudal, sino en la sencilla y audaz constancia de su entrega. Siempre se abría paso, porque venía de las entrañas de la tierra. Alguien diría que tenía su origen en el corazón de Dios.

Pues bien, de las entrañas profundas de tu corazón humano, donde está Dios, también fluye hacia los que te rodean un arroyito de bondad, que debes cuidar para que nunca se contamine con envidias, iras, celos, egoísmos o soberbia. Deja que el agua de tu fuente profunda siga fluyendo y calmando la sed de amor y alegría de los demás. Ayúdalos a ser felices, vive para los demás, no pienses tanto en ti mismo. Dales el agua de tu fuente, porque es agua de Dios, que te la da para que la repartas a los demás y les alegres la vida.

Un día, Dios te pedirá cuenta de esa agua y ¡qué tristeza para Él, si se da cuenta de que te la has apropiado sólo para ti o la has contaminado y, en vez de calmar la sed de los caminantes, los has ensuciado con el barro de tu egoísmo!

Después de este cuento/reflexión de Padre Ángel nos debe resultar un poco más claro el valor de las cosas pequeñas… o la importancia de hacernos pequeños: «como niños», nos dice Jesús… así que te invito a orar la canción que te comentaba al comienzo: “¿Qué tendrá lo pequeño?”, por el grupo Jaire…

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