El camino de Cuaresma 4

céntrate
¿qué es lo que realmente importa:
el signo o su significado?

El Camino de Cuaresma está lleno de signos: las cenizas, el desierto, los 40 días, la cruz, etc… y se podrían escribir cuadernos enteros de cada uno de ellos. ¿Sabes lo que tienen en común? Que ni la ceniza, ni el desierto, ni los 40 días, ni la cruz tienen ningún valor en sí mismo. Somos tú y yo los que le damos su significado cuando nos acercamos a ellos con un corazón dispuesto. Por eso, puedes hacerte una docena de cruces de ceniza en la frente, pero si no abres tu corazón al arrepentimiento no sirve de nada. ¿Recuerdas cuando Samuel fue a ungir a David como rey? Dios le dijo que Él no se fija en las apariencias, se fija en el corazón. Nosotros también, no podemos quedarnos en los signos exteriores, debemos buscar y vivir su significado. De eso se trata este tiempo, de que tengamos un cambio de corazón, un cambio de vida que nos acerque más a Dios.

Hoy te invito a orar usando las palabras del salmista (Salmo 51, Miserere):

Tenme piedad, oh Dios, según tu amor,
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa,
y de mi pecado purifícame.

Pues mi delito yo lo reconozco,
mi pecado sin cesar está ante mí.
Contra Ti, contra Ti solo he pecado,
lo malo a tus ojos cometí.
Que aparezca tu justicia cuando hablas
y tu victoria cuando juzgas.
Mira que en la culpa ya nací,
pecador me concibió mi madre.

Mas Tú amas la verdad en lo íntimo del ser,
y en lo secreto me enseñas la sabiduría.
Rocíame con el hisopo, y seré limpio,
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Devuélveme el son del gozo y la aelgría,
exulten los huesos que machacaste Tú.
Retira tu faz de mis pecados,
borra todas mis culpas.

Crea en mí, oh Dios, un puro corazón,
un espíritu dentro de mí renueva;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu.
Vuélveme la alegría de tu salvación,
y en espíritu generoso afiánzame;
enseñaré a los rebeldes tus caminos,
y los pecadores volverán a Ti.

Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación,
y aclamará mi lengua tu justicia;
abre, Señor, mis labios,
y publicará mi boca tu alabanza.
Pues no te agrada el sacrificio,
si ofrezco un holocausto no lo aceptas.
El sacrificio a Dios es un espíritu contrito;
un corazón contrito y humillado,
oh Dios, Tú no lo desprecias.

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