El camino de Cuaresma 7

reza
con la confianza de un niño
que pide a su Padre

Para los discípulos era sorprendente la forma como Jesús oraba. Les impactaba por muchas razones, pero sobre todo por la familiaridad con la que hablaba con Dios. Claro, Él es el Hijo y está hablando con su Padre. Pero por sorprendente y maravilloso que eso sea, más debería sorprendernos y maravillarnos que Jesús nos invite a orar con esa misma confianza… ¡y cómo no iba a hacerlo si, por Él, nosotros también somos hijos de Dios!

Hoy les comparto unas coplas carmelitas, usémosla como reflexión y como oración, abandonándonos en las manos de Dios con la confianza con la que un niño pequeño se abandona en las manos de su Padre:

Dios es mi Padre,
¡qué feliz soy!
Soy hijo suyo,
soy hijo de Dios.

Si Dios cuida de mí,
¿qué me puede faltar?,
ni un solo instante, no,
me deja de mirar;
mi vida suya es,
cual diestro tejedor,
la va tejiendo Él
con infinito amor.

Hilo por hilo
tejiendo va,
si tú le dejas
¡qué bien lo hará!

Después del huracán
un pájaro cayó,
no creas que eso fue
sin permitirlo Yo;
el pajarillo aquel
se vende por un as,
no tienes que temer,
tú vales mucho más.

No ves con qué primor
Él sabe engalanar
al lirio que tal vez
mañana han de cortar;
pues si a una humilde flor
cuida tu Dios así,
¡con qué infinito amor
no cuidará de ti!

En el cielo se ven
mil estrellas brillar;
Dios las conoce bien,
Dios las puede contar.
Si Él mismo fue a buscar
la oveja que perdió,
jamás me ha de olvidar
aunque le olvide yo.

Dios es mi Padre,
mi Padre es Dios.
Dios es mi Padre,
¡qué feliz soy!

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