El camino de la fe | Día 23

El camino de la fe | Día 23

«Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manifestado. En cambio aquel al que se le perdona poco, demuestra poco amor… Tu fe te ha salvado, vete en paz» (Lucas 7, 47.50).

Día 23 | Hoy pídele a Dios ser libre de la sensación de culpabilidad

“Si de tu pecado ya te has arrepentido, si al sacramento de la Reconciliación te has acercado, si tu antigua conducta está tratando de cambiar, entonces por qué no te perdonas a ti mismo. Si Dios ya te ha perdonado, quién eres tú para no perdonarte.”

— Padre Gustavo Jamut

El perdón es esencial en la vida del cristiano… en la parábola del hijo pródigo Jesús mismo nos muestra como Dios, en la figura del Padre, está siempre dispuesto a perdonarnos… más aún, Él vive esperando ansioso nuestro arrepentimiento para salir presuroso a encontrarse con nosotros… basta con que nos acerquemos arrepentidos al sacramento de la reconciliación para que Él vuelque su Misericordia sobre nosotros en un fuerte abrazo…

Pero Jesús va un paso más allá… en la oración del Padrenuestro nos dice que nosotros debemos hacer lo mismo… nos dice que debemos perdonar a los que nos ofenden… a TODOS los que nos ofenden… TODAS sus ofensas… no sólo lo dijo, sino que lo puso por obra desde la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”…

Juan Pablo II dijo en una ocasión, “Debemos perdonar siempre, recordando que nosotros mismos hemos necesitado el perdón. Tenemos necesidad de ser perdonados mucho más a menudo que de perdonar”… pero, ¿qué es el perdón…? Ciertamente no es olvidar… como dice un amigo mío: se trata de ser mansos, no mensos… fíjate, perdonar es una decisión… no se trata de borrar la ofensa de nuestra memoria, eso se llama Alzheimer… perdonar es ser capaz de reconocer que hubo una ofensa, pero sin abrirle el corazón a sentimientos destructivos… se trata de poder recordar sin dolor…

El perdón es el primer paso en la sanación interior… es en las heridas de nuestro corazón donde se alimentan el odio, el rencor, la ira, el orgullo, la soberbia, la sed de venganza… cuando dejamos que el Señor sane esas heridas, Él mismo va expulsando los malos sentimientos de nuestro corazón… y va llenando los espacios con su Amor…

De todas las heridas hay unas que son más difíciles de sanar que las demás… son las heridas autoinfligidas… las que nos causamos nosotros mismos… tal vez no lo has pensado nunca, pero hay personas que pueden perdonar faltas muy grandes en otros, pero viven con la culpa constante por haber cometido una falta menor… incluso luego de confesarse, siguen arrastrando su pecado con ellos… esto es un acto de orgullo y de soberbia… no pueden reconocer su debilidad… se creen mejores de lo que son… más santos… incapaces de haber cometido “esa” falta… en adición, cuando el sacerdote nos da la absolución en el nombre de Jesús, nuestra alma queda limpia… seguir cargando con su pecado es una falta de confianza en el poder de Dios…

Hoy te invito a abrir tu corazón por completo a Dios… deja que Él entre y escudriñe hasta los rincones más íntimos y escondidos de tu corazón… deja que vaya limpiando tu casa… barriendo tu interior de todas las suciedades… arrojando fuera todas las sabandijas que se han acomodado a vivir ahí… pero escucha bien… déjale mano libre a Dios para que actúe… no le pongas limitaciones a lo que Él quiere hacer dentro de ti… te garantizo que su obra es mucho más grande y más gloriosa de lo que tú has imaginado…

Imagínate a ti mismo como una casa viva. Dios viene a reconstruir esa casa. Al principio, quizás, puedes entender lo que Él está haciendo. Él está destapando los desagües, tapando las filtraciones del techo y cosas como esas; tú sabes que hay que hacer esas reparaciones así que no estás sorprendido. Pero de pronto, Él empieza a golpear la casa de una manera que duele terriblemente y que no parece tener ningún sentido. ¿Qué rayos se trae entre manos? La explicación es que Él está construyendo una casa muy diferente de la que habías pensado – edificando una nueva ala aquí, agregando un piso adicional por allá, erigiendo torres, abriendo patios. Tú pensaste que te estaban convirtiendo en una casita decente: pero Él está construyendo un palacio. Y piensa venir a habitarlo Él mismo (C.S Lewis, “Mere christianity”).

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