El pecado original

Recordemos que Dios nos creó a su imagen y semejanza, haciéndonos sus amigos. Esta amistad ha de ser expresada por cada uno de nosotros desde una libre y amorosa obediencia a Dios, nuestro amigo.

Por ese amor, Dios, en el principio, le prohíbe al hombre, representado por Adán, comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, advirtiéndole que el día que comiera de él moriría (Gen 2, 17). Por otro lado, Dios nos da la libertad para vivir en amistad con Él y para conservar esa amistad nos brinda sus leyes y normas morales.

¿Cómo surge el pecado original? El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador (Gen 3, 1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandato de Dios. En esto consistió el pecado original. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad (CEC #397).

La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original, por eso se esconden de Dios. Sienten la vergüenza de haber querido ser como Dios, lo que se expresa en la Escritura con la consecuencia de descubrirse desnudos ante su Amigo.

La armonía en la que se encontraban por la santidad original, otorgada por Dios, se destruye; la armonía entre lo espiritual y lo corporal se rompe (Gen 3, 7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (Gen 3, 11 -13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (Cf. Gen 3,16). La armonía con la creación se rompe (Cf. Gen 3, 17-19). A causa del pecado original, toda la creación es sometida “a la servidumbre de la muerte” (Rm 8, 21) y la muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (Cf. Rm 5,12; CCE #400).

Reflexionemos hoy… ¿Qué lugar ocupa Dios en nuestra familia? ¿Cómo lo expresamos? En nuestras relaciones familiares ¿buscamos dominar al otro, a la otra? ¿Qué signos de muerte de la sociedad dejamos que toquen a nuestra familia?

En familia saquemos un momento para unirnos en oración dando gracias a Dios por su amistad y pedirle perdón por las veces que lo hemos rechazado.


Tomado de las catequesis dominicales de la Arqidiócesis de San Juan, con respecto al Trienio para el V Centenario.

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