Había una vez un pequeño pesebre…

Era de noche cuando José y María arribaron a Belén… habían ido para cumplir el edicto de César Augusto, que pedía todos fueran a empadronarse a su ciudad natal… y ellos, siendo descendientes de David, habían viajado desde Nazaret… el viaje había sido largo y, por el estado de María, habían tenido que avanzar lentamente… ahora estaban agotados y en Belén no quedaban habitaciones donde alojarse…

Había una vez un pequeño pesebre

José tocaba de puerta en puerta… de posada en posada… pero no encontraba nada… estaba triste ante el desaire y menosprecio de todos, que ni siquiera se compadecían porque María estaba a punto de dar a luz… le preocupaba dónde nacería el Niño… pero tenía confianza en Dios, que le hacía ver más allá y esperar… ÉL proveería…

De pronto, un provinciano se compadeció de ellos y les ofreció una pequeña cueva convertida en establo… no era mucho, pero tendrían refugio aquella noche… un lugar, aunque humilde, para cobijarse y esperar la llegada del nuevo día… el rostro de José cambió y derramaba sobre aquel buen hombre bendición tras bendición por su misericordia… y le daba gracias por aquel pequeño rincón que recibía como si fuera la mejor de las posadas en aquel poblado… miraba al cielo con una sonrisa en sus labios, como diciendo “sabía que TÚ no nos dejarías solos en este momento”…

Mientras tanto, María miraba como José se afanaba… sus ojos llenos de ternura daban gracias a Dios por haberlo escogido para ser su esposo… y oraba pidiendo ayuda a Aquel que todo lo puede y en Quien había depositado su confianza desde el día que la visitó el Ángel… en su corazón había paz… pero los dolores se agudizaban y su cuerpo cansado por la travesía empezaba a quedarse sin fuerzas… cuando, de pronto, José le da la noticia de que había encontrado un lugar para guarecerse y recibir al Niño…

Se acercan juntos hasta el establo y José, viendo el cansancio en los ojos de María, la deja sobre un montón de paja mientras él trata de limpiar un poco aquel lugar… “No te preocupes, María… descansa mientras preparo un lugar seco donde podamos pasar la noche”, le dice para confortarla mientras escudriñaba el establo con la poca luz de un fuego que ardía en el exterior…

La suciedad y la pestilencia eran grandes… y cada vez que José removía la paja sobre el suelo, el olor a orín y excremento se revolvían llenando todo el lugar… así que optó por elegir el espacio que parecía menos sucio y allí colocó la caja que le servía de comedero a un viejo buey que había en el establo…

De pronto, María siente un dolor fuerte y aunque trata, no puede evitar que se le escape un grito… José se apresura por llegar a su lado… el desasosiego llena su rostro… pero María le toma la mano y le dice: “¡ya viene, José, ya viene el Niño!”… José, entre el nerviosismo, la preocupación y el miedo, improvisa un lecho con paja y unas mantas para que María se recueste… y corre al pozo para buscar un poco de agua…

Al regresar, encuentra a María con el Niño en brazos… solamente María fue testigo del gran Misterio de la Encarnación… José, los pastores y los magos disfrutarían de encontrarse con al Niño… pero solamente María tendría el privilegio de ser testigo del momento en que cielo y tierra se tocaron por primera vez…

La sonrisa de María era radiante… sus ojos brillaban… y su corazón sentía un gozo como nunca antes había sentido… tenía en sus brazos al Mesías… ¡y era su Hijo…!!!

“Ven José… ¡mira que pequeñito es…!!!”, dijo emocionada… José se acercó despacio… las lágrimas se escapaban de sus ojos… y el corazón latía muy aprisa… “¡el Mesías!”, repetía… y mirando derredor no comprendía la Voluntad de Dios… ellos, tan humildes, sin nada que ofrecerle más que su cariño… y aquel lugar tan sucio, tan indigno para tan gran acontecimiento… pero María, comprendiendo la duda en el corazón de José, le dijo: “sabes, cuando veníamos de camino no dejaban de resonar en mi corazón las palabras de Isaías: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos –oráculo de Yahveh–. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros»… José, no podría explicártelo porque yo misma no lo entiendo… pero de alguna manera siento que este Niño es mucho más que el Mesías”…

Y el Niño comenzó a llorar… tenía hambre… y el frío de la noche, que se colaba dentro del establo le hacía temblar a pesar de la manta con que María le arropaba… José acercó el pequeño borrico en el cual habían viajado y el buey que estaba en el establo, para que con el calor de sus cuerpos cortaran un poco el frío… y, mientras María amamantaba al Niño, unos rostros curiosos se asomaban entre las sombras… ¡eran los pastores que curiosos venía a comprobar lo que les había dicho el Ángel…!!!

María y José se miraron sorprendidos… “y estos, ¿de dónde han salido?”, comentó en voz baja José… mientras María, con un ademán les invitaba a pasar… “¡Estábamos cuidando el rebaño cuando un Ángel se nos apareció para darnos la noticia… ¿Este es el Niño…? ¿Este es el Mesías…?!?!?!?”, dijo uno de ellos… ¡y todos comenzaron a alabar a Dios…!!!

Bastaba una sola mirada al Niño y la pestilencia del lugar parecía haber desaparecido… al menos, ya nadie la notaba… y de alguna manera, el pequeño establo parecía más iluminado que antes… y mientras la aldea dormía en silencio, en este rinconcito olvidado del mundo una joven pareja y un puñado de pastores celebraban gozosos la llegada del Redentor…

Te invito a contemplar la alegría de María, de José y de los pastores… el gozo de encontrarse con Dios… de sentir su cercanía… de contemplar su rostro… y de experimentar su amor… un gozo que borra todos los percances, que quita las angustias y que hace olvidar los miedos e inseguridades…

En esta noche que esperamos el nacimiento de Jesús… te invito a reflexionar en la forma cómo nosotros nos acercamos a la Eucaristía… ahí también está Jesús, vivo… con toda su gloria y majestad… en el pesebre se escondía en el cuerpecito de un pequeño bebé… y ahora bajo la apariencia de un pedacito de pan y un poco de vino… pero es el mismo Jesús… que quiere nacer en tu corazón… y ser el Salvador de este mundo que nos rodea…

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    1 comentario en Había una vez un pequeño pesebre…

    1. Me siento emocionado viendo y leyendo el nacimiento de Jesús y me digo; siyo hubiera estado alli yo lo abria limpiedo todo y huviera hecho una gras lumbre con maderas secas y les habria pedido alos pastores su ayuda y con buenas pieles de la obejas abria forrado el suelo para que Maria pisara encima y ademas con el carpintero hubiera echo un estupenda cuna preciosa y forrado de piel delas obejas que llos los pastores tieneny en la lumbre uviera puesta agua bien caliente para lavar ala Virgen Maria y combertiria este lugar un lugar de adeas de vonito muy confertable como lo hice en los nacimientos que yo hacia año tras año en un rincon de mi casa y despuess con la llegada delos reyes Magos seria aquello un palacio, todo seme hace poco para Jesús y Maria. Cuantas ganas tengo de hacer algo a qui en casa con Maria y el niño. Yo les quiero mucho mucho ASÍ sea amen.

      Jose Cesar

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