Isaías, el profeta de la espera

En la vida de todo ser humano, hay un punto que marca el antes y el después de nuestra historia. Para Isaías, un joven perteneciente a una familia noble de Jerusalén, ese suceso fue una visión donde Dios se le manifiesta en toda su gloria y rodeado de su ángeles. Cuenta Isaías que las puertas del Templo temblaron y el recinto se llenó de humo, y él tuvo plena conciencia de su impureza anta la Santidad de Dios. Uno de los querubines tomó un carbón encendidos del altar y se acercó a él, tocando sus labios y purificándole. Ese día Isaías escuchó la voz de Dios preguntando a quién podría enviar a su pueblo… y en total abandono a la Voluntad de Dios, se ofreció para ser el enviado.

Isaías no cesa de hablar de Dios, sobre todo, de la Santidad de Dios. Y comprende que ante tal atributo, Dios no podía esperar menos que un aura de santidad en el pueblo que había elegido. Sin embargo, su pueblo le es infiel y ha dejado de confiar en su Poder. Por eso, desde el comienzo de su libro, Isaías dice un oráculo contra Israel: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento»… Dios no ha abandonado nunca a su pueblo, pero este, más terco que un asno y más necio que un buey, se niega a reconocer a su Dueño. Cientos de años más tarde, este pasaje inspirará la escena del nacimiento de Jesús, cuando incluiremos la mula y el buey junto al pesebre, como reconociendo que Jesús es el Mesías esperado.

Pero las palabras de Isaías que más recordamos es la profecía que hace ante el rey Acaz: «El Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». Aunque Isaías profetizaba para un momento específico de la historia, su mirada estaba puesta mucho más allá del tiempo… y su profecía anunciaba la llegada del Mesías que vendría a salvarlo: el Emmanuel, “Dios con nosotros”.

El mensaje de Isaías es un mensaje de esperanza: A pesar del juicio purificador de Dios, un “resto” se salvará y será la nueva simiente del pueblo elegido. De hecho, para simbolizar esta esperanza, Isaías nombra a uno de sus hijos Sear-Yasub, “un resto volverá”.

Isaías pasó su vida esperando a Aquel que habría de venir. No lo esperaba cercano, pero predicaba al pueblo para que estuviera preparado como si su llegada fuera inminente. Muchos no lo escucharon… pero un pequeño resto, un grupo de almas fieles, se mantuvo alerta, aguardando con un corazón puro y deseoso de encontrarse con Él. En este Adviento, pidámosle al Señor la gracia de ser como ese resto, para esperar con fe, esperanza y alegría su llegada que ya se acerca.

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