La alegría del perdón | Defenderse del mal 1

La alegría del perdón | Defenderse del mal 1

Perdonar es saludable, pero eso no quiere decir que debemos quedarnos con los brazos cruzados y aguantar los insultos y la violencia ajena hasta que nos maten. No, perdonar significa también defenderse de nuestros enemigos, pues el amor a ellos nos obliga a ayudarles a corregirse; pues, de otro modo, caeríamos en el pecado de omisión: no hacer nada por ellos para que se conviertan y dejen de obrar mal. Corregir es una obra de misericordia. Y esto hay que hacerlo con amor y por amor. Por eso, no debemos acudir a la violencia, fuera de casos extremos, cuando la legítima defensa no pueda hacerse de otra manera.

Podemos y debemos acudir a las autoridades establecidas, pero no tomarnos la justicia por nuestra mano. Así nos lo aconseja nuestro Padre Dios por boca de san Pablo: No devolváis mal por mal; procurad el bien a los ojos de todos los hombres. A ser posible y en cuanto de vosotros depende, tened paz con todos. No os toméis la justicia por vosotros mismos… Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendidos sobre su cabeza. No te dejes vencer del mal, antes bien vence al mal con el bien (Rom 12, 17-21).

Sin embargo, puede haber circunstancias extraordinarias en las que la autoridad civil no puede o no quiere hacer nada o se deja sobornar por el enemigo. En ese caso, para defender nuestros derechos y los de nuestra familia, podríamos acudir, como ya hemos dicho, a la legítima defensa aun con la violencia, si no es posible ningún acuerdo amistoso ni reconciliación aceptable. Pero, por supuesto, descartamos en todo momento la venganza y el obrar con rencor. Asociarse en grupos contra el mal organizado es una buena manera de poder contrarrestar la fuerza de los malvados. Sin olvidar que siempre, aun en caso de guerra, debemos tener compasión con el enemigo y nunca acudir a la tortura ni al asesinato deliberado. Recordando que el fin nunca justifica los medios y nunca será un medio lícito la mentira, la calumnia o los insultos. De todos modos, cuando hemos sido nosotros los que hemos ofendido, debemos reparar el daño cometido, reconociendo las mentiras o calumnias, y pidiendo perdón por los insultos o violencias cometidas. Y, por supuesto, reparando, aun económicamente, los daños ocasionados. Si hemos ofendido públicamente, debemos reparar públicamente; sea por radio, periódico o televisión. Hay que reconocer nuestros errores y reparar los daños; o exigir nuestros derechos, si nosotros somos los perjudicados.

A este respecto, dice el Catecismo: Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación moral y, a veces, material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia (Cat 2487).

El ideal es nunca acudir a la violencia y defendernos con la fuerza de la verdad o con la no violencia activa o la violencia pasiva, como lucharon Gandhi y Luther King para conseguir que se respetaran sus derechos y los de los oprimidos.


Del libro “La alegría del perdón”, por el Padre Ángel Peña… puede descargar este y otros de sus libros en autorescatolicos.org/angelpena.
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