La alegría del perdón | La confesión 2

Un compañero sacerdote contaba un hecho real. Se fue a confesar un niño gitano por primera vez. Tenía siete años y estaba un poco nervioso. El sacerdote trató de darle confianza, diciéndole que Jesús lo esperaba para abrazarlo, porque Jesús era el que perdonaba sus pecados. Le dijo que estaba vestido con alba y estola, porque representaba a Jesús, que era el que perdonaba. Pues bien, terminada la confesión, el pequeño gitanillo se fue corriendo hacia el crucifijo grande de la iglesia y lo besó y lo abrazó diciendo: Gracias, Jesús. Aquel niño había comprendido que el que perdona es Jesús.

La alegría del perdón | La confesión 2

Santa Teresita del Niño Jesús dice sobre su primera confesión: Estaba tan convencida de que no era a un hombre a quien iba a decir los pecados, sino a Dios, que me confesé con gran espíritu de fe. Me acerqué al confesonario y me puse de rodillas… Me confesé como una jovencita y recibí su bendición con gran devoción… Al salir del confesonario, me sentía tan contenta y ligera que nunca había experimentado tanta alegría en mi alma. A partir de entonces, volví a confesarme en todas las grandes fiestas y era para mí una verdadera fiesta cada vez que lo hacía (MA fol 17).

El padre Marcelino Iragui relata que un joven, que llevaba dos años en compañía de drogadictos y alejado de su familia y de la Iglesia, volvió un día a casa de una tía suya muy enfermo. Cuando se recuperó, ella lo llevó a un retiro y él dio así su testimonio: Yo vine al retiro bien provisto de drogas, pero deseoso de cambiar de vida. Desde el primer día, pude sentir la presencia y el amor de Jesús. Por la noche me arrodillé al pie del crucifijo y deposité mis drogas ante la cruz y le dije a Jesús: “Señor, yo creo que tú has entrado en mi corazón para cambiar mi vida. Aquí dejo esto. Si lo necesito de nuevo, ya te lo pediré”.

Al día siguiente, hice una confesión de toda mi vida y me sentí tan alegre que fui corriendo al crucifijo y le dije a Jesús: “Señor, si tú estás conmigo, ya no necesito estas porquerías”. Y destruí las drogas. Más tarde, el Señor me llenó de su Espíritu y con su gracia he podido ayudar a otros jóvenes con problemas semejantes.

Una señora decía: Yo había frecuentado los sacramentos por unos 30 años sin notar cambio en mi vida. Seguí con los mismos fallos, el mismo sentido de culpa. Solía pensar que la misa y confesión, acaso fuesen útiles para otros tiempos o para otras personas, pero no para mí. Ahora no me canso de dar gracias a Dios. Me confesé el último día del retiro, antes de la misa, con lágrimas de dolor y gozo. Y esta confesión lo cambió todo. Estos tres meses transcurridos, el Señor me ha llevado de victoria en victoria. Me encuentro libre de mis antiguos pecados de impureza, masturbación, rencor… Me siento una persona nueva, libre de tensiones y con un gran deseo de vivir una vida santa y útil a los demás.

A veces, la confesión no produce su efecto, porque nos confesamos por rutina y costumbre; pero, cuando descubrimos el amor de Jesús y nos decidimos a amarlo, entonces todo cambia en nosotros y descubrimos que la confesión es un medio maravilloso de liberación y una fuente inmensa de amor y de alegría.

Relata Chateaubriand en su libro “Memorias de ultratumba” que, siendo niño, se fue a confesar varias veces sin querer decir un pecado, porque tenía vergüenza. Pero no estaba tranquilo. Por fin, un día se atrevió a confesarlo y dice:

Yo no tendré jamás en mi vida un momento semejante. Si me hubiese quitado de encima el peso de una montaña, me habría aliviado menos; lloraba de felicidad. Me atrevo a decir que fue el día en que se formó en mí un hombre honrado; comprendí que no habría podido vivir con remordimiento. ¿Cuál no será el remordimiento del criminal, si yo tanto he sufrido por haber ocultado las debilidades de un niño?

Al terminar, fui a abrazar a mi madre, que me aguardaba al pie del altar. Y al presentarme delante de mis maestros y camaradas, llevaba la frente alta y el aire radiante; marchaba con paso ligero, satisfecho del triunfo de mi arrepentimiento.


Del libro “La alegría del perdón”, por el Padre Ángel Peña… puede descargar este y otros de sus libros en autorescatolicos.org/angelpena.
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    1 comentario en La alegría del perdón | La confesión 2

    1. Padre, tengo un hijo Prodigo , y a regresado a casa , me ha pedido perdón y yo lo he perdonado , pero mi hijo menor no quiere ni verlo ni perdonar y si yo lo acepto entonse el se ira de mi vida con su familia , y yo los Amo a los dos , Ayudame Sr. Yo los Amo a los dos y a los dos los perdono con todo mi Corazon , Ayudame Sr. Jesús en Vos Confió … Amen.

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