La Inmaculada Concepción

Desde el siglo II, aparecen fórmulas claras de la íntima unión de Jesús y María en la lucha contra el demonio. Veamos el primer anuncio de la salvación que aparece en el Protoevangelio cuando Dios dice a la serpiente: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gn 3,15). San Ireneo, san Epifanio, san Cipriano, san Isidoro Pelusio y san Justino son algunos de los ven aquí la promesa de que el demonio nunca tendría dominio sobre María, intuyendo así que no tuvo pecado original, siendo así inmaculada.

Por otra parte, la comparación que san Pablo hace entre Adán y Cristo, les hace ver el paralelismo entre Eva y María. María es la nueva Eva, la segunda Eva, por quien nos viene la vida. Dice san Ireneo: “Como Eva se hizo desobediente y se hizo causa de muerte para ella y para todo el género humano, así María se ha hecho para ella y para todo el género humano causa de salvación… Lo que había atado la desobediencia de Eva, fue desatado por la obediencia de María y lo que ató Eva por su incredulidad, lo desató la Virgen María por su fe”.

Desde el siglo IV, es común llamar a María la toda santa (panagia en griego), purísima y santísima. Después del concilio de Éfeso, en el siglo V, ya se aclama a María con el título de resplandeciente santidad universal, lo cual significa de alguna manera que es inmaculada. San Efrén, en sus Poemas de Nísibe, canta: “Tú y tu Madre sois los únicos que en todo aspecto sois perfectamente hermosos; pues en Ti, Señor, no hay mancilla, ni mácula en tu Madre”.

San Proclo, patriarca de Constantinopla, decía: “Jesús nació sin mancha de la que Él mismo se preparó sin mancha alguna… María es el orbe celestial de una nueva creación en la que el sol de justicia (Cristo) siempre brilla y así ha alejado de su alma (de María) la oscuridad de la noche del pecado”. Y san Juan Damasceno, en el siglo VIII, dice: “Oh hija santísima de Joaquín y Ana…, fuiste conservada sin mancha, como esposa de Dios, para que por tu naturaleza fueses la madre de Dios”.

El dogma de la Inmaculada Concepción fue definido el 8 de diciembre de 1854, cuando el Papa Pío IX dio lectura a la bula Ineffabilis Deus: “La doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles”.

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