La Palabra se hizo carne

Una de las bellezas del rezo del Rosario es poder contemplar los Misterios de la vida de Jesús. Ese adentrarse en las Escrituras y experimentar en nuestro interior las maravillas que acontecieron cuando Jesús pisó la tierra. Lo mismo sucede con las demás formas de oración contemplativa, pero para mí el Rosario tiene un sabor especial. Se trata, sobre todo, de eso, de contemplar, de ver con los ojos del corazón el Misterio de Dios. Como hizo María, que guardaba todo meditándolo en su corazón.

Esta mañana mi Rosario completo giraba alrededor del Misterio de la Encarnación. Alrededor de aquella noche, dos mil años atrás, cuando Dios “se hizo carne” y nació en un humilde pesebre, entre pastores y animales. Contemplaba la escena desde los distintos personajes. Pensaba cómo debe haber sido aquel momento en que María se vio por primera vez reflejada en los ojos de Dios. Imaginaba a San José tomando al Niño en sus brazos con ternura, mientras él le apretaba uno de sus dedos con su manita. El asombro de los pastores ante la legión de ángeles que alababan y daban gloria a Dios. Y los magos, que veían desaparecer el cansancio de tan larga travesía para convertirse en gozo ante el encuentro del Mesías.

Pero hay otro personaje en la historia y nunca, hasta este momento, me había percatado de ello… siempre, siempre, siempre he contemplado la Encarnación desde nuestro lado, desde nuestra humanidad. Pero, ¿cómo habrá sido ese primer momento para Dios?

Dios lo sabe todo, lo conoce todo, lo abarca todo, lo puede todo… pero aquella noche, en Belén de Judá, Dios se despojó de su gloria para mirar el mundo desde los ojos de un pequeño Niño recién nacido. Aquella noche, Dios sintió el tierno abrazo de una Madre, que lo cubría del frío, lo alimentaba y lo llenaba de besos. María se miró por primera vez en los ojos de Dios, pero Dios hacía lo mismo y se miraba a Sí mismo en los ojos de su Madre.

Dios, el Creador de todo, miraba por primera vez su creación con ojos de criatura. Se sintió protegido en los brazos de San José, y esbozó su primera sonrisa al ver los rostros sorprendidos de los magos y los pastores. Por primera vez escuchaba el balido de una oveja, el rebuzno del burro y el mugido del buey… Él le dio sus “voces”, pero era la primera vez que las escuchaba con oído humano. Y lo fue descubriendo todo a su alrededor. ¡Y todo era nuevo para Él…! Lo fue también para ti y para mí cuando nacimos. ¡Esa es la maravilla del Misterio que celebramos hoy! Que Dios, siendo todopoderoso, quiso experimentar de cerca nuestra humanidad. Con nuestras alegrías y nuestros sufrimientos, con nuestros afanes y nuestros desganos, con nuestros logros y fracasos…

El Papa Francisco nos decía anoche, en la Misa de Gallo, que el Misterio de la Navidad es al mismo tiempo “un misterio de esperanza y de tristeza”. De tristeza porque Jesús nació entre el rechazo de algunos y la indiferencia de muchos. Pero también de esperanza, porque a pesar de nuestras tinieblas, ese Pequeñín es la Luz que ilumina y penetra y resplandece sobre toda oscuridad. A Dios no le bastó con decirnos que era posible el Amor, sino que vino a enseñarnos que amar—amar de verdad—significa entregar la vida entera. Por eso se hizo carne y acampó entre nosotros… y sigue habitando en cada corazón que le recibe.

En este día, no te conformes con mirar de lejos al Niño en el pesebre. Ábrele tu corazón—ábreselo de par en par—, y déjale que Él ponga su morada en ti.

¡FELIZ NAVIDAD… y nos encontraremos en el Belén!

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