Solemnidad de Pentecostés

La Iglesia nació de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús… fue allí, de su costado traspasado, que brotaron al agua del Bautismo y la Sangre de la Eucaristía… es de este acontecimiento sobrenatural que los discípulos reciben la gracia de convertirse en una comunidad mística en el poder de Dios…

Este Misterio es el momento fundamental en la fundación de la Iglesia… aquí se convierte en el verdadero Pueblo de Dios, que renuncia a la servidumbre del pecado para perseverar en la fe, la esperanza y la caridad… y por este mismo acontecimiento, se convierte a su vez en instrumento eficaz de salvación…

Pero esa Iglesia que nace no es todavía todo lo que debe ser… no tiene conciencia de su misión… es necesario que reciban el Espíritu Santo para que puedan dar testimonio de la Verdad…

Esta es la Solemnidad que celebra la Iglesia en el día de hoy… la venida del Espíritu Santo sobre esa primera Iglesia: «Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago… en compañía de algunas mujeres; de María, la madre de Jesús; y de sus hermanos» (Hechos 1,13-14)…

Es el Espíritu Santo quien les concede la fortaleza, la perseverancia y la sabiduría para ser testigos de Cristo… y para anunciar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra…

En este día, abramos nuestros corazones al fuego del Espíritu Santo… pidámosle que venga a habitar en nosotros… a transformar nuestra vida… a darnos esa misma fortaleza, perseverancia y sabiduría que les concedió a aquellos primeros discípulos… y que nos envíe a ser testigos valientes de nuestro Señor Jesucristo… así se cumplirá la Palabra: «envías tu Espíritu, Señor, y renuevas la faz de la tierra» (Salmo 103,30)…

 

Secuencia de Pentecostés

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Amén.

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