… y hoy es Navidad

«Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre»

Que el Niñito Jesús haga morada en cada uno de sus corazones, llenándolos de gracias y bendiciones… haciendo de este día uno de gozo, de esperanza, de amor y de paz… y María Santísima, Madre del Salvador y Madre nuestra, los cubra con su manto, cuidándolos y protegiéndolos siempre…

Son nuestros más sinceros deseos,

Romualdo & Noemí

Comparte...

    5 comentarios en … y hoy es Navidad

    1. Hola amigo Romualdo y a todos los amigos de la página esta es una hermosa historia real de Navidad. Pedro tenía ocho años. Vivía en un hogar para niños huérfanos desde siempre. Pedro, mantenía un sueño, o muchos a decir verdad. Soñaba que un día llegarían un padre y una madre para él, soñaba que tendría un hogar al igual que otros niños, una Navidad con juguetes nuevos solo para él.

      No lo trataban mal, por el contrario. Las personas que atendían el hogar lo hacían con un amor infinito. Aun así, Pedro se sentía solo. Sufría la soledad que da el no pertenecer a una familia, llevaba a cuestas la carga de haber sido abandonado, una carga muy pesada para un pequeño.

      Cada Navidad de su corta vida, Pedro pensaba que esa sería la última que pasaría sin padre ni madre. ─La próxima Navidad tendré un hogar y un arbolito. Comeré galletas y estrenaré juguetes que nadie haya usado antes.

      El mismo deseo cada año y la misma desilusión también. El tiempo transcurría, y Pedro seguía en el hogar. Pasaban los diciembres, llegaban otros y nada cambiaba.

      Pedro, con la madurez que aporta el sufrimiento, se reponía una y otra vez, y renovaba sus esperanzas. Era un niño, y, cuando se es niño, los sueños pueden más que la realidad.

      No era fea la Navidad en el hogar. Las familias del lugar juntaban juguetes usados, los arreglaban y los llevaban al hogar. Las personas que en él trabajaban decoraban el salón, armaban el arbolito e intentaban hacer de esa fiesta sin familia una cálida celebración.

      De todos modos, Pedro sabía que había otras realidades y que podría tener otras navidades, lo necesitaba, lo deseaba con todo su corazón.

      ─El día que estrene un juguete será el día más feliz de mi vida. Un juguete nuevo, que nadie haya usado jamás, uno nuevo, muy nuevo, todo lo nuevo que pueda ser algo. Si, sin dudas, ese será el día más feliz de mi vida ─pensaba el pequeño, una y otra vez─. ¿Cómo se sentirá vestir ropa nueva? ¿Cómo será tener alguna prenda que no esté remendada? ¿Cómo se sentirá sacar la etiqueta de la ropa? –Pedro sabía que la ropa nueva traía etiquetas que había que arrancar, se lo habían contado, y tenía ganas de arrancar él alguna etiqueta algún día.

      Pedro sabía que esas preguntas, como tantas otras, no tenían respuesta por el momento. Poco antes de cumplir nueve años, Pedro fue adoptado. Resultó sorpresivo que una pareja quisiera un niño “algo crecido ya”, así habían dicho. Era un matrimonio maduro que soñaba con un hijo, pero que no tenía ganas de correr tras un pequeño que gateara.

      Faltaba poco para Navidad, y Dios Niño ya andaba regalando milagros y le regaló uno a Pedro. Los primeros días de diciembre, Pedro, junto a sus flamantes padres, escribió –por primera vez en su vida− la carta a Papá Noel. El pequeño ya sabía que aquello que pidiese no sería traído en trineo, pero poco le importaba. Recibiría, también por primera vez en su vida, juguetes nuevos.

      No sabía qué pedir. Eran tantas las cosas que no había tenido, tantas con las que había soñado que era difícil elegir, quizá porque era la primera vez que elegía. Los días previos a la Navidad, Pedro no podía dormir. Imaginaba muchos paquetes con juguetes que brillaran y que no estuviesen ya gastados, con prendas de vestir nueva e impecables y a las que, por supuesto, hubiese que arrancarles la etiquetas.

      La noche del 24 de diciembre, Pedro no podía apartar los ojos del arbolito. Tantas veces había soñado con esa escena, tantas las había imaginado. La casa se había llenado de gente, y no solo porque fuese Nochebuena.

      La familia entera quería celebrar la llegada de Pedro quien, como el niño Dios, nacía en cierta manera, a una vida nueva y distinta.

      Risas, paquetes, regalos, moños, cintas, un espectáculo maravillo que deslumbraba los ojitos del pequeño.

      Luego de las doce y llegando el momento que Pedro más había deseado, ocurrió algo extraño.

      ─¿Pedro, no vienes a abrir tus regalos? ─preguntó su madre.

      ─Los regalos, hijo, mira, son para ti ¿No quieres abrirlos? –preguntó su padre.El niño estaba sentado en un sillón mirando a sus padres y a sus flamantes tíos y primos.

      Ya no pensaba en abrir paquetes y descubrir juguetes nuevos, tampoco en sacarle la etiqueta a ninguna prenda de vestir.

      Todo había cambiado, ahora tenía algo mucho más importante que estrenar: una familia. Sin necesidad de abrir ni un solo paquete, fue inmensamente feliz. Bendiciones para todos mis amigos.

    2. Hola amigo Romualdo y amigo Martín. Si amigo recibí t u mensaje. Bendiciones para todos.

    3. excelente como siempre Ines

      MARTIN
    4. Hola amigo Romualdo y a todos los amigos de la página. Esta es otra lección real de Navidad. Faltaban sólo cuatro días para Navidad. Aún no sentía el espíritu de la ocasión, a pesar de que el parqueadero de la tienda de descuentos estaba repleto. Dentro de la tienda era peor. Los carros de compras y los clientes de última hora causaban atascos en los pasillos.
      ¿Para qué vine hoy a la ciudad? Me pregunté. Los pies me dolían casi tanto como la cabeza. Tenía una lista de varias personas que decían no querer nada, pero yo sabía que se quedarían ofendidas si no les compraba algo.
      Comprar regalos no tenía nada de entretenido para mí. Estaba comprando para gente que tenía de todo, y los precios eran exorbitantes.
      Llené mi carro de compras a toda prisa con esas cosas de último momento y me dirigí a las cajas. Escogí la que tenía la fila más corta, pero tendría que esperar al menos veinte minutos para llegar a la caja.
      Delante de mí había un niño y una niña. El niño tenía unos cinco años y la niña era un poco menor. Él llevaba un abrigo harapiento y unos tenis viejos y enormes que sobresalían debajo de unos pantalones que le quedaban muy cortos. En sus manos, que estaban muy sucias, tenía varios billetes de un dólar todos arrugados.
      La ropa de la niña se parecía a la de su hermano. Su cabeza era una maraña de pelo ondulado. En la cara se le veían restos de la cena. Llevaba en las manos un hermoso par de zapatillas doradas para la casa. Se oía música navideña en el equipo de sonido del almacén y la niñita tarareaba feliz y desafinadamente.
      Cuando llegamos a la caja, la niña puso los zapatos con mucho cuidado sobre el mostrador. Los sostenía como si se tratara de un tesoro. La cajera marcó la cuenta.
      -Son seis dólares con nueve centavos -dijo.
      El niño puso sus billetes arrugados sobre el mostrador mientras buscaba más en los bolsillos de su pantalón. Consiguió reunir 3 dólares con 12 centavos.
      -Supongo que tendremos que devolverlas -dijo valientemente. Volveremos después, quizá mañana.
      En cuanto oyó eso, la niña dijo con un leve sollozo:
      -Pero a Jesús le habrían encantado esas zapatillas.
      -Bueno, volveremos a casa y trabajaremos un poco más. No llores, volveremos después -le aseguró su hermano.
      En ese instante le pasé tres dólares a la cajera. Esos niños habían esperado un largo rato en la fila, y a fin de cuentas, era Navidad.
      De repente un par de brazos me rodearon y una vocecita exclamó:
      -Muchas gracias, señora.
      -¿A qué te referías cuando dijiste que a Jesús le habrían gustado esos zapatos? -pregunté.
      El niño respondió:
      -Nuestra mamá está enferma y se va a ir al Cielo. Papá dijo que es posible que se vaya a vivir con Jesús antes de Navidad.
      La niña añadió:
      -En la escuela dominical, mi profesora me dijo que las calles del cielo son doradas, como estas zapatillas. ¿No le parece que mi mamá se vería hermosa caminando por esas calles con zapatos del mismo color?
      Los ojos se me aguaron al fijarme en la carita manchada por las lágrimas.
      -Sí -le respondí-, no me cabe duda.
      En ese momento le agradecí a Dios en silencio que se valiera de esos niños para recordarme lo que significa dar. Que cada Navidad, despierte en nosotros el deseo de seguir creciendo en el amor de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo de nuestra Madre Santísima, de nuestros ángeles y santos. Levantemos nuestros ojos al cielo y en el esplendor de la morada de Dios. Divisemos el rostro dulce, de nuestro Padre Celestial. Que desde la gloria sonrie, con sus ángeles alrededor. Y como una niña te quiero. Para que veas dentro de mi. Que no te mienten mis ojos, cuando una lágrima suele caer. Y llenándome el corazón de gozo, me alimentas de tu amor. Confien en mi. Nos dices. Aplacando el dolor. Porque el niño se hizo grande. Para que sea vuestro Salvador. Bendiciones para todos mis amiguitos.

    5. Hola, amigo Romualdo, y a todos los amigos de la página. Que el amor de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Madre Sántisima, iluminen nuestras mentes y corazones, y nos llenen de su luz. Para ser verdaderos hijos de Dios, y luz del mundo. Y que el amor de Nuestro Señor Jesucristo nos enseñe a valorar más lo espiritual, que lo material. Y que sepamos amar a nuestros hermanos, porque en ellos vive Cristo. Los dejo con un hermoso relato real, de Navidad. El título del relato es: Dos niños en el pesebre. En 1994 dos americanos respondieron una invitación que les hiciera llegar el Departamento de Educación de Rusia, para enseñar moral y ética en las escuelas públicas, basada en principios bíblicos., Debían enseñar en prisiones, negocios, el departamento de bomberos, de la policía y en un gran orfanato.
      En el orfanato había casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados, y dejados en manos del Estado. De allí surgió esta historia relatada por los mismos visitantes:

      Se acercaba la época de las fiestas de 1994, los niños del orfanato iban a escuchar por primera vez la historia tradicional de la Navidad. Les contamos acerca de María y José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas, por lo que debieron ir a un establo, donde finalmente el niño Jesús nació y fue puesto en un pesebre.

      A lo largo de la historia, los chicos y los empleados del orfanato no podían contener su asombro. Algunos estaban sentados al borde de la silla tratando de captar cada palabra. Una vez terminada la historia, les dimos a los chicos tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre. A cada chico se le dic un cuadradito de papel cortado de unas servilletas amarillas que yo había llevado conmigo. En la ciudad no se podía encontrar un solo pedazo de papel de colores.

      Siguiendo las instrucciones, los chicos cortaron y doblaron el papel cuidadosamente colocando las tiras como paja.

      Unos pequeños cuadraditos de franela, cortados de un viejo camisón que una señora americana se olvidó al partir de Rusia, fueron usados para hacerle la manta al bebé. De un fieltro marrón que trajimos de los Estados Unidos, cortaron la figura de un bebé.

      Mientras los huérfanos estaban atareados armando sus pesebres, yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban alguna ayuda. Todo fue bien hasta que llegué donde el pequeño Misha estaba sentado. Parecía tener unos seis años y había terminado su trabajo. Cuando miré el pesebre quedé sorprendido al no ver un solo niño dentro de él, sino dos. Llamé rápidamente al traductor para que le preguntara por qué había dos bebes en el pesebre. Misha cruzó sus brazos y observando la escena del pesebre comenzó a repetir la historia muy seriamente.

      Por ser el relato de un niño que sabía la historia de Navidad una sola vez, estaba muy bien. Hasta que llegó la parte donde María pone al bebé en el pesebre. Allí Misha empezó a inventar su propio final para la historia, y dijo: “Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía un lugar para estar. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con El. Le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiese darle a El como regalo; se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor.Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ese sería un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo: Si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido. Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre.”

      Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas empapando sus mejillas; se tapó la cara, agacho la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre! Y yo aprendí que no son las cosas que tienes en tu vida lo que cuenta, sino quienes tienes, lo que verdaderamente importa. Bendiciones para todos mis queridos amigos y FELIZ NAVIDAD, para todos.

    Tienes algo que decir

    La dirección de email no será publicada, pero debe completar los blancos marcados con *.

    *

    Últimos comentarios