Carta de una religiosa que fue violada durante la guerra

Lucía Vetruse

Recibí por email una copia de este artículo de Alfredo Contran donde Lucía Vetruse, una religiosa violada por milicianos serbios durante la guerra en la antigua Yugoslavia, nos da testimonio de que “la única grandeza que honra a la persona es la del perdón”…

Querida Madre:

“Soy Lucía Vetruse, una de las novicias que ha sido violada por las milicias serbias. Le escribo (se dirige a su superiora general) sobre lo que me ha acaecido a mí y a mis hermanas Tartiana y Sendria. Permítame que no le dé detalles.

Ha sido una experiencia atroz que no se puede comunicar más que a Dios, a cuya voluntad me entregué cuando me consagré a Él con los tres votos… Había leído pocos días antes Diálogos de Carmelitas, de Bernanos y me había surgido pedir al Señor morir mártir. Él me ha tomado la palabra, pero ¡de qué manera! Me encuentro ahora en una angustiosa oscuridad interior. Ellos han destruido mi proyecto de vida que yo consideraba definitivo y me han trazado de improviso otro nuevo, que aún no acierto a describir. Escribí in mi diario, en mi adolescencia: “Nada es mío, no soy de nadie, ninguno me pertenece”. Sin embargo, uno me cogió una noche, que no quiero recordar, me arrancó de mí misma y me hizo suya.

Me desperté ya de día y mi primer pensamiento fue aquel de la agonía de Jesús en el huerto. Se desarrolló en mí una lucha terrible: me preguntaba, por un lado, por qué Dios había permitido que yo fuera despedazada y destruida, precisamente en lo que yo ponía mi razón de vivir y, por otra parte, cuál era la nueva vocación por la que Él me encaminaba. Me levanté agotada mientras ayudaba a la hermana Joselina y me arreglaba. Oí la campana que tocaba la Sexta en el monasterio de las Angustias, al lado del nuestro. Hice la señal de la cruz y mentalmente recité el himno de la liturgia: “En esta hora, en el Gólgota, el verdadero Cordero Pascual, Cristo, paga el rescate por nuestra salvación”.

¿Qué es, madre, mi sufrimiento y la ofensa sufrida en comparación con la de aquel al que había prometido mil veces darle mi vida? Dije despacito: “Hágase tu voluntad, ahora, sobre todo ahora, ya que no tengo más apoyo que la certeza de que tú, Señor, estás a mi lado”.

Le escribo, Madre, no para recibir su consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas mías, ofendidas en el honor, y a aceptar la maternidad no deseada.

No se asombre de que le pida compartir conmigo una gracia que pudiera parecer absurda. He llorado en estos meses todas las lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades. Pensé que ya no podría sufrir muchas cosas más, ni que el dolor pudiera tener tales dimensiones.

A la puerta de nuestros conventos cada día centenares de criaturas famélicas, tiritando de frío, con la desesperación en sus ojos. La otra semana una joven de 18 años me había dicho: “Afortunada usted que ha escogido un sitio donde la malicia no puede entrar”. Y añadió: “No sabe qué es el deshonor”.

Lo pensé despacio y vi que se trataba del dolor de mi gente y casi sentí vergüenza de estar excluida de su huida. Ahora soy una de ellas, una de tantas mujeres anónimas de mi pueblo con el cuerpo destrozado y el alma saqueada. El Señor me ha admitido al misterio de su vergüenza, es más, a esta hermana le ha concedido el privilegio de comprender la fuerza diabólica del mal. Sé que de hoy en adelante las palabras de valor y consuelo que trataré de sacar de mi pobre corazón serán creídas, porque mi historia y la suya, y mi resignación, sostenida por la fe, podrá servir, si no de ejemplo, al menos de confrontación con sus reacciones morales y afectivas.

Basta una señal, una pequeña palabra, una ayuda fraternal para movilizar la esperanza de un ejército de criaturas desconocidas. Dios me ha escogido –me perdone esta presunción- para guiar a las personas humilladas de mi gente hacia un alba de redención y de libertad. No podrán tener dudas sobre la sinceridad de mis deseos, porque yo también vengo, como ellas, de la frontera de la abyección.

Recuerdo que cuando estudiaba en Roma una profesora de literatura eslava me decía estos versos de Alesej Mislovi: “Tú no debes morir, porque has escogido estar de parte del día”. La noche en que fui violada por los serbios repetía estos versos, que me proporcionaban bálsamo al alma cuando la desesperación quería ahogarme. Ahora todo ha pasado y me parece haber tenido un mal sueño.

Todo ha pasado, Madre, pero ahora comienza todo. En su llamada telefónica, después de decirme palabras de consuelo que le agradeceré toda la vida, me hizo una pregunta: “¿Qué harás de la vida que te ha sido impuesta en tu vientre?” Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta que no podía ser respondida de inmediato, no porque no haya reflexionado sobre la elección que tenía que hacer, sino porque usted no quería turbar con proyectos mis decisiones. Lo he decidido ya: si soy madre, el niño será mío. Le podría confiar a otras personas, pero él tiene derecho a mi amor de madre, aunque no haya sido deseado ni querido.

No se puede arrancar una planta de sus raíces. El grano que ha caído en una tierra tiene necesidad de crecer allí donde el misterioso, aunque inicuo sembrador, lo ha echado. Realizaré mi vida religiosa de otro modo. No pido nada a mi congregación, que me lo ha dado ya todo. Estoy agradecida a la fraternidad de mis hermanas y a sus atenciones, sobre todo por no haberme molestado con peticiones indiscretas.

Me iré con mi hijo. No sé a dónde, pero Dios, que ha roto de improviso mi mayor alegría, me indicará el camino para cumplir su voluntad. Seré pobre, retomaré el viejo delantal y me pondré los zuecos que usan las mujeres en días de trabajo e iré con mi madre a recoger resina de los pinos de nuestros grandes bosques… Haré lo posible por romper la cadena de odio que destruye a nuestros países… Al hijo que espero le enseñaré solamente a amar. Mi hijo, nacido de la violencia, será testigo de que la única grandeza que honra a la persona es la del perdón.


Nota: este artículo es un trabajo de 1993 que recibió un premio literario en Italia.

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