El camino más corto hacia Jesús

Tal vez fue por haber estudiado en un Colegio Marista, o por el hecho de que mi madre es una fiel devota de la Virgen María, pero mirando mi vida retrospectivamente tengo que admitir que yo siempre fui mariano…

Recuerdo que en mi cuarto siempre había una imagencita de la Virgen y aunque no rezaba mucho, ni a menudo, la mayor parte de mis oraciones iban dirigidas a ella. Para mí era más sencillo, y menos intimidante, pedirle a ella que a Dios… Y repito la palabra – pedirle – porque todas las veces que me dirigía a ella era para pedir su ayuda en alguna necesidad o problema. Lo que más me sorprende es las muchas veces que respondió a mis oraciones.

Cuando repaso lo que ha sido mi vida, siempre la encuentro presente en los momentos más difíciles y dolorosos. Siempre atenta a mis problemas… Escuchando mis angustias y mis pesares… Viendo mis flaquezas y tropiezos… Pasé por la vida viviendo la vida del necio, buscando cosas erradas en lugares inciertos, ¿cuántas tristezas le debo haber causado? Aún así, debo agradecerle que nunca se alejó de mi lado, ni siquiera en los momentos cuando la soberbia me gobernaba y me hacía exigir que viniera en mi ayuda. ¡Hay que ver que el pecado nos vuelve insolentes y atrevidos!

No recuerdo bien cuando fue que comencé a rezar el Rosario, lo que sí recuerdo era que me gustaba meditar sobre las Bodas de Caná (Juan 2, 1-11). En ese tiempo aún no teníamos los Misterios Luminosos, pero este pasaje del Evangelio de San Juan me daba esperanzas y me alentaba a pedirle… San Juan nos muestra como María se compadece de los novios y acude en su ayuda intercediendo ante Jesús. Mientras rezaba, me la imaginaba junto a su Hijo, pidiéndole que me ayudara en mi problema y pensaba: “Si Jesús adelantó sus planes por complacer a María, ¿cómo no iba a ayudarme también a mí si ella se lo pedía?”

Después de un tiempo empecé a reflexionar más profundamente sobre las palabras que María le dirige a los sirvientes, “Hagan lo que Él les diga” (Juan 2, 5)… Aunque Jesús parezca inalcanzable, María no duda siquiera un instante. Como mujer de fe, sabe que su Hijo lo puede todo y va a venir en auxilio de quien lo necesita. La fidelidad a Dios es garantía de que no nos dejará nunca solos…

Yo sabía que María también decía estas palabras para mí, pero, ¿cómo saber lo que me pide Jesús? “Llenen las tinajas de agua” (Juan 2, 7)… Las tinajas de mi vida estaban vacías y necesitaba que llenarlas –hasta arriba– de una confianza profunda en Jesús… La Santísima Virgen María era quien me tomaba de la mano y me conducía hacia su Hijo para que Él sanara mi corazón, herido y lastimado por una vida de pecado.

Debo reconocer que yo no conocía a Jesús… Me habían enseñado sobre Él y lo que había hecho por mí, pero nunca había tenido un encuentro íntimo con Jesús. Fue rezando el Rosario donde sentí por primera vez su presencia real y verdadera. Allí, junto a María, fui recorriendo toda su vida, aprendiendo a verle desde sus ojos y a sentirle desde su corazón… y sólo el corazón de una Madre puede guardar tanto amor.

Por mucho tiempo estuve meditando sobre los Misterios Dolorosos y cómo la Pasión de Jesús era acompañada por el dolor y el sufrimiento de su Santísima Madre. Veía un Jesús maltrecho, despreciado y humillado, triturado a golpes e inmolado… Pero también veía un Jesús radiante, que brillaba por la pureza de su sacrificio… Es ese Jesús, quien en medio del sufrimiento, le hace entrega de María a Juan, el discípulo amado. Imaginaba que era yo quien estaba al pie de la Cruz y Jesús me decía, “Ahí tienes a tu Madre” (Juan 19, 27)… Si era Jesús quien me ponía en las manos de María, ¿cómo podía despreciar tan maravilloso regalo de mi Señor? A partir de ahí supe que ella siempre estaría conmigo… ¡La Madre de Jesús era también mi Madre!

Con María aprendí que el camino de quien ama a Jesús es el camino de la humildad, de la obediencia, de la fidelidad… Junto al Arcángel Gabriel me enseñó a decirle “Sí” a la Voluntad del Padre y a abandonarme confiado en su Divina Providencia. Cuando venían momentos de angustia o de tristeza veía el corazón de María, traspasado por la espada, como había profetizado el anciano Simeón, y bebía de su fortaleza al pie de la Cruz. Cuando el cansancio me tentaba a abandonar mi camino, María me recordaba que como Jesús, yo también debía ocuparme de las cosas de mi Padre.

Con el tiempo, mi relación con Jesús fue madurando, pero siempre teniendo a la Virgen María como modelo. En su visita a Isabel descubrí a una María llena del Espíritu Santo llevando a Jesús a quienes le necesitan. Una María que alaba y bendice al Señor, que le da gracias por todas las maravillas que ha realizado en ella, su humilde esclava. Esto me llenó de alegría porque María también me había venido a visitar a mí, también me traía a Jesús, y como Isabel solo podía exclamar, “¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1, 43)

San Luis María Grigñion de Montfort nos dice en su “Tratado de la Verdadera Devoción” que María es el camino más fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a Jesús. María descubrió ante mí un camino de oración ferviente e incesante, un camino de fe y de esperanza… Un camino que traía verdadera paz a mi corazón… Y poco a poco me encontré hablando más con Jesús que con María… Es que quien ama a María, ¡termina enamorado de Jesús!

Un día estaba visitando a Jesús en el Santísimo y le contaba como había cambiado mi vida. Si antes le buscaba por necesidad, ahora lo hacía por amor… Si antes experimentaba temor ante su presencia, ahora venía con confianza… Y le daba las gracias por haberme tenido paciencia y haberme esperado por tanto tiempo. Mientras iba hablando con Jesús, sentía la presencia de su Santísima Madre a mi lado y cerré los ojos de la carne para poder verla con los del corazón… Allí estaba, dulce y radiante, con una hermosa sonrisa que hacía resplandecer su rostro. Fue en ese instante cuando comprendí… ¡Fue Él quien la envió a buscarme! Nunca me sentí tan amado como en ese momento…


Parte de mi camino de conversión, por Romualdo Olazábal. Una versión más corta de este artículo fue publicada en el semanario católico “El Visitante”, edición del 25 al 31 de julio de 2004, Año XXX, Núm. 30

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