La Santa Misa

La Santa Misa

Introducción

El 4 de diciembre de 1963 fue promulgado el Decreto Sacrosanta Concilium para la reforma litúrgica. Era el primero de los documentos emanados del Concilio Vaticano II.

Por casi 400 años, la liturgia católica había estado normada por lo que el Concilio de Trento (1545-1563), en tiempos de San Pío V, había dictaminado. La Santa Misa se celebraba exactamente igual en todas partes del mundo y el Misal era idéntico en todos los países; estaba en lengua latina y sus rúbricas estaban perfectamente establecidas.

Era realmente hermoso ver y escuchar en cualquier parte del mundo los mismos movimientos, las mismas frases. Daba una idea de la universalidad de la Iglesia Católica. En Japón como en Argentina, los fieles escuchábamos el Dominus vobiscum que el sacerdote pronunciaba en voz baja para que el acólito (que representaba a toda la feligresía) contestara también en voz baja: “Et cum Spíritu tuo”.

Cada domingo del año tenía sus lecturas invariables: escuchábamos 52 párrafos del Evangelio año tras año. Algunos fieles poseían y sabían manejar su Misal Diario para poder entender en español lo que el sacerdote rezaba en latín, la lengua oficial de la Iglesia. Otros se contentaban con rezar cada vez la famosa “Misa de Lavalle”, o rezaban otras oraciones como el Vía Crucis o el Santo Rosario, mientras el sacerdote oficiaba, de espaldas al pueblo, en latín y en voz baja, las oraciones y ritos de la Misa.

Así eran las cosas y nadie se extrañaba de ello. Las cosas de Dios eran misteriosas de por sí. La Santa Misa había sido siempre así y supuestamente así debería seguir siendo.

Por eso el decreto Sacrosantum Concilium causó tanto impacto. De todos los documentos del Concilio, fue el que tuvo más inmediatos efectos. Sin ser el más importante, fue el que el pueblo fiel percibió primero al ver cómo la Misa iba cambiando poco a poco.

Las reformas litúrgicas han sido graduales, como dando tiempo a la Iglesia de ir comprendiendo cada vez mejor el Santo Sacrificio de la Misa. Los jóvenes nacidos después del Concilio, no pueden darse una idea de lo que significó para los adultos oír por primera vez al sacerdote saludarnos en castellano con el “El Señor esté con vosotros” y poder contestar, ahora todos en voz alta: “Y con tu espíritu”.

Y cuando por fin el altar fue cambiado para el pueblo y toda la Misa fue traducida a todas las lenguas, hubo júbilo en la Iglesia, asombro en muchos, y rechazo en algunos.

Los efectos de la reforma litúrgica (que no sólo abarca la Santa Misa, sino todos los Sacramentos y hasta el Oficio Divino que rezan los sacerdotes todos los días) se han sentido cada vez con mayor profundidad. No han faltado, por desgracia y como era natural, excesos y desviaciones que la Santa Sede ha tratado de controlar, pero en general podemos decir que el Pueblo Fiel ahora participa y comprende muchísimo más la esencia de la Misa.

¿Qué es la Santa Misa?

Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el que perpetuaría por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y así confiaría a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, “en el cual se come a Cristo, el alma se llena de Gracia y se nos da una prenda de la Gloria venidera”. Así define el Concilio en el número 47 del decreto Sacrosantum Concilium la esencia del Sacrificio Eucarístico.

Los tres Evangelistas llamados sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas, nos relatan directamente lo sucedido en la Última Cena, y San Pablo, en su primera carta a los Corintios (11, 23-25), nos consigna lo que él mismo ya recibió por tradición. Antes de que los Evangelios fueran redactados, ya la Iglesia celebraba la Sagrada Eucaristía.

¿Qué es un sacrificio?

Desde la más remota antigüedad el hombre ha intentado adorar, complacer o aplacar al Dios verdadero o a sus falsas divinidades por medio de los sacrificios. Ante la imposibilidad física de dar a sus dioses algún regalo, han destruido en su honor toda clase de dones hasta llegar a los sacrificios humanos. Los sacrificios para agradar a Dios, están simbolizados en el libro del Génesis, Capítulo 4, con las ofrendas de Caín y Abel.

El Pueblo de Dios, Israel, ofrecía a Yahvé diversas clases de sacrificios y holocaustos, cuya descripción minuciosa encontramos en el Levítico.

Ahora bien: evidentemente los sacrificios de la Antigua Alianza y con más razón los ofrecidos por los pueblos paganos a sus falsos dioses, carecían de toda eficacia para obtener el perdón de los pecados (Hebreos 10, 1-4). No existe ninguna proporción entre la ofensa hecha a Dios, y el valor de la sangre de machos cabríos o toros.

El único sacrificio eficaz

Es por esto que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, tomando un cuerpo perfectamente humano de las entrañas purísimas de la Virgen María, llevando sobre sí el pecado del mundo, se ofrece como Víctima Divina en el altar del Calvario por la Redención del género humano (Hebreos 4, 5-10).

Siendo Jesucristo Persona Divina, su sangre es la única que eficazmente y de una vez para siempre, “borra el pecado del mundo”. Un sólo sacrificio era necesario y suficiente para nuestra salvación: el Sacrificio de Jesús en la Cruz. Nadie puede ofrecer a Dios un Sacrificio comparable, ni nadie podrá salvarse si no es por Cristo muerto en la Cruz y resucitado y glorioso al tercer día.

Los tres momentos de la Redención

Nuestro Señor Jesucristo realizó su sacrificio redentor en tres momentos diferentes, en tres días diferentes: la Última Cena, la Muerte en el Calvario y la Resurrección al tercer día. Estos tres momentos constituyen lo que la Iglesia llama “El Misterio Pascual del Señor”.

En la Última Cena, Jesús entrega ya en realidad su Cuerpo y su Sangre, ofreciéndose por la salvación de todos. El Viernes Santo se hace la dolorosa realidad de su Pasión y Muerte en la Cruz y triunfa, del pecado y de la muerte, el Domingo de Resurrección, el primer domingo de la historia.

Estos tres hechos redentores se realizan al unísono en cada Misa y constituyen juntos un solo hecho Redentor que se prolonga y actualiza en el tiempo y en el espacio en cada altar católico.

En efecto: Cada vez que un sacerdote católico consagra el pan y el vino, Jesucristo se hace realmente presente en las especies sacramentales y al mismo tiempo se entrega en alimento como en la Última Cena; muere como el Viernes Santo al consagrarse por separado su Cuerpo y su Sangre, y resucita triunfante al reunirse nuevamente su Cuerpo y su Sangre en el momento de la “comixtión”, poco antes de la Comunión.

La Iglesia reconoce este hecho maravilloso al rezar sobre las ofrendas el 2do domingo ordinario del siguiente modo: “Concédenos, Señor, participar dignamente en esta Eucaristía, porque cada vez que celebramos el memorial del sacrificio de tu Hijo, se lleva a cabo la obra de nuestra Redención”.

Si Cristo muere en cada Misa por nosotros, también es cierto que está resucitado y que se nos entrega vivo en la Comunión para que tengamos Vida Eterna (Juan 6, 55-59).

Toda la potencia salvadora del Misterio Pascual, está presente en cada Misa, un sólo sacrificio, el del Calvario, se renueva incesantemente en toda la tierra en los altares católicos, salvando permanentemente a la humanidad pecadora. Es el cumplimiento cabal de la profecía de Malaquías, Cáp. 1, 11, “Desde donde sale el sol hasta el ocaso, todas las naciones me respetan y en todo el mundo se ofrece en mi Nombre tanto el humo del incienso, como una ofrenda pura”.

Uniformidad del Rito

Ciertamente era emocionante, antes de la reforma litúrgica, asistir a Misa en cualquier parte del mundo y escuchar las oraciones en latín, el lenguaje oficial de la Iglesia y observar los mismos movimientos sacerdotales. Se hacía sentir la catolicidad de la Iglesia. Pero también es cierto que aparte de algunas frases muy conocidas, nadie entendía nada si no llevaba su Misal propio.

Esa uniformidad aparentemente se ha perdido al traducir los ritos a las diversas lenguas del mundo, pero es tan solo una apariencia porque gracias a la unidad de la Iglesia Católica, el Sacrificio se celebra exactamente de la misma manera en todo el mundo, orando las mismas oraciones y realizando los mismos movimientos. En todo caso, si no entendemos la lengua de un determinado país, tampoco entendíamos la Misa en latín y al menos los de esa lengua participan y entienden perfectamente lo que sucede.

La lengua latina no se ha abandonado; sigue siendo la lengua oficial de la Iglesia, pero negar que la traducción de la Misa a las lenguas vernáculas haya sido un cambio benéfico, es una equivocación. Basta constatar la participación de los fieles en la actualidad, para bendecir al Concilio por el documento Sacrosantum Concilium que puso la liturgia al alcance de todos, aún de los analfabetos.

Al mismo tiempo que algunos espíritus inclinados a lo tradicional, se han opuesto terminantemente a las reformas, otros de signo distinto han caído en exageraciones hasta de mal gusto. Era de esperarse y la Santa Sede ha tenido que intervenir en ambos casos, a veces dolorosamente.

Las partes de la Misa

Todo el conjunto de palabras y acciones realizadas en la Misa, forman cuatro momentos bien distintos que hay que saber aprovechar plenamente.

Liturgia de la Palabra

1. Antífona de entrada
Cuando no hay coro, ni un cántico para empezar la Misa, se reza la Antífona que normalmente es un versículo de la Biblia. Es muy importante porque nos anticipa la temática de toda la celebración. Es como la obertura de una obra musical, que nos anuncia lo que va a seguir.

Como ejemplo está la antífona de la Misa de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote (Hebreos 7, 24): “Cristo, mediador de la nueva alianza, por el hecho de permanecer para siempre, posee un sacerdocio perpetuo”.

Ya de entrada, nos ponemos a la expectativa, porque las oraciones y las lecturas bíblicas, abundarán seguramente en el tema.

2. La Señal de la Cruz
Da comienzo propiamente al Sacrificio de la Misa, signándonos en el Nombre de las Tres Divinas Personas. Al mismo tiempo que nos bendecimos con la señal de la Cruz, instrumento de nuestra salvación, invocamos a Dios Trino; toda la Misa es Trinitaria y no podía ser de otro modo.

3. Saludo ritual
Él oficiante saluda a la feligresía con varias fórmulas, todas ellas riquísimas en contenido. La primera y más usual: “La Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo, estén con ustedes”, tomada de las cartas de San Pablo, no podía ser más profunda, más completa y más bella. El sacerdote no podría desear nada más grande a la comunidad, que a su vez le devuelve el saludo diciendo el tradicional “y con tu espíritu”.

4. Acto penitencial
Se invita a la comunidad a pedir perdón a Dios por los pecados cometidos. Ante la santidad inconmensurable de Dios, debemos reconocer humildemente nuestra fragilidad, nuestra malicia, nuestra nada. Con varias fórmulas reconocemos que hemos pecado. La más usual es el “Yo confieso” en la que no solamente nos confesamos pecadores delante de Dios y de los santos sino que pedimos a la Iglesia triunfante y militante, orar por nosotros, por cada uno de los presentes.

Termina el Acto penitencial con el rezo o canto de los muy tradicionales “Kyries”, incorporados a las Misas del rito latino de las Iglesias del rito griego del Medio Oriente.

Este Acto Penitencial, como otros sacramentales de la Iglesia, nos obtiene automáticamente el perdón de las faltas veniales y podemos por lo tanto con toda confianza acercarnos después a la Sagrada Comunión.

No así cuando por desgracia, hemos ofendido a Dios gravemente. Los pecados mortales deber ser confesados en el Sacramento de la Reconciliación. San Pablo es tajante al respecto, al advertir a los Corintios en su primera carta (11, 27-28) que no se atrevan a comulgar indignamente. No debemos alejarnos de la Comunión por cualquier tarta, y debemos evitar tanto los escrúpulos, como la conciencia laxa.

Como no siempre es fácil confesarse ante un sacerdote antes de la Misa, existe la tentación, por parte de éste, de emitir una “Absolución General” de modo que todos puedan comulgar si lo desean. Siendo válidas esa clase de absoluciones, no está permitido, sin embargo, confundirlas con el acto penitencial de la Misa. Se debe hacer un acto penitencial antes, en un rito distinto y bien preparado. El sacerdote debe saber perfectamente las normas eclesiásticas para el caso y los peligros que el abuso de esa práctica trae a los fieles.

No es objeto del presente estudio abundar en el tema de la Reconciliación, pero ¡Dios bendiga a los sacerdotes que dedican largas horas al sublime “Ministerio de la Reconciliación”!

5. Gloria a Dios
Después de haber pedido perdón a Dios de los pecados, damos Gloria al Señor con el himno maravilloso que entonaran nada menos que los Ángeles, la Noche de Navidad.

La Iglesia glorifica a las Tres Divinas Personas en este cántico gozoso. Es un himno antiquísimo en la liturgia que ha sido musicalizado de mil maneras, desde el solemne y moderado canto gregoriano de la Edad Media, hasta las expresiones polifónicas más complicadas de los grandes maestros.

Después de la reforma litúrgica, el pueblo canta la Gloria de Dios con tonadas sencillas, asequibles a todo el mundo y en la propia lengua. Hay que tener cuidado, sin embargo, de cantar tanto en el Gloria como en las demás partes de la Misa, los cánticos que sean concordes con la acción litúrgico que se está desarrollando. Existen, por ejemplo, cantos que aparentemente son “de Gloria”, que no tienen nada que ver con el texto original de la Misa, que consiste precisamente en glorificara las Tres Divinas Personas.

6. Oración Colecta
Tiene la Misa tres oraciones muy especiales precedidas por la invitación sacerdotal expresada por el “Oremos”: la Oración Colecta, la Oración sobre las Ofrendas y la Oración después de la Comunión. Su estructura es parecida y trataremos de las dos últimas en su momento.

La Oración Colecta recibe su nombre porque se trata de unir, de colectar en una sola oración, los sentimientos que debe tener toda la comunidad al asistir ese día a Misa.

Como la Antífona de entrada, orienta la liturgia a celebrarse. Es una oración sumamente importante que debemos escuchar por tanto con mucha atención y unirnos al sacerdote plenamente para sacar el máximo provecho de la Eucaristía.

Antes que nada hay que notar que las oraciones de la Misa se dirigen, salvo raras excepciones, a Dios Padre. Con el título de Padre, Señor, Dios Todo poderoso, Dios eterno, etc. nos estamos refiriendo al Padre de Nuestro Señor Jesucristo y nuestro Padre. A Él y nada más se ofrece la Misa. El sacrificio infinito de la muerte de Cristo, no puede ofrecerse a una criatura, ni siquiera a la Virgen Santísima.

Por ser Jesucristo Persona Divina, en algunas ocasiones, por ejemplo, en la fiesta del Corpus Christi, nos podemos dirigir directamente a Él con todo derecho. Pero nunca digamos que ofrecemos una Misa a la Virgen, a un Santo Patrono, y menos a un difunto. Analicemos, por ejemplo, la oración colecta de la llamada Misa de Santa María en Sábado:

“Por intercesión de la Santísima Virgen María, llena de Gracia, cuya memoria gloriosa estamos celebrando, haz Señor, que también nosotros podamos participar de los dones de tu amor. Por Nuestro Señor Jesucristo que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.”

En primer lugar, nos estamos dirigiendo a Dios Padre con el título de “Señor”. Hacemos memoria de la Virgen María y pedimos que Ella interceda por nosotros, pero no es Ella el centro de la oración.

Pedimos a continuación una gracia determinada y concluimos siempre con la mención explícita de Jesucristo, único mediador entre Dios y la humanidad que por ser Persona Divina, vive triunfante y glorioso, con el Espíritu Santo en la intimidad eterna de la Trinidad Santísima.

A esta oración el pueblo fiel debe contestar con un sonoro “Amén”, palabra que significa la aceptación plena de lo expresado. Es como decir: Así es, de acuerdo, Sí Señor.

7. Lecturas
Preparada nuestra mente y nuestro espíritu con todo lo precedente, nos sentamos a escuchar sin incomodidades la Palabra de Dios que se nos proclama los domingos en tres lecturas y entre semana con dos solamente.

Esta nueva modalidad permite a la Iglesia tener un panorama más amplio de la Sagrada Escritura. Además, los textos han sido seleccionados y acomodados en un ciclo de tres años y no cada año como antes de la reforma.

Se da oportunidad ahora de que los laicos o seglares proclamen las lecturas primera y segunda. Vale la pena hacer algunas recomendaciones al caso: en primer lugar, la persona debe saber leer en público. Los nervios traicionan y la Palabra de Dios no debe ser mascullada a trompicones ni admite errores en la pronunciación, Los lectores deben ser pues, personas entrenadas y haber preparado previamente lo que van a leer.

El atuendo mismo debe ser apropiado; tanto hombres como mujeres deben darse cuenta de que están cumpliendo con un ministerio sublime y no es propio subir al presbiterio “en fachas”. Así como el sacerdote se reviste de ornamentos sagrados para oficiar la Misa, el laico debe ir decentemente vestido.

8. Salmo Responsorial
Entre una lectura y otra, se incluye un Salmo recitado responsorialmente o sea, participando toda la comunidad con un estribillo, rezado o cantado. Por lo general y por desgracia, el elenco de oraciones del católico normal, es muy pobre. Nos limitamos a cuatro o cinco oraciones aprendidas desde la infancia y malamente recitadas.

Hay que aprovechar, por tanto, este momento de la misa. Rezar con los salmos es orar a Dios con palabra de Dios.

Tenemos ahí una oportunidad magnífica de enriquecer nuestra vida de oración.

9. Aclamación antes del Evangelio
El Aleluya es una aclamación jubilosa usada por el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Nos ponemos de pie mientras exultamos por escuchar la Palabra de Dios. Normalmente se cita un versículo del Evangelio que se va a proclamar, como introducción.

10. Evangelio
Es la parte más importante de la Liturgia de la Palabra. Lo proclama personalmente el sacerdote después de saludar solemnemente al pueblo. En algunas ocasiones, para darle realce a la proclamación, se usa el incienso dándonos a entender que los Evangelios, de entre toda la Biblia, son la parte más importante, al presentarnos directamente al autor de nuestra Redención. Él ponernos de pie nos ayuda a estar alerta y es signo al mismo tiempo, de estar dispuestos a poner manos a la obra ante la voluntad del Señor.

Hacemos tres cruces: En la frente, en los labios y en el corazón: significando el anhelo que tenemos de entender la Palabra, amarla y ser capaces de proclamarla. Rito antiquísimo y muy venerable en la Iglesia.

11. Homilía
La Biblia debe leerse en “La Iglesia”, o sea, según las enseñanzas del Magisterio Eclesiástico, de acuerdo con la Tradición riquísima y veinte veces secular de la Iglesia que Cristo fundó en los Apóstoles. Siendo un libro complejo y difícil, teniendo el mismo Evangelio pasajes oscuros, es una imprudencia rayada en la locura, pretender como sostienen los protestantes, la libre interpretación de la Biblia. Como el etíope de Hechos 8, 26-39, es de elemental prudencia pedir ayuda para entenderla.

Los sacerdotes son ministros de la Palabra. Para eso han sido llamados por Dios, para ello han estudiado y estudian constantemente. Son profesionales de la Biblia. El sacerdote no habla por sí solo, habla y explica el Evangelio según el pensar de la Iglesia de Cristo, la Católica.

La homilía es pues, la explicación de las lecturas. Su aplicación a la vida de todos los días. No es un sermón de circunstancias como se acostumbra en alguna festividad extraordinaria. Debe ser corta y clara. Los fieles deben, dado el caso, pedir al sacerdote, después de la Misa, la aclaración de algún punto que no hayan entendido o en el que no estén de acuerdo.

12. El Credo
Magnífica manifestación de nuestra Fe es la recitación del Credo en la Misa. Nació la Iglesia bajo la persecución, primero de los judíos y después de los emperadores romanos. A la muerte de los Apóstoles, las iglesias por ellos fundadas se esparcieron por toda Europa, Medio Oriente y Norte de Africa, con muy poca comunicación entre ellas y por tanto con el peligro de desvirtuar la fe apostólica. Fue por eso que apenas otorgada la libertad religiosa a los cristianos por la conversión del mismo emperador Constantino, los Obispos de toda la Iglesia se reunieron para poner con mucha precisión los artículos principales de la FE. Así desde el año 325, en el Concilio de Nicea, fue redactado el Credo que hemos conservado fiel y cuidadosamente. Lo recitarnos de pie para manifestar nuestra adhesión gozosa a cada uno de sus artículos y como signo de nuestra misión para que todo el mundo crea en Cristo.

Básicamente es la fe en las Tres Divinas personas, y en la Iglesia que Cristo fundó. Con el Credo termina la Liturgia de la Palabra.

Rito de las Ofrendas

1. Procesión
Ya sea en solemne procesión o directamente, son llevadas al altar las ofrendas de pan y vino, especies sacramentales que han de ser consagradas más adelante.

Es además el momento adecuado para llevar donativos para los pobres y el momento de hacer la colecta en efectivo para el sustento del sacerdote y los gastos de la Parroquia, Todo ello lo ofrecemos a Dios siendo conscientes de que nuestras pobres ofrendas son poca cosa. Ponemos en el altar, con el pan y el vino, nuestro trabajo, esfuerzos y personas mismas.

2. Orad hermanos
El sacerdote nos invita a orar junto con él, recordándonos que en la Misa, todo el pueblo fiel ejerce su sacerdocio bautismal o común, distinto del ministerial del sacerdote, pero no menos real. Es toda la Iglesia la que ofrece el Sacrificio de la Misa.

3. Oración sobre las ofrendas
Termina el Rito de Ofrendas con la segunda oración de la trilogía formada por la Colecta, Ofrendas y Poscomunión. En muy pocas palabras son oraciones estupendas y precisamente redactadas se hace mención tanto de las ofrendas, como de lo que estarnos celebrando, en perfecta continuidad con la oración colecta.

Liturgia del Sacrificio

1. Prefacio
Da comienzo la tercera parte de la Misa con una oración magnífica llamada Prefacio y que va precedida con un diálogo introductorio entre el Ministro y el pueblo. Ello mismo le da un realce y debe llamarnos la atención. El Prefacio es una oración elegantemente redactada, llena de sentido y enseñanza, profundamente dogmática y hasta poética en algunas ocasiones.

Varía según la celebración o la fiesta y si ponemos atención, quedamos perfectamente ubicados en la mentalidad de la Iglesia para la ocasión.

2. Santo, Santo, Santo
El Prefacio termina introduciéndonos al canto que entonaremos embelesados ante la Divina Majestad por los siglos de los siglos en la Gloria. La Iglesia desde ahora, en comunión con la Corte Celestial, alaba al que es el Santo de los Santos (Apocalipsis 4, 8-11; Isaías 6, 3).

3. Anáfora
Hasta antes del Concilio la Misa tenía una sola oración consecratoria llamada Canon Romano. S.S. San Pío V la aprobó para unificar distintas versiones usuales en su tiempo y evitar cuidadosamente infiltraciones y desviaciones venidas del protestantismo.

Con la Reforma Litúrgica actual, la Iglesia ha incorporado al Misal varias otras oraciones, llamadas Anáforas, para realizar la consagración de las especies sacramentales.

Tengamos presente ante las nuevas anáforas, dos hechos muy importantes: en primer lugar, algunas no son nuevas ni mucho menos; por el contrario, han sido rescatadas de antiguos misales y son por lo tanto tradicionales; y en segundo lugar, recordemos que la Iglesia tiene todo el poder, dado por Nuestro Señor, de componer dichas anáforas. Después de todo, en la Ultima Cena, las palabras consagratorias empleadas por el Señor, son muy breves y el resto lo dejó Dios a su Iglesia.

Siendo fieles al relato de la Ultima Cena y empleando exactamente las mismas palabras de Nuestro Señor, las especies sacramentales quedan transubstanciadas en el Cuerpo y Sangre de Cristo lo que constituye la esencia misma de la Misa.

Misterium Fidei

La Consagración
Todas las anáforas nos llevan por distintos caminos a la Última Cena. Es el momento sublime sobre toda ponderación, en que el sacerdote oficiante deja de ser en cierto modo él mismo para consagrar “in persona Christi” (personalmente, como Cristo, en persona de Cristo) el pan y el vino diciendo:

“Tomad y comed todos de él porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomad y bebed todos de él porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.”

Haciendo presente por su ministerio, real y verdaderamente a Cristo el Señor, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. ¡Cristo, Dios y Hombre, se hace presente en cada altar de la Iglesia Católica! Suprimiendo con su todo poder las distancias y los tiempos, multiplica su Presencia Real en nuestros altares para consumar su Sacrificio hasta el fin de los tiempos.

La Elevación
Con toda razón decimos que este hecho es un “Misterium Fidei”: un misterio de FE. En contra de todas las apariencias, tan solo por la fe sin discusiones que la Iglesia tiene en la Palabra del Señor, somos capaces de creer hecho tan prodigioso. A la entrega total, absoluta, radical de Dios Encarnado a los hombres, corresponde una Fe no menos total, absoluta y radical. ¡No podía ser de otra manera!

Cristo está en nuestros altares realmente presente y realmente muerto. Signo eficaz de la muerte redentora de Cristo, es la CONSAGRACIÓN por separado del Cuerpo y la Sangre. Así como en el Calvario, Jesús murió, al derramar su Sangre, así está muerto por nosotros en el altar. Cada altar católico en el mundo entero, es un Calvario en donde se sacrifica a la única Víctima capaz de “perdonar el pecado del mundo”. Toda la fuerza redentora del sacrificio de la cruz, está Presente en el altar, salvando permanentemente a la humanidad pecadora.

Si en el Ofertorio no teníamos otra cosa que ofrecer al Padre sino un poco de pan y vino y nuestras pobres buenas obras, ahora la Iglesia tiene por fin “al Cordero de Dios” que se ofrece a Sí mismo y a quien ofrecernos inmediatamente después de la Consagración. Y además, nos ofrecemos a nosotros mismos junto con la Víctima Divina, completando en nosotros, Cuerpo Místico del Señor, los sufrimientos de Jesucristo. Toda la Iglesia es sacerdotal y toda la Iglesia es víctima con Cristo el Señor.

Todas las anáforas terminan espléndidamente con una pequeña elevación de nuestra Víctima hacia Dios Padre, acompañando el gesto oferente con las palabras “Por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.”

Podríamos decir que esta oración, es el resumen de toda la Misa, es por el hecho prodigioso de que Jesús está presente en nuestros altares que podemos dar al Padre Eterno, por el Espíritu Santo, la gloria que se merece. Y la Iglesia se atreve, con la seguridad que le da la FE a proclamar que esto repercutirá “por los siglos de los siglos”. A estas palabras eminentemente sacerdotales, el pueblo fiel responde con el Amén más solemne de la Misa, que debe resonar vibrantemente, con la fuerza de un pueblo que se sabe salvado por Cristo Jesús, capaz de adorar al Padre Eterno con toda propiedad porque en la Eucaristía, y solo en Ella, Cristo con su Iglesia es quien rinde honores al Padre de todos, en el Espíritu Santo.

Rito de Comunión

La Misa no es solamente el perfecto acto de adoración por medio del sacrificio de la Cruz, sino que en el colmo del amor por nosotros, Dios se nos da en alimento. “Mi Carne es verdadera comida, Mi Sangre es verdadera bebida”, había dicho Jesús (Juan 6, 55). No es posible, ciertamente, imaginar nada más grande, nada más sublime; ¡comernos a nuestro Dios! Con razón dijeron los judíos: “duras son estas palabras” (Juan 6, 60). No imaginaban la manera tan sencilla y elegante con la que Cristo cumpliría su promesa de darse en alimento. Es una lástima que los protestantes, aún después de la Ultima Cena, hayan tomado la misma incrédula posición.

Pero hay que tener en cuenta que la Comunión no es opcional como muchos creen. Nuestro Señor muy claramente condiciona la salvación eterna, a la aceptación de su don y la frecuentación de este Sagrado Misterio (Juan 6). El católico que no acostumbra, o no puede comulgar, pone en entredicho su salvación. Comulgar con cierta regularidad y frecuencia (¿por qué no diariamente o al menos cada domingo?) Es condición indispensable para resucitar a la gloria.

1. El Padrenuestro
¡Da comienzo el rito de la Comunión, con la recitación de la única oración que Jesús nos enseñó. Tratados enteros existen comentando tan excelente oración. Tan solo nos referiremos M Folleto E.V.C. 621, en el que el Sr. Obispo de Tampico, Mons. Rafael Gallardo, nos entrega una serie de preciosas reflexiones.

2. Rito de Paz
La Paz es mencionada en la Misa en repetidas ocasiones. Evidentemente se trata de la Paz que solo Cristo puede dar “no la paz que da el mundo” (Juan 14, 27) pero debemos sanar todas las disensiones, rencillas, envidias, desuniones, venganzas, guerras, pues todo eso es absolutamente antievangélico.

Por eso, recordando la palabra del Señor que nos exige hacer las paces con nuestros enemigos y perdonar como Él nos perdona, antes de presentar nuestra ofrenda en el altar, la Misa actual ha repuesto el rito de Paz que antiguamente se usaba. En un sencillo gesto de amistad, como darse la mano, debe manifestarse el deseo de reconciliarnos con todo el mundo y la decisión de perdonar cualquier ofensa que hayamos recibido. Sólo así podremos acercarnos correctamente a la Sagrada Comunión.

En esta época de especial violencia, es verdaderamente genial de nuestra Iglesia el que nos demos este gesto de PAZ.

3. Comixtión
Después de partir la Hostia, el sacerdote deja caer en el cáliz una partícula del Cuerpo de Cristo. Esta acción, pasa desapercibida para muchos y sin embargo es muy bella. Tiene el significado de que tanto el Pan como el Vino consagrados, no son sino una sola cosa: Cristo. Antiguamente se acostumbraba poner en el cáliz una partícula consagrada el día anterior, significando la unidad del sacrificio a través del tiempo.

Jesucristo no permaneció muerto: habiendo resucitado, su Cuerpo y su Sangre se han reunido nuevamente.

4. Cordero de Dios
Por tres veces la comunidad se dirige a Jesús con las palabras pronunciadas por San Juan Bautista cuando lo conoció personalmente. Dios se encarnó precisamente para quitar el pecado del mundo y darnos su Gracia.

5. Señor, yo no soy digno
Ahora recordamos las palabras llenas de fe y de respeto que el Centurión dijo al saber que Cristo intentaba ir a su casa. ¿Quién es digno de tal visita? Pero a pesar de nuestra indignidad pecadora, obedecemos al mandato del Señor y nos atrevemos a tomar su Cuerpo, confiados en que tanto por el Acto Penitencial, como por el Sacramento de la Reconciliación, Dios nos ha perdonado y hecho menos indignos de comulgar.

6. Comunión
El momento sublime ha llegado y el sacerdote al presentarnos la Eucaristía nos pide un último acto de fe. Ante la Hostia Consagrada cuyas apariencias no han cambiado en nada, debemos declarar en voz clara que creemos firmemente que es el Cuerpo de Cristo, ¡y Dios entra en nosotros!

Podemos comulgar con una sola especie o con las dos dependiendo de las circunstancias concretas. Toca al sacerdote juzgar la oportunidad y el modo de acuerdo con las normas establecidas por la Congregación de la Sagrada Liturgia de la Santa Sede.

Sobre todo en estos casos se impone el uso del platillo de la Comunión, porque puede acontecer que la Sangre de Cristo caiga al suelo. ¡Con cuánto cuidado debemos tratar los Sagrados Misterios!

Podemos también, en el caso de comulgar con una sola especie de pan, recibir el Cuerpo del Señor en la propia mano, pero tengamos sumo cuidado de no dejar caer partículas de la Hostia, o pedir así la Comunión con un dejo de orgullo o familiaridad indebida. Pensemos que nadie, ni el Santo Padre, merece tener a Cristo en sus manos.

7. Oración después de la Comunión
Haciendo eco a la oración Colecta y a la oración sobre las Ofrendas, ésta recoge los sentimientos de la asamblea unificándolos al hecho que acabamos de realizar, la perfecta Comunión con Cristo Sacramentado.

8. Bendición y despedida
La Misa termina con estos dos actos, pero nuestra oración no necesariamente debe terminarse. Se impone un momento íntimo de diálogo con el Señor, realmente presente en nuestro interior. Es el momento de una Acción de Gracias ya sea muy persona lo tomado de las hermosísimas oraciones compuestas por los grandes santos para el caso. Ejemplo de ellas pueden ser las de San Ignacio de Loyola, las de Santo Tomás de Aquino o las de San Buenaventura.

¡Hay tanto que agradecer al Señor! ¡Hay tanto que pedirle! No debemos desaprovechar la oportunidad de un sabroso y prolongado coloquio con Nuestro Señor.

Conclusión

Podemos concluir citando las palabras del Concilio en el documento Sacrosantum Concilium: “Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo Sacerdote y de Su Cuerpo, la Iglesia, es acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”.

Conociendo lo que es la Santa Misa, es incomprensible la actitud de aquellos que asisten tan solo “cuando les nace” como para hacerle a Dios un favor. Tampoco es congruente aquel que asiste pero no comulga, pretextando “que no se ha confesado” porque vivir en pecado mortal, es una locura.

La Iglesia siempre ha considerado la Misa dominical como de “precepto”, es decir, obligatoria. Es la Aplicación concreta del Mandamiento de la Antigua Alianza: “Santificarás las Fiestas”. El domingo sustituyó al sábado judío, porque fue en domingo cuando Cristo resucitó y cuando el Espíritu Santo descendió sobre el Colegio Apostólico en Pentecostés. El domingo es el día del Señor y a El debe dedicarse.

Un católico instruido, jamás deberá considerar la Misa como una obligación; es por el contrario, un inmenso privilegio reservado a los cristianos. Muchos cristianos han comprendido la excelencia del Sacrificio Eucarístico y no se contentan con adorar a Dios los domingos sino que asisten a Misa y comulgan lo más frecuentemente posible, hasta diariamente. Viven las palabras del salmista. “Sediento estoy de Dios, del Dios que me da la Vida” (Salmo 42, 2), ¡dichosas tales almas!


Autor: R.P. Pedro Herrasti, S.M.
Fuente: La Verdad Católica Org

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