María, mi compañera de viaje hacia Jesús

María, mi compañera de viaje hacia Jesús

Introducción

Desde que era muy pequeña, al menos desde cuando tengo recuerdo, mi madre siempre me enseñó que Dios es amor. Un amor perfecto, un amor puro, un amor que todo lo perdona… y mi madre me enseño que a Dios lo que más le interesaba era la salvación de sus hijos. Por eso vino Jesús al mundo, ¡para salvarnos!

Mi madre siempre tenía una Biblia al lado de su cama, y siempre estaba abierta en el Capítulo 13 de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios:

«Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.

La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial.

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.»

Pero debo explicarles algo, aunque mi madre leía la Biblia Católica todos los días, ella, al igual que toda mi familia, era protestante.

Mis años de juventud

Mis primero años los viví en Nueva York pues mis padres, aunque puertorriqueños, se conocieron, se casaron y vivieron por varios años en Estados Unidos. Para ese entonces, íbamos a la Iglesia Luterana y, aunque la doctrina Luterana es diferente de la Católica, la visión de un Dios misericordioso es muy parecida.

Mi madre, mis hermanos y yo nos mudamos a Puerto Rico unos años más tarde, pero mi padre se quedó viviendo en Nueva York por causa de su trabajo y venía a la casa una o dos veces al año. Durante estos años no tengo ningún recuerdo claro de ninguna iglesia en particular, aunque mi madre seguía leyendo su Biblia y hablándonos del amor tan grande de Dios.

Cuando mi padre finalmente decide mudarse a Puerto Rico, entonces mi familia comenzó a ir a la iglesia. Pero no la Iglesia Luterana, como cuando vivíamos en E.U., sino a una iglesia “Asambleas de Dios”.

Para quienes no la conocen, les diré que la iglesia Asambleas de Dios es fundamentalista, o sea, que pretenden seguir las Escrituras al pie de la letra, por lo que profesan una doctrina totalmente radical.

En esta nueva iglesia, con su nueva forma de interpretar la Biblia, el pastor nos enseñó una nueva imagen de Dios muy distinta a la que nos enseñó mi madre. De repente, el Dios amoroso, el Dios misericordioso, el Dios del perdón… ahora se convertía en un Dios castigador, un Dios que parecía más interesado en condenar al pecador, que en ofrecerle su salvación.

Esto empezó a marcar mi vida, porque la idea bonita que tenía de Dios se fue convirtiendo en dudas… ¡dudas de saber si me estaban diciendo la verdad! Cuando se es una niña, una siempre le cree a sus padres, piensa que como ellos son más grandes que tú y han vivido más que tú, no se pueden equivocar.

De todas maneras, las dudas me atormentaban. Me decía, “Dios mío, ¿por qué? Si lo que aprendí de Ti es que eras bueno, amoroso, nuestro amigo fiel. Y ahora, ¿qué debo hacer? ¿Cómo se supone que me comporte? ¿Cómo debo actuar? ¿Qué debo decir?” En fin, créanme, no es nada fácil vivir con esta incertidumbre. Fueron momentos de mi vida muy tormentosos y llenos de pesadillas, con un miedo enorme a la Iglesia y de todo lo que iba a escuchar allí.

Recuerdo que yo siempre tenía alguna controversia con el pastor de la iglesia. Siempre que él decía algo que yo entendía que se contradecía, se lo refutaba. Pero bueno, los mayores siempre tenían la razón… al menos, eso me decían.. No veía la hora de crecer y ser yo quien decidiera por mi misma.

Pero mientras crecía, no me quedaba otra alternativa que seguir a mis padres. Trataba de envolverme en cosas de adolescentes, por supuesto dentro de la misma Iglesia. ¡Pero hasta ir al cine era pecado! Así, que como era una jovencita muy activa, forme un grupo de jóvenes. Como todos estábamos en “el mismo bote”, este grupo, de cierta manera fue “el cielo abierto” para nosotros ya que como jóvenes necesitábamos distracción y otras cosas que no fueran escuela e iglesia.

Expulsada por “pecadora pública”

Así fue pasando el tiempo, esperando crecer, pero surgió algo con lo que yo no contaba y que para mí fue la gran oportunidad que tanto anhelaba. Cuando me graduaba de noveno grado, recuerdo, tenía mi cabello tan y tan largo que quería hacerme “un cambio de estilo” para mi graduación. Como cortarse el cabello también era pecado, mi madre dijo que lo mejor era retocar solo las puntas, para no tener problemas mayores dentro de la iglesia.

Bueno, resulta que mi madre me sacó una pollina ella misma y quedó encantada con cómo me veía. Yo, ni se diga, estaba como niña con juguete nuevo y mucho más en esa edad que ya uno le gusta estar presumiendo.

Pero aquí es que viene la bomba. El domingo de esa misma semana en que fue mi graduación, como de costumbre, asistí a la iglesia y para sorpresa mía, de mi madre y tal vez de muchos de los que estaban allí, el pastor se lució con su predicación… ¡el problema es que el tema principal fue la pollina de la hermana Noemí! Bueno, creo que dejaron de decirme “hermana” esa misma noche.

La vergüenza que tenía era tan grande que no sabía dónde meterme, pero a la misma vez me dio tanto coraje que, entre la pena y la rabia, solo pude levantarme e irme. Recuerdo que mi madre estaba sentada un banco delante de mí. Le toque el hombro y le dije, “Mami me voy…”, me levante y salí por aquel pasillo largo. Sentía a todos mirándome pero mis ojos, llenos de lágrimas, solo miraban el piso.

Cuando estuve fuera de la iglesia y camino a mi casa, me doy cuenta que mi madre estaba caminando a mi lado. Me tomo del brazo y ella también venía llorando. Mi madre no me abandonó en ese momento tan difícil para mí. Le dije, “Mami, yo no vuelvo más a esa Iglesia”. Creo que me entendió. Tal vez ella también hubiera hecho lo mismo. Bueno, mi madre me dijo, “Hija, yo se que el pastor hizo muy mal, pero te voy a pedir algo, si no quieres regresar a la iglesia, no regreses, pero por favor, no abandones a Dios”.

Mi madre se preocupaba por mí, pero yo jamás abandonaría a Dios, al contrario quería encontrarlo. Pero tenía que buscarlo por mi misma, había llegado el momento de iniciar mi camino, mi búsqueda personal de Dios, y en ese momento sabía que no descansaría hasta encontrar el lugar donde Él estaba realmente.

Desde entonces continúe con mi vida… un poco más tranquila, entre comillas, porque sabía que mi madre sufría por mi y eso me dolía, pero trataba de hacerla sentir bien en todos los demás aspectos de mi vida.

De evangélica, a “new age”, a cristiana no-denominacional

Como joven adolescente que era, trataba de disfrutar mi vida con cosas propias de mi edad, pero nunca me olvidaba de Dios. Siempre buscaba el momento para orar, y le pedía que me cuidara y me guiara, y le decía que algún día yo lo iba a encontrar.

Llegó el momento de entrar a la universidad. Ahí hice nuevas amistades, pero gracias a Dios, todos éramos jóvenes buenos. En nuestro grupo había un muchacho que asistía a unas reuniones de relajación donde se meditaba y se pensaba en Dios. Eso estaba muy de moda en esa época: yoga, meditación trascendental, control de la mente, etc. Así que, sin pensarlo mucho me dije, “Esta puede ser mi oportunidad de encontrarme con Dios… a lo mejor a Dios tú lo encuentras en otro lugar que no sea solo la Iglesia”.

Sin pensarlo, me vi envuelta con un grupo de personas que practicaban el yoga, el misticismo, el esoterismo… creíamos en la reencarnación y en el “poder” que todos llevamos dentro… y créanme, todo esto se hace en nombre de Dios. Me sentía bien, no lo voy a negar, eran personas con buenos sentimientos y no estaba ahí obligada, así que estuve con ellos varios años.

Nuestro grupo no era una religión definida, más bien tomaba ideas de muchas religiones y las agrupaba en una mezcla de conceptos que era muy atrayente para los jóvenes… era lo que hoy llamaríamos “new age”. En lo que a mí respecta, solo pensaba que era mi manera de servirle a Dios.

Las exigencias de mis estudios, sumadas a las responsabilidades de mi trabajo, ocupaban gran parte de mi tiempo, así que mi vida nuevamente tomó otro rumbo. Ya no estaba en el grupo, ahora solo era de la universidad al trabajo y del trabajo a la casa. Y mi tiempo libre lo dedicaba a compartir con mi familia.

Pero, mi oración no cesaba, todo lo consultaba con Dios, hasta el más mínimo detalle de mi vida. Cada paso que daba lo ponía en sus manos. Debo añadir que siempre he recibido respuestas a mis oraciones, tal vez por la confianza que siempre he tenido en Él, pero su mano siempre ha estado guiándome.

Durante esos años pasé por muchos momentos bien difíciles, entre ellos, la perdida de mi madre. Pero siempre encontraba en Dios, mi refugio. Recuerdo que siempre que tenía alguna situación, esperaba el momento de llegar a mi casa, doblaba mis rodillas, ahí hablaba con Dios. Sentía que Él tomaba mis cargas y cuando me levantaba, me sentía liviana, relajada y consolada por Él.

Llegó el momento que le dije, “Señor, tengo que agradecerte todo lo que has hechos por mí, así que voy a regresar a tu iglesia”. Claro, como lo único que conocía era las iglesias protestantes, pues a esas me dirigía.

No sé que pasaba conmigo… bueno, hoy en día lo comprendo, pero en ese momento no podía entender porque siempre que iba a alguna iglesia había algo que me desconcertaba. Nunca estaba conforme con lo que allí pasaba, me sentía hipócrita ante los ojos de Dios.

Por momentos pensaba que eran cosas del “enemigo” para no permitirme ir a la iglesia, pero estaba segura que era algo más que eso. Mi fe nunca desfalleció, al contrario, sabía que mi momento iba a llegar.

Así más o menos, visité varias iglesias protestantes de distintas denominaciones. Siempre me pasaba lo mismo. Hasta que realmente me cansé, ya me sentía abochornada cada vez que algún familiar o amistad me preguntaba a que iglesia estaba asistiendo, y yo le daba mi nueva dirección de la iglesia en turno.

Decidí quedarme en mi casa y le dije, “Señor mío, Tú conoces mi corazón, Tú conoces todo mi interior, Tú conoces como yo me siento y Tú sabes bien que yo quiero estar en Tu Iglesia, que quiero servirte de verdad, pero quiero sentirme sincera. Señor, quiero sentirme llena de Ti, no por emociones, sino de verdad… Así que de hoy en adelante, yo te serviré desde mi habitación, hasta que Tú me lleves a la Iglesia que tu quieres que yo esté”.

Mi fe era tan grande, que yo sabía que algo iba a pasar con mi vida. No sabía exactamente qué, ni cuándo, pero mi interior sí sabía lo que venía. Era una sensación de seguridad, de tranquilidad, era una paz inmensa que me daba la esperanza de que Dios me tenía un gran regalo.

Mi primer encuentro

El momento llegó. Yo era novia de Romualdo cuando él me pidió que lo acompañara a su iglesia: la Iglesia Católica. Para no hacerlo sentir mal, le dije que su iglesia no era una iglesia cristiana (los Protestantes piensan que los Católicos son unos idólatras) y si no había podido estar en las iglesias que había visitado, pues mucho menos en la Iglesia Católica. Así que ignoré su invitación y por dentro me decía, “Ay Dios mío, que no se le ocurra invitarme nuevamente”.

Pero Romualdo no es una persona que se da por vencido fácilmente, le gusta luchar mucho por lo que quiere… ¡por eso hoy día soy su esposa! Así que las invitaciones seguían llegando cada domingo.

Vino una segunda invitación, pero le dije rotundamente, “NO”… luego una tercera y una cuarta… No recuerdo cuantas invitaciones me hizo, hasta que acepté para quitármelo de encima, y fui a la iglesia con él.

Romualdo había hecho muy bien su asignación, así que como él sabía que a mí la música sacra me fascina, se dio a la tarea de encontrar una iglesia que se distinguiera por su música. Además, tenía que ser una verdadera experiencia espiritual, no solo la emoción de una canción bonita…

¿Qué les puedo decir? Era domingo y estábamos en la Parroquia Sagrado Corazón (de University Garden). La verdad es que la música me enamoró, pero les puedo decir que casi toda la Misa me la pasé mirando los alrededores de la iglesia, ¡todas esas imágenes que había allí!

Me decía a misma, “Mira, allí tienen a Jesucristo en una cruz, ¿no saben que hace rato que Él se bajó de ahí?” Seguía haciendo mi viaje con la mirada y veo este personaje y me decía, “¿Quién será ese y de dónde habrá salido? ¡La verdad que son unos idolatras, tal como me lo dijeron!” Así llegué yo a la Iglesia Católica, llena de muchos, pero muchos prejuicios…

Hay algo que me llamó la atención esa noche, algo en lo que no había pensado antes pero que debo reconocer como una gracia muy especial de Dios. Cuando vi la imagen de la Virgen, no me escandalicé, ni me sorprendí… entonces realicé que yo siempre le guardé un respeto especial a Ella.

En mi casa, como en la de muchos protestantes fundamentalistas, no se podía hablar de la Virgen María. Aun más, tan solo mencionar su nombre era pecado. Pero dentro de mí, siempre había habido algo especial para Ella. Yo nunca me había puesto a analizar el porqué… tal vez era Ella misma, que sabía que algún día la iba a querer tanto que me cuidó de que no cayera en lo que gran parte de los protestantes caen, ignorar y rechazar a nuestra Madre espiritual.

Volviendo a la Misa de ese domingo, debo admitir que la homilía que dio el sacerdote esa noche fue especial y una parte de mi corazón fue tocada por sus palabras. Esa noche, de labios del sacerdote, escuché algo que yo siempre había querido escuchar de algún pastor en todas las iglesias que visité. El sacerdote habló de la unión entre hermanos. Dijo que Dios quería a su pueblo unido, una sola Iglesia, un solo Rebaño, con un solo Pastor…

Claro que en aquel momento no lo entendía como lo entiendo ahora, pero yo siempre reprochaba la desunión entre las iglesias protestantes y las peleas y críticas que siempre se tienen unas con otras. Siempre me cuestionaba el porqué eso tenía que ser así, si Dios quiere a su pueblo unido. Y fíjense como Dios me hizo ese regalo esa noche, escuchar de un sacerdote lo que siempre quise escuchar de boca de un pastor.

Cuando escuche estas palabras, dejé de escudriñar la Iglesia y me quedé muy atenta al mensaje que daba el Padre. Ahora solo quería escuchar cada detalle y no me quería perder de nada. Maravillada me decía, “¡Pero si él está hablando como un verdadero cristiano!”

La verdad fue que quedé impresionada con la homilía del sacerdote esa noche. Pero, aun así, yo no quería aceptar que la Iglesia Católica era una Iglesia Cristiana y me decía que eso podía haber sido casualidad. Estaba resuelta a no dejarme impresionar.

Salimos de la iglesia y camino a la casa Romualdo me preguntó que me había parecido la Misa. Guardé silencio durante un rato y luego le dije que la música había estado muy bonita… No quería decir algo que lo fuera a ilusionar, así que me limité a hablar solo de la música, los cantantes y los instrumentos que acompañaban la música.

Cuando llegó el próximo domingo y Romualdo me pregunta si vamos a la iglesia, le dije, “¿Otra vez? No, hoy no puedo…”, ya yo tenía una excusa para no ir. Así que ese domingo me salvé de ir, pero llegó el próximo y no me pude salvar.

Lo acompañé otra vez y para sorpresa mía, él sacerdote me caía muy bien y me gustaba la manera en que llevaba la homilía. Admiraba su agilidad de llevar el mensaje del Evangelio y cada segundo que lo escuchaba, más sorprendida quedaba con sus palabras, no sólo por lo bonito que se expresaba, sino también por el mensaje que comunicaba. Era como si Dios me hablara personalmente a mí.

Recuerdo que durante la Misa, lloraba tanto que la gente me miraba extrañadas. Lloraba por todo un poco. Yo estaba pasando momentos difíciles en mi vida y en eso momentos difíciles pasaban cosas muy buenas también, pero yo estaba hecha un enredo. Sabía que había un plan muy bueno de Dios para mi vida, pero lo último que yo quería hacer era ir a la Iglesia Católica y mucho menos pertenecer a ella.

¡ÉL está aquí!

Le reproché algunas cosas a Romualdo, que para ese tiempo todavía era mi novio, aunque ya empezábamos a tener planes de boda. Le dije que no quería volver a su iglesia. Él me dijo que estaba bien y que no me invitaría más, pero que yo le dijera cuando quisiera ir de nuevo.

Pasó una semana y llegó nuevamente el domingo… ¡y Romualdo no me dijo nada! Pero la verdad era que yo tenía cierta ilusión por volver a la iglesia y seguir escudriñando hasta el más mínimo detalle del ritual de la Misa que se daba allí. No sé si fue la curiosidad o un impulso del Espíritu Santo, pero terminé llamándolo para decirle que me buscara.

Desde ese domingo seguí visitando la iglesia todas las semanas y veía como empezaba a crecer en mí esa necesidad de que llegará el domingo para visitarla. Poco a poco fui descubriendo que algo grande estaba pasando en mi vida. Este nuevo interés por esta iglesia, por las palabras del sacerdote, por el ritual de la Misa… fue ahí que recordé la petición que yo le había hecho al Señor, que quería que Él me llevara a la Iglesia donde Él quería que yo estuviese… y que me mejor que a Su Iglesia, la que Él mismo fundó.

Entonces fue cuando mi oración creció más, y le decía, “Señor, si esta es la Iglesia que Tú quieres que yo esté, ahora es cuando voy a necesitar más de Ti… porque yo de estas Misas no entiendo prácticamente nada y si es aquí que Tú me quieres, entonces tendré que trabajar mucho para llegar a encontrar las respuestas a todas estas interrogantes que ya están martillándome en mi cabeza y en mi corazón”.

Tiempo de aprender

Es así como empieza mi búsqueda para conocer la fe Católica. Les puedo decir que gracias a Dios, tuve la bendición de encontrar respuesta tras respuesta, prácticamente una tras otras, y lo mejor de todo era que siempre encontraba esas respuestas bajo fundamento Bíblico. Esto me llenaba de alegría ya que si alguien trataba de hacerme creer que estaba mal, tenía como defenderme.

Cuando varios de mis compañeros de trabajo (por supuesto, protestantes) se enteraron que yo estaba visitando la Iglesia Católica, se dieron a la tarea de “rescatar a la oveja perdida”. Pero cuando vieron que yo estaba segura de lo que estaba conociendo y firme en mi “nueva casa”, los ataques llegaron en un abrir y cerrar de ojos.

En aquellos momentos yo no tenía como defenderme. Aunque estaba iniciando mis caminos en esta Iglesia, aun no sabía que iba a pasar. No niego que me incomodaba mi poquito, pero, gracias a Dios, no me afectaba, y me decía para mis adentros, “algún día podré defender esta Iglesia…” Créanme, yo les hago un cuento si ahora se atreven a hacer algún comentario de la Iglesia Católica frente a mí.

Les dije hace un rato que Romualdo y yo estábamos haciendo los planes de nuestra boda. No sé cuál de las dos fue la emoción más grande que recibió, cuando le “di el sí” o cuando le dije que me quería convertir al Catolicismo. Pero el Señor, que siempre nos da mucho más de lo que le pedimos, arregló las cosas de tal manera y puso tantas personas maravillosas en nuestro camino, que el 3 de enero de 2003, a escasos 4 meses de haber tomado mi decisión, ya había recibido los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, había hecho mi Primera Comunión y estaba ante el altar, recibiendo el sacramento del Matrimonio. ¡Cuántas puertas abrió el Señor para nosotros!

Al principio de mi relato les expliqué que toda mi familia es protestante, pero debo añadirles que además, tengo algunos tíos que son pastores. Se podrán imaginar que la noticia de mi boda – Católica – nos les causó mucha complacencia. Nuestro sacerdote, consciente de la situación, nos ofreció la alternativa de cubrir durante la ceremonia una gran imagen de la Virgen que hay en nuestra iglesia. Pero yo no podía hacer eso, María era también mi madre y no podía faltar en mi boda.

Esto me lleva a una situación que los protestantes no entienden y que yo me cuestionaba en un principio, los llamados “santos” en la iglesia. Yo me preguntaba el porqué les llamaban “santos”, si el único Santo es Dios. Pero cuando empiezas a ver las cosas sin apasionamientos y sin fanatismos, descubres que en la Iglesia Católica TODO tiene una explicación y una razón de ser… más aun, que esta explicación o razón proviene de una Tradición que tiene más de 2,000 años.

Volviendo a los “santos”, entendí que el llamárseles de ese modo implicaba que estas personas habían vivido una vida en santidad y merecían nuestro respeto y admiración. La Iglesia los señalaba como modelos a imitar por sus virtudes y la forma como vivieron su fe. El mismo Jesucristo nos invita a ser santos cuando nos dice, “sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”. Ver la imagen de un santo ya no era motivo de dudas, sino que me hacía reflexionar sobre como mejorar en mi vida diaria y como podía darle más de mí a Dios y a Su Iglesia.

Y así, poco a poco, Dios me fue dando la gracia de encontrar todas las respuestas a esas interrogante que me iban surgiendo. Recuerdo algo muy especial que sucedió al empezar a ir regularmente a Misa. Ese día, mientras el sacerdote daba la homilía, yo lo escuchaba, pero también hablaba con Dios, y le decía, “Señor, si verdaderamente Tú estás en esta Iglesia, yo quiero sentirte”. Desde ese día, el Señor transformó mi vida. Desde el momento en que yo dije esas palabras, un frío comenzó a cubrir todo mi cuerpo y sentía su presencia en mi ser… solo podía llorar y llorar. Era algo muy especial, ¡sabía que Dios se hacía presente en mi vida! Y una cosa puedo asegurarles, que vino a mi vida para quedarse. Desde ese entonces sé lo que es sentir a mi Dios las 24 horas del día.

Antes yo pensaba que a Dios se le sentía cuando tú le cantabas… entonces, ese cántico se iba calentando y la gente comenzaban alabar a Dios. Esa era la manera “evangélica” de sentir la presencia de Dios. Pero después que todo pasaba y llegaba el silencio te preguntabas, ¿dónde está Dios? Volvías a sentirte triste y vacía, porque lo que estabas viviendo era la emoción de la música y no la presencia real de Dios. Ahora sé que cuando realmente Dios vive en tu vida, lo sientes en todo momento.

Y de seguir aprendiendo

En esos primeros meses en la Iglesia Católica yo lo quería saber todo. Creo que Dios vio mi deseo de aprender y me permitió ir encontrando todas esas respuesta bajo fundamento Bíblico. Para una ex-protestante, esa era la mejor manera que podía ir corrigiendo tantos años de dudas y nociones mal fundadas.

Por ejemplo, un día leyendo la Biblia, me encontré en Éxodo 28 con las vestiduras de los sacerdotes… En otro lugar (2Samuel 6) encontré una procesión cuando David llevaba el Arca de la Alianza… En los Hechos de los Apóstoles encontré a Pablo predicando y los que creían, confesando sus pecados…

Muchas de estas cosas pueden parecer poco importantes para ustedes, pero para una protestante, era encontrar respuestas que confirmaban que estaba en el camino correcto. Todo esto me llenaba de mucha alegría y cada cosa que encontraba, iba corriendo a enseñársela a Romualdo como si fuera una niña pequeña que había encontrado una gran verdad.

Uno de “mis descubrimientos” más importantes fue saber que a nuestros hermanos protestantes les faltan siete libros de la Biblia, porque Martín Lutero los quitó cuando se separó de la Iglesia Católica y creó la reforma protestante. Fue muy importante porque esos libros contienen muchas enseñanzas y prácticas de la Iglesia Católica que critican y cuestionan los protestantes.

Mi encuentro con María

A través de mi historia ya les he ido adelantado un poquito de mi relación con María, pero quise dejar esta parte para el final, porque fue una de las cosas en que claramente vi la mano de Dios y cómo me estuvo guiando y preparando durante toda mi vida para que pudiera llegar a Su Iglesia.

Un día, ya después de casados, Romualdo me dijo que fuéramos a un Rosario que unos amigos hacían todas las semanas en su casa. Aquella noche, mientras se hacía aquel Rosario, yo me cuestionaba si era o no correcto lo que estábamos haciendo. Sentía un poco de coraje, era como si le estuviéramos quitando el tiempo de Jesús para dárselo a la Virgen. Así que llegué a casa un poco preocupada y me puse a orar. Mi oración era sencilla, solo pedía dirección… ¿Era correcto, o estaba mal? Y, ¿cómo debía ser mi relación con María?

Al igual que mi madre, yo también tengo la Biblia en mi mesa de noche. Así que cuando terminé mi oración, tomé la Biblia para leer algún pasaje antes de dormir y sin buscar, la abrí en el Evangelio de San Lucas. Esto es parte de mi rutina, no tiene nada de especial… pero, para mi sorpresa, me encontré leyendo el anuncio del Ángel Gabriel, cuando le dice a María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

Mi corazón dio un brinco de la emoción y tuve que seguir leyendo… “has hallado gracia delante de Dios… he aquí la esclava del Señor… hágase en mí según tu palabra…” Seguí leyendo y llegué a la visita de María a su prima Isabel, “bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno… la madre de mi Señor…” Y finalmente, encontré a una María llena del Espíritu Santo que entre alabanzas a Dios decía, “por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada…” ¿Necesitaba yo mejor respuesta a mi oración?

Solo habían pasado uno o dos días de esto, cuando Romualdo y yo fuimos a una librería Católica. Recuerdo que entrando en la librería, miro hacia el estante de libros, y el primer libro donde fijo los ojos se llamaba, “La Virgen María”.

Resultó que el libro trataba sobre el Dogma de la Asunción, pero para llegar al Dogma, iba explicando – ¡con fundamentos Bíblicos! – todo sobre la Santísima Virgen María. Demás está decirles que me di a la tarea de estudiarlo cuidadosamente y corroborando cada cita con la Biblia (hay hábitos que nunca cambian) y descubrí, por mi misma (y con la ayuda del Espíritu Santo) por qué Ella es tan importante para la Iglesia… y para nosotros, sus hijos.

Cuando terminé de leer ese libro hice una oración y una promesa… En mi oración, le pedí perdón a Jesús por no haber tomado en cuenta a su Madre y le pedí perdón a la Virgencita porque durante todos los años de búsqueda, nunca me había detenido a ver su humildad, su amor y su pureza. A pesar de que en mi hogar nunca me enseñaron de Ella y de que en las iglesias que había estado la rechazaban, sabía que había sido el mismo Jesús quien había mantenido una pequeña llama de amor por Ella en mi corazón.

Esa noche le prometí que Ella siempre tendría un lugar privilegiado en mi corazón, el lugar que Jesús le había preparado. Desde ese día, Ella es mi compañera de viaje en este camino hacía Jesús y la Iglesia donde Él quiere que yo y todos ustedes estén.


Testimonio de conversión, por Noemí Cotto (tengoseddeti.org)

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