Reconciliándonos con Dios | los fundamentos

¿Qué es la Confesión?

El Sacramento de la Reconciliación (o de la Penitencia o de la Confesión) es el sacramento instituido por nuestro Señor Jesucristo para borrar los pecados cometidos después del Bautismo. Es el sacramento de nuestra curación espiritual, llamado también sacramento de la conversión, porque realiza sacramentalmente nuestro retorno a los brazos del Padre después que nos hemos alejado del pecado.

Jesús nos presentó la hermosa imagen del Padre misericordioso en la parábola del hijo pródigo. Ahí vemos el arrepentimiento del hijo, su corazón contrito, el reconocimiento de su pecado y el propósito de enmienda…. y el Padre le recibió con los brazos abiertos, olvidando su falta y perdonándole en un instante.

Los Padres de la Iglesia reconocen la importancia de este Sacramento. Por ejemplo, Tertuliano se refiere a él como “la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia”; y San Ambrosio dice que “en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia”.

¿Está fundamentado en la Biblia?

El poder de perdonar pecados solamente le pertenece a Dios. Una de las formas cómo Jesús manifiesta su divinidad es a través de ese poder, cuando dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» (Marcos 2, 10). No solo lo anuncia, sino que ejerce su poder divino cuando dice «tus pecados están perdonados» (Marcos 2, 5; Lucas 7, 48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús le confiere este poder sus Apóstoles para que lo ejerzan en su nombre,

El mismo día de la Pascua, los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús se presenta en medio de ellos y soplando sobre ellos, les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20 ,19-23).

La Didaché o Enseñanza de los Apóstoles es un libro que pertenece a la segunda mitad del siglo I, a unos pocos años de la muerte de Jesús. En el mismo se recogen la regla religiosa que regulaba la vida de aquella primera comunidad cristiana. En una de sus partes puede leerse: “En la asamblea confesarás tus pecados, y no te acercarás a la oración con mala conciencia. Este es el camino de la vida”.

Reflexionemos: Si fue Jesús quien nos dejó este maravilloso regalo a través del cuál podemos limpiar nuestra alma y alcanzar el perdón de nuestros pecados, y los cristianos, desde un comienzo, se han estado lavando y sanando a través de este sacramento, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo a nosotros confesarnos?

El Compendio de Catecismo es un excelente recurso, breve y conciso, sobre nuestra fe… a continuación les dejo dos incisos que atienden dos de las preguntas más frecuentes sobre este sacramento:

El confesor, ¿está obligado al secreto?

Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, todo confesor está obligado, sin ninguna excepción y bajo penas muy severas, a mantener el sigilo sacramental, esto es, el absoluto secreto sobre los pecados conocidos en confesión.

¿Cuáles son los efectos de este sacramento?

Los efectos del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios y, por tanto, el perdón de los pecados; la reconciliación con la Iglesia; la recuperación del estado de gracia, si se había perdido; la remisión de la pena eterna merecida a causa de los pecados mortales y, al menos en parte, de las penas temporales que son consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de conciencia y el consuelo del espíritu; el aumento de la fuerza espiritual para el combate cristiano.

Yo me confieso directamente con Dios

Uno de los argumentos más fuertes contra el Sacramento de la Reconciliación encuentra sus raíces en la doctrina protestante (que por no ser apostólica, carece de la autoridad conferida por Dios a sus Apóstoles): ¿por qué he de confesarme con un hombre pecador cuando puedo confesarme directamente con Dios? Veamos la respuesta a través de una hermosa historia.

El Padre Slavko Barbaric, en su libro “Dame tu corazón herido”, nos relata que mientras era un joven seminarista tenía ciertas dudas sobre el Sacramento de la Reconciliación, dudas que le llevaron a experimentar una crisis al comienzo de su ministerio sacerdotal, él nos narra:

Recuerdo bien a una joven creyente que me pidió que le hablara de la Confesión, pero dejando bien claro al mismo tiempo que no tenía intención alguna de confesarse. Su primera pregunta fue: “¿Por qué he de confesarme con un sacerdote, que es un pecador igual que yo, cuando en su lugar puedo hacerlo directamente con Dios?”

Yo permanecí en silencio. Sentía como si hubiera caído en una trampa: ¡esa era mi misma pregunta! No sabía cómo responderle, pero le dije: “Sabes, también yo tengo el mismo dilema. ¿Por qué confesarse con un sacerdote que no es sino un hombre? ¡Pudiera ser porque los sacerdotes somos muy curiosos y queremos descubrir tus faltas! Sin embargo nadie confiesa nada nuevo; los sacerdotes conocemos todas las faltas, todos los pecados del hombre. Si quieres saber mi punto de vista: ¡ésta es mi misma duda!”

Entonces fue ella la que permaneció en silencio… y en ese preciso momento, ambos comprendimos que el Sacramento de la Reconciliación es algo más. No se trata del porqué debemos confesarnos, sino de algo mucho más profundo. Se trata de un encuentro, del más extraordinario encuentro de todos: ¡del encuentro con Cristo en la más maravillosa de todas las modalidades! Es el encuentro del enfermo con el Médico; del pecador con el Santo; del afligido con el Consolador; del humillado con El que eleva a los humildes; del que está hambriento con El que sacia toda hambre; del que se ha extraviado con El que deja las noventa y nueve ovejas para buscar a la que se ha perdido.

En suma, es el encuentro del que navega en tinieblas con Aquel que afirma ser la Luz; del que ha perdido la ruta con Aquel que dice ser el Camino; del que se encuentra muerto y Aquel que asegura ser la Vida; entre el solitario y Aquel que quiere ser el Amigo Verdadero.

El Sacramento de la Reconciliación no es un encuentro entre nosotros y un hombre, sino el encuentro de nuestro pecado con Cristo Jesús, el Amor Misericordioso de Dios, que sale a nuestro encuentro para sanarnos: «¡Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré!» (Mateo 11, 28).

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