¡Ahí tienes a tu madre!
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¡Ahí tienes a tu madre!
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Luego dice al discípulo:
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¡Ahí tienes a tu madre!
Romualdo Olazábal
tengoseddeti.org
¿Cuantas veces habremos escuchado este pasaje del Evangelio de San Juan sin detenernos a meditar en el significado profundo que tiene para nosotros? Jesús está a punto de morir en la Cruz por nuestros pecados - tus pecados y mis pecados - pero antes de entregar su Espíritu al Padre, le hace entrega de María a su discípulo amado...
No hay duda de que este es uno de los pasajes más sublimes y más reveladores de todo el Evangelio... es el pasaje de la entrega... la entrega de Jesús a su Padre Celestial... la entrega de su vida y de su muerte... de su cuerpo y de su sangre... de su humanidad y su divinidad... no queda nada de Jesús que no haya dado por nosotros... solo le queda su Madre... y también nos la entrega en las manos del apóstol San Juan.
Pero este también es el pasaje de la entrega de María... la mujer que lo tuvo todo, pues toda la grandeza de Dios habitó en su interior... y allí, al pie de la Cruz... en cada lágrima y en cada sollozo... en medio de la agonía y la tribulación... con cada sufrimiento... llegó el momento que le anunció el viejo Simeón, "una espada atravesará tu corazón..." (Lucas 2, 35) y en medio de su dolor, María se entrega por completo a la Voluntad de Dios...
Y Jesús agonizando... al fin ha llega Su Hora... la hora de la Cruz... la hora de la Misericordia Divina, que se desborda y arropa a toda la humanidad... y ahí, en la eternidad de ese instante, todo ese dolor se transforma en la forma más pura del amor... el amor infinito de Dios...
¿Quién hay de nosotros que no sienta un gran amor por su propia madre? Jesús, igual a nosotros en todo excepto en el pecado, también ama profundamente a María, su Madre. Fue junto a ella que creció y vivió hasta comenzar su ministerio público. Fue a petición de María que Jesús realizó su primer milagro en unas bodas en Caná de Galilea. Fue Ella quien estuvo siempre presente... siempre a su lado... durante toda su vida... aún en su amarga Pasión... Cuando sus discípulos corrieron y le abandonaron... allí estaba Ella, al pie de la Cruz, junto a Él mientras entregaba su Sangre y redimía a toda la humanidad con su sacrificio al Padre Celestial...
Pero Jesús, el Hijo del Hombre, es también el Hijo de Dios... y como tal, todo en Él es perfecto, todo es puro, todo es santo... Si nosotros, que somos indignos, que somos pecadores, sabemos amar a nuestra madre, ¿cuánto más podrá amar Jesús a María?
Recordemos que María fue escogida por Dios desde el principio de la Creación para encarnar al Verbo Divino. Ya desde el Génesis se revelaba: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; él te aplastará la cabeza mientras tú acechas su calcañal..." (Génesis 3, 15) Este pasaje se refiere a la enemistad entre María y Satanás, entre Jesús y el pecado... Pero para que esta promesa se cumpliera cabalmente, era necesaria una enemistad total entre la Mujer y la serpiente... entre la gracia y el pecado... y Dios Padre Todopoderoso, en adelanto del sacrificio salvífico de su Hijo, concede a María el Don de la Inmaculada Concepción... nacer libre de todo pecado y de toda atadura con Satanás.
Durante la anunciación, María fue exaltada por el arcángel San Gabriel: "Alégrate, Llena de Gracia, Él Señor está contigo." (Lucas 1, 28) Fue bendecida por el Espíritu Santo en labios de Isabel: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?" (Lucas 1, 42-43) Y es también el Espíritu Santo quien inspira su Magnificat donde canta alabanzas a las grandezas del Señor y anuncia que todas las generaciones la llamarán bienaventurada... (Lucas 1, 46-55)
María es la Mujer elegida por Dios mismo para ser la Madre de Jesús... la Madre de su Hijo... la Madre del Salvador... Son su humildad y su obediencia lo que le ganó tan gran favor de Dios, quien la colma de todas sus Gracias, aún desde antes de su nacimiento. Por eso, para María nada hay más importante que agradar a Dios y hacer su Voluntad... por eso, todo en la vida de María lleva siempre hacia su Hijo... y también por eso, es que ella debe ser modelo y ejemplo de todo Cristiano que quiera seguir a Jesús.
Jesús vino al mundo con un solo propósito - para reconciliar al hombre con Dios Padre... Es con su muerte que Jesús satisface nuestra deuda con la justicia divina, que nos libera de la esclavitud del pecado y que nos hace merecedores de la vida eterna. ¡Oh! ¿Cuánto nos ha de amar Jesús para entregar su vida por nosotros?
Pero antes de morir... antes de beber la última gota de su Cáliz... Él quiso hacernos un maravilloso regalo de amor... Su última voluntad como hombre fue dejarnos su más preciado tesoro, a su Madre... "Ahí tienes a tu madre...", le dice Jesús al discípulo amado... sin nombre propio, solo así, "el discípulo a quien amaba"... a secas... para que todos pudiéramos identificarnos con él... y con la gran encomienda que Jesús nos hacía... "...y el discípulo la acogió en su casa..." Jesús nos entregó, a través de Juan, a María como Madre nuestra y Él espera que nosotros, al igual que Juan, también acojamos a María en nuestra casa... y en nuestro corazón.
Me llena de una inmensa tristeza cuando nuestros "hermanos separados" se expresan con frialdad y hasta desprecio sobre María, la Madre de nuestro Señor... Cada vez que rechazan a su Madre es un desprecio que le hacen a Jesús... Imagínense la inmensa desilusión que hubiera recibido Jesús si le hubiera dicho a Juan: "Ahí tienes a tu Madre", y Juan le hubiera contestado: "Gracias Señor, pero no la necesito... me basta Contigo y con Tu Palabra..."
Está es la desilusión que le estamos dando nosotros a Jesús cuando no amamos a María... Recordemos el mandamiento que Él nos dejó: "que os améis unos a otros como Yo os he amado..." (Juan 13, 34) Jesús nos pide que amemos a todos, incluyendo a Su Santísima Madre, cómo Él nos ama... ¡cómo Él la ama!
Jesús quiso que fuéramos sus hermanos... hijos adoptivos del Padre. Pero también nos hizo hijos adoptivos de María, su Madre terrenal. El cuarto mandamiento nos pide: "Honrarás a tu padre y a tu madre." (Éxodo 20, 12, Efesios 6, 1-3) Jesús - en su perfección divina - honró, respetó y amó profundamente a su Madre, la mejor y más pura de todas las madres... Imitemos a Jesús... abramos nuestros corazones a la Santísima Virgen María... y permitámosle que sea Ella quien nos guíe por el camino hacia Jesús.
Una versión más corta de este artículo fue publicada en el semanario católico El Visitante, edición del 15 al 21 de febrero de 2004, Año XXX, Núm. 7