Pasando la tormenta...
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Viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» |
Pasando la tormenta...
María de los Ángeles
Queridos amigos y hermanos en Cristo:
Escribo esta carta a petición de un compañero del círculo de oración. A él le pareció que podría ser útil compartir algunas ideas que hablamos en una de las reuniones.
Como yo no acostumbro escribir ni tengo ninguna preparación para esto, me ha tomado varios meses el atreverme a hacerlo, pero cuando uno está en las cosas de Dios reconoce que uno hace un “chispito” (poquito) y Él carga con el resto. Si sale bien, Él se glorifica y sabemos que fue por su obra y gracia. Si no vemos frutos “aparentes”, Él se sigue glorificando y nosotros crecemos en humildad.
Está meditación está basada en el pasaje de Mateo 14, 22-33,
“Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar.Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis.»Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.»«¡Ven!», le dijo.Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!»Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
Una noche, en el círculo de oración, compartíamos nuestras peticiones de oración que acostumbramos a acompañar de nuestras preocupaciones; cuando al escuchar lo que decía una persona, sentí mucha compasión y un impulso muy grande de consolarla. Como yo nunca antes la había visto y a la vez soy muy tímida hablando en grupo, sabía que el Espíritu Santo estaba haciendo de las suyas y moviendo los corazones, ¡incluyendo el mío!
Con entusiasmo comencé a hablar de Jesús, de la barca, de Pedro y de las olas... comparando nuestro diario vivir con los personajes, la tormenta, Jesús y sus instrucciones.
¿Cuántos de nosotros no nos sentimos abrumados, deprimidos, desalentados, agobiados, desilusionados, desesperanzados...? Pues cada uno de nosotros es el “Pedro” que tuvo miedo, se dejó impresionar por las olas y comenzó a hundirse. Que por alguna razón, voluntaria o involuntariamente, perdió de vista a Jesús y las instrucciones que con tanto amor Él nos da:
- no mirar las olas
- no razonar de forma humana el porque de la tormenta, ni los efectos o consecuencias de la misma
Todos sabemos que si estamos en medio de una tormenta, lo lógico es que la barca se hunda... y nosotros con ella. En esas mismas circunstancias Dios nos dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
Antes de hundirse, Pedro caminó sobre las aguas, con las mismas olas y el mismo viento fuerte. ¿Qué le hizo hundirse? El dejar de mirar a Jesús y dejarse impresionar por las olas.
Todo aquel que haya tenido una experiencia de esta índole en el mar sabe que no hay navegante tan experto que pueda controlar las olas y por tanto que estamos totalmente a su merced... ¡yo la tuve! Es por eso que me identifico tanto con este pasaje del Evangelio, porque la incapacidad del hombre es total en estas circunstancias. ¡No se puede hacer nada!
Bienaventurado sea todo aquel que esté pasando por una tormenta, porque Dios le está dando la oportunidad de crecer en la fe y ver como obran las cosas ante la falta de capacidad del hombre y lo ilógico de la situación.
Hace ya muchos años que yo he estado pasando por mi propia tormenta. Durante muchos de esos años viví como el “Pedro” que se hunde, hasta que un día me dije: “Me cansé de pensar como los hombres, quiero pensar como piensa Dios.” Menuda tarea, ¡¿verdad?!
Esto solo puede hacerse con grandes dosis de oración y de mucha práctica, a confiar se aprende confiando. Y cuando nos abandonamos a la oración honesta y de apertura, dejamos a un lado la ansiedad. Si el enemigo me tienta, por la falta de tiempo, recurro a frases que repito durante todo el día, todos los días. Frases como, “Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”. Pero puede ser cualquier frase que te toque el corazón y te ayude a mantener la vista siempre puesta en Jesús.
El enemigo desea que te distraigas con la ola para que desconfíes y caigas en pecado. Así te mantiene lejos de Dios y de todas las gracias que Él tiene reservadas de manera especial para ti. Además, si no creces en tu fe, te priva de ver como amaina el viento después de la tormenta.
“Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»”
En el momento que venga a ti una mala noticia o cualquier otra cosa que te preocupe, si es necesario, llora, compártelo con alguien de tu confianza y luego, deséchalo lo antes posible como si no estuviera allí.
No te des el lujo de anidar esos pensamientos en tu corazón y ten siempre a la mano, pegado en la nevera, en el carro o la cartera, algunas lecturas o pensamientos que te recuerden las promesas de Dios. Tampoco des oído a personas (que sin quererlo tal vez) te desalienten. Recuerda que el trabajo del enemigo es convencerte en todo momento que tu situación es difícil e insuperable, y que sus consecuencias son nefastas para ti...
¿Sobre mi tormenta particular? Sigue ahí, pero ya no soy el “Pedro” que me hundo sino el que camina sobre las aguas con la mirada siempre fija en Jesús. Mi situación me ha privado de muchas cosas que tenía antes, pero ahora gozo de todo lo que el Señor me permite tener y vivo apasionadamente la vida, día a día. Ahora tengo la certeza de que cada sacrificio, aunque sea muy pequeño, tiene un valor extraordinario a los ojos de Dios. Cuando surge o se “agranda” un problema,
primero a la oración
y luego a la gestión
y luego a la gestión
Y vivo en la espera triunfante de ver cuando amaine el viento ante las palabras de Jesús.
¡Anímate tú también a caminar sobre las aguas!
María de los Ángeles
María de los Ángeles es una compañera del grupo de oración al que Noemí y yo asistimos y como ella dice al comienzo, un día nos compartió esta hermosa reflexión que hoy comparte también con ustedes...