<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>tengo sed de Ti &#187; Eucaristía</title>
	<atom:link href="http://www.tengoseddeti.org/category/articulos/eucaristia/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.tengoseddeti.org</link>
	<description>Información y recursos sobre la fe Católica para ambos, católicos y no-católicos interesados en conocer y entender las enseñanzas de nuestra Iglesia...</description>
	<lastBuildDate>Mon, 26 Jul 2010 01:20:50 +0000</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.9.2</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>La Santa Misa</title>
		<link>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/la-santa-misa/</link>
		<comments>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/la-santa-misa/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 21:24:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Eucaristía]]></category>
		<category><![CDATA[Santa Misa]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://74.55.11.82/~tengo113/?p=119</guid>
		<description><![CDATA[
Introducción
El 4 de diciembre de 1963 fue promulgado el Decreto Sacrosanta Concilium para la reforma litúrgica. Era el primero de los documentos emanados del Concilio Vaticano II.
Por casi 400 años, la liturgia católica había estado normada por lo que el Concilio de Trento (1545-1563), en tiempos de San Pío V, había dictaminado. La Santa Misa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/santa_misa.jpg" alt="La Santa Misa" title="La Santa Misa" width="200" height="260" class="alignnone size-full wp-image-120" /></p>
<p><strong>Introducción</strong></p>
<p>El 4 de diciembre de 1963 fue promulgado el Decreto <em>Sacrosanta Concilium</em> para la reforma litúrgica. Era el primero de los documentos emanados del Concilio Vaticano II.</p>
<p>Por casi 400 años, la liturgia católica había estado normada por lo que el Concilio de Trento (1545-1563), en tiempos de San Pío V, había dictaminado. La Santa Misa se celebraba exactamente igual en todas partes del mundo y el Misal era idéntico en todos los países; estaba en lengua latina y sus rúbricas estaban perfectamente establecidas.<span id="more-119"></span></p>
<p>Era realmente hermoso ver y escuchar en cualquier parte del mundo los mismos movimientos, las mismas frases. Daba una idea de la universalidad de la Iglesia Católica. En Japón como en Argentina, los fieles escuchábamos el <em>Dominus vobiscum</em> que el sacerdote pronunciaba en voz baja para que el acólito (que representaba a toda la feligresía) contestara también en voz baja: <em>“Et cum Spíritu tuo”</em>.</p>
<p>Cada domingo del año tenía sus lecturas invariables: escuchábamos 52 párrafos del Evangelio año tras año. Algunos fieles poseían y sabían manejar su Misal Diario para poder entender en español lo que el sacerdote rezaba en latín, la lengua oficial de la Iglesia. Otros se contentaban con rezar cada vez la famosa “Misa de Lavalle”, o rezaban otras oraciones como el Vía Crucis o el Santo Rosario, mientras el sacerdote oficiaba, de espaldas al pueblo, en latín y en voz baja, las oraciones y ritos de la Misa.</p>
<p>Así eran las cosas y nadie se extrañaba de ello. Las cosas de Dios eran misteriosas de por sí. La Santa Misa había sido siempre así y supuestamente así debería seguir siendo.</p>
<p>Por eso el decreto <em>Sacrosantum Concilium</em> causó tanto impacto. De todos los documentos del Concilio, fue el que tuvo más inmediatos efectos. Sin ser el más importante, fue el que el pueblo fiel percibió primero al ver cómo la Misa iba cambiando poco a poco.</p>
<p>Las reformas litúrgicas han sido graduales, como dando tiempo a la Iglesia de ir comprendiendo cada vez mejor el Santo Sacrificio de la Misa. Los jóvenes nacidos después del Concilio, no pueden darse una idea de lo que significó para los adultos oír por primera vez al sacerdote saludarnos en castellano con el <em>“El Señor esté con vosotros”</em> y poder contestar, ahora todos en voz alta: <em>“Y con tu espíritu”</em>.</p>
<p>Y cuando por fin el altar fue cambiado para el pueblo y toda la Misa fue traducida a todas las lenguas, hubo júbilo en la Iglesia, asombro en muchos, y rechazo en algunos.</p>
<p>Los efectos de la reforma litúrgica (que no sólo abarca la Santa Misa, sino todos los Sacramentos y hasta el Oficio Divino que rezan los sacerdotes todos los días) se han sentido cada vez con mayor profundidad. No han faltado, por desgracia y como era natural, excesos y desviaciones que la Santa Sede ha tratado de controlar, pero en general podemos decir que el Pueblo Fiel ahora participa y comprende muchísimo más la esencia de la Misa.</p>
<p><strong>¿Qué es la Santa Misa?</strong></p>
<p>Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el que perpetuaría por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y así confiaría a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, <em>“en el cual se come a Cristo, el alma se llena de Gracia y se nos da una prenda de la Gloria venidera”</em>. Así define el Concilio en el número 47 del decreto <em>Sacrosantum Concilium</em> la esencia del Sacrificio Eucarístico.</p>
<p>Los tres Evangelistas llamados sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas, nos relatan directamente lo sucedido en la Última Cena, y San Pablo, en su primera carta a los Corintios (11, 23-25), nos consigna lo que él mismo ya recibió por tradición. Antes de que los Evangelios fueran redactados, ya la Iglesia celebraba la Sagrada Eucaristía.</p>
<p><strong>¿Qué es un sacrificio?</strong></p>
<p>Desde la más remota antigüedad el hombre ha intentado adorar, complacer o aplacar al Dios verdadero o a sus falsas divinidades por medio de los sacrificios. Ante la imposibilidad física de dar a sus dioses algún regalo, han destruido en su honor toda clase de dones hasta llegar a los sacrificios humanos. Los sacrificios para agradar a Dios, están simbolizados en el libro del Génesis, Capítulo 4, con las ofrendas de Caín y Abel.</p>
<p>El Pueblo de Dios, Israel, ofrecía a Yahvé diversas clases de sacrificios y holocaustos, cuya descripción minuciosa encontramos en el Levítico.</p>
<p>Ahora bien: evidentemente los sacrificios de la Antigua Alianza y con más razón los ofrecidos por los pueblos paganos a sus falsos dioses, carecían de toda eficacia para obtener el perdón de los pecados (Hebreos 10, 1-4). No existe ninguna proporción entre la ofensa hecha a Dios, y el valor de la sangre de machos cabríos o toros.</p>
<p><strong>El único sacrificio eficaz</strong></p>
<p>Es por esto que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, tomando un cuerpo perfectamente humano de las entrañas purísimas de la Virgen María, llevando sobre sí el pecado del mundo, se ofrece como Víctima Divina en el altar del Calvario por la Redención del género humano (Hebreos 4, 5-10).</p>
<p>Siendo Jesucristo Persona Divina, su sangre es la única que eficazmente y de una vez para siempre, <em>“borra el pecado del mundo”</em>. Un sólo sacrificio era necesario y suficiente para nuestra salvación: el Sacrificio de Jesús en la Cruz. Nadie puede ofrecer a Dios un Sacrificio comparable, ni nadie podrá salvarse si no es por Cristo muerto en la Cruz y resucitado y glorioso al tercer día.</p>
<p><strong>Los tres momentos de la Redención</strong></p>
<p>Nuestro Señor Jesucristo realizó su sacrificio redentor en tres momentos diferentes, en tres días diferentes: <em>la Última Cena</em>, <em>la Muerte en el Calvario</em> y <em>la Resurrección al tercer día</em>. Estos tres momentos constituyen lo que la Iglesia llama <em>“El Misterio Pascual del Señor”</em>.</p>
<p>En la <strong>Última Cena</strong>, Jesús entrega ya en realidad su Cuerpo y su Sangre, ofreciéndose por la salvación de todos. El <strong>Viernes Santo</strong> se hace la dolorosa realidad de su Pasión y Muerte en la Cruz y triunfa, del pecado y de la muerte, el <strong>Domingo de Resurrección</strong>, el primer domingo de la historia.</p>
<p>Estos tres hechos redentores se realizan al unísono en cada Misa y constituyen juntos un solo hecho Redentor que se prolonga y actualiza en el tiempo y en el espacio en cada altar católico.</p>
<p>En efecto: <em>Cada vez que un sacerdote católico consagra el pan y el vino, Jesucristo se hace realmente presente en las especies sacramentales y al mismo tiempo se entrega en alimento como en la Última Cena; muere como el Viernes Santo al consagrarse por separado su Cuerpo y su Sangre, y resucita triunfante al reunirse nuevamente su Cuerpo y su Sangre en el momento de la “comixtión”, poco antes de la Comunión.</em></p>
<p>La Iglesia reconoce este hecho maravilloso al rezar sobre las ofrendas el 2do domingo ordinario del siguiente modo: <em>“Concédenos, Señor, participar dignamente en esta Eucaristía, porque cada vez que celebramos el memorial del sacrificio de tu Hijo, se lleva a cabo la obra de nuestra Redención”</em>.</p>
<p>Si Cristo muere en cada Misa por nosotros, también es cierto que está resucitado y que se nos entrega vivo en la Comunión para que tengamos Vida Eterna (Juan 6, 55-59).</p>
<p>Toda la potencia salvadora del Misterio Pascual, está presente en cada Misa, un sólo sacrificio, el del Calvario, se renueva incesantemente en toda la tierra en los altares católicos, salvando permanentemente a la humanidad pecadora. Es el cumplimiento cabal de la profecía de Malaquías, Cáp. 1, 11, <em>“Desde donde sale el sol hasta el ocaso, todas las naciones me respetan y en todo el mundo se ofrece en mi Nombre tanto el humo del incienso, como una ofrenda pura”</em>.</p>
<p><strong>Uniformidad del Rito</strong></p>
<p>Ciertamente era emocionante, antes de la reforma litúrgica, asistir a Misa en cualquier parte del mundo y escuchar las oraciones en latín, el lenguaje oficial de la Iglesia y observar los mismos movimientos sacerdotales. Se hacía sentir la catolicidad de la Iglesia. Pero también es cierto que aparte de algunas frases muy conocidas, nadie entendía nada si no llevaba su Misal propio.</p>
<p>Esa uniformidad aparentemente se ha perdido al traducir los ritos a las diversas lenguas del mundo, pero es tan solo una apariencia porque gracias a la unidad de la Iglesia Católica, el Sacrificio se celebra exactamente de la misma manera en todo el mundo, orando las mismas oraciones y realizando los mismos movimientos. En todo caso, si no entendemos la lengua de un determinado país, tampoco entendíamos la Misa en latín y al menos los de esa lengua participan y entienden perfectamente lo que sucede.</p>
<p>La lengua latina no se ha abandonado; sigue siendo la lengua oficial de la Iglesia, pero negar que la traducción de la Misa a las lenguas vernáculas haya sido un cambio benéfico, es una equivocación. Basta constatar la participación de los fieles en la actualidad, para bendecir al Concilio por el documento <em>Sacrosantum Concilium</em> que puso la liturgia al alcance de todos, aún de los analfabetos.</p>
<p>Al mismo tiempo que algunos espíritus inclinados a lo tradicional, se han opuesto terminantemente a las reformas, otros de signo distinto han caído en exageraciones hasta de mal gusto. Era de esperarse y la Santa Sede ha tenido que intervenir en ambos casos, a veces dolorosamente.</p>
<p><strong>Las partes de la Misa</strong></p>
<p>Todo el conjunto de palabras y acciones realizadas en la Misa, forman cuatro momentos bien distintos que hay que saber aprovechar plenamente.</p>
<h2>Liturgia de la Palabra</h2>
<p><strong>1. Antífona de entrada</strong><br />
Cuando no hay coro, ni un cántico para empezar la Misa, se reza la Antífona que normalmente es un versículo de la Biblia. Es muy importante porque nos anticipa la temática de toda la celebración. Es como la obertura de una obra musical, que nos anuncia lo que va a seguir.</p>
<p>Como ejemplo está la antífona de la Misa de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote (Hebreos 7, 24): <em>“Cristo, mediador de la nueva alianza, por el hecho de permanecer para siempre, posee un sacerdocio perpetuo”</em>.</p>
<p>Ya de entrada, nos ponemos a la expectativa, porque las oraciones y las lecturas bíblicas, abundarán seguramente en el tema.</p>
<p><strong>2. La Señal de la Cruz</strong><br />
Da comienzo propiamente al Sacrificio de la Misa, signándonos en el Nombre de las Tres Divinas Personas. Al mismo tiempo que nos bendecimos con la señal de la Cruz, instrumento de nuestra salvación, invocamos a Dios Trino; toda la Misa es Trinitaria y no podía ser de otro modo.</p>
<p><strong>3. Saludo ritual</strong><br />
Él oficiante saluda a la feligresía con varias fórmulas, todas ellas riquísimas en contenido. La primera y más usual: <em>“La Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo, estén con ustedes”</em>, tomada de las cartas de San Pablo, no podía ser más profunda, más completa y más bella. El sacerdote no podría desear nada más grande a la comunidad, que a su vez le devuelve el saludo diciendo el tradicional <em>“y con tu espíritu”</em>.</p>
<p><strong>4. Acto penitencial</strong><br />
Se invita a la comunidad a pedir perdón a Dios por los pecados cometidos. Ante la santidad inconmensurable de Dios, debemos reconocer humildemente nuestra fragilidad, nuestra malicia, nuestra nada. Con varias fórmulas reconocemos que hemos pecado. La más usual es el <em>“Yo confieso”</em> en la que no solamente nos confesamos pecadores delante de Dios y de los santos sino que pedimos a la Iglesia triunfante y militante, orar por nosotros, por cada uno de los presentes.</p>
<p>Termina el Acto penitencial con el rezo o canto de los muy tradicionales <em>“Kyries”</em>, incorporados a las Misas del rito latino de las Iglesias del rito griego del Medio Oriente.</p>
<p>Este Acto Penitencial, como otros sacramentales de la Iglesia, nos obtiene automáticamente el perdón de las faltas veniales y podemos por lo tanto con toda confianza acercarnos después a la Sagrada Comunión.</p>
<p>No así cuando por desgracia, hemos ofendido a Dios gravemente. Los pecados mortales deber ser confesados en el Sacramento de la Reconciliación. San Pablo es tajante al respecto, al advertir a los Corintios en su primera carta (11, 27-28) que no se atrevan a comulgar indignamente. No debemos alejarnos de la Comunión por cualquier tarta, y debemos evitar tanto los escrúpulos, como la conciencia laxa.</p>
<p>Como no siempre es fácil confesarse ante un sacerdote antes de la Misa, existe la tentación, por parte de éste, de emitir una <em>“Absolución General”</em> de modo que todos puedan comulgar si lo desean. Siendo válidas esa clase de absoluciones, no está permitido, sin embargo, confundirlas con el acto penitencial de la Misa. Se debe hacer un acto penitencial antes, en un rito distinto y bien preparado. El sacerdote debe saber perfectamente las normas eclesiásticas para el caso y los peligros que el abuso de esa práctica trae a los fieles.</p>
<p>No es objeto del presente estudio abundar en el tema de la Reconciliación, pero ¡Dios bendiga a los sacerdotes que dedican largas horas al sublime <em>“Ministerio de la Reconciliación”</em>!</p>
<p><strong>5. Gloria a Dios</strong><br />
Después de haber pedido perdón a Dios de los pecados, damos Gloria al Señor con el himno maravilloso que entonaran nada menos que los Ángeles, la Noche de Navidad.</p>
<p>La Iglesia glorifica a las Tres Divinas Personas en este cántico gozoso. Es un himno antiquísimo en la liturgia que ha sido musicalizado de mil maneras, desde el solemne y moderado canto gregoriano de la Edad Media, hasta las expresiones polifónicas más complicadas de los grandes maestros.</p>
<p>Después de la reforma litúrgica, el pueblo canta la Gloria de Dios con tonadas sencillas, asequibles a todo el mundo y en la propia lengua. Hay que tener cuidado, sin embargo, de cantar tanto en el Gloria como en las demás partes de la Misa, los cánticos que sean concordes con la acción litúrgico que se está desarrollando. Existen, por ejemplo, cantos que aparentemente son <em>“de Gloria”</em>, que no tienen nada que ver con el texto original de la Misa, que consiste precisamente en glorificara las Tres Divinas Personas.</p>
<p><strong>6. Oración Colecta</strong><br />
Tiene la Misa tres oraciones muy especiales precedidas por la invitación sacerdotal expresada por el “Oremos”: <em>la Oración Colecta</em>, <em>la Oración sobre las Ofrendas</em> y <em>la Oración después de la Comunión</em>. Su estructura es parecida y trataremos de las dos últimas en su momento.</p>
<p>La Oración Colecta recibe su nombre porque se trata de unir, de colectar en una sola oración, los sentimientos que debe tener toda la comunidad al asistir ese día a Misa.</p>
<p>Como la Antífona de entrada, orienta la liturgia a celebrarse. Es una oración sumamente importante que debemos escuchar por tanto con mucha atención y unirnos al sacerdote plenamente para sacar el máximo provecho de la Eucaristía.</p>
<p>Antes que nada hay que notar que las oraciones de la Misa se dirigen, salvo raras excepciones, a Dios Padre. Con el título de Padre, Señor, Dios Todo poderoso, Dios eterno, etc. nos estamos refiriendo al Padre de Nuestro Señor Jesucristo y nuestro Padre. A Él y nada más se ofrece la Misa. El sacrificio infinito de la muerte de Cristo, no puede ofrecerse a una criatura, ni siquiera a la Virgen Santísima.</p>
<p>Por ser Jesucristo Persona Divina, en algunas ocasiones, por ejemplo, en la fiesta del Corpus Christi, nos podemos dirigir directamente a Él con todo derecho. Pero nunca digamos que ofrecemos una Misa a la Virgen, a un Santo Patrono, y menos a un difunto. Analicemos, por ejemplo, la oración colecta de la llamada Misa de Santa María en Sábado:</p>
<blockquote><p>“Por intercesión de la Santísima Virgen María, llena de Gracia, cuya memoria gloriosa estamos celebrando, haz Señor, que también nosotros podamos participar de los dones de tu amor. Por Nuestro Señor Jesucristo que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.”</p></blockquote>
<p>En primer lugar, nos estamos dirigiendo a Dios Padre con el título de <em>“Señor”</em>. Hacemos memoria de la Virgen María y pedimos que Ella interceda por nosotros, pero no es Ella el centro de la oración.</p>
<p>Pedimos a continuación una gracia determinada y concluimos siempre con la mención explícita de Jesucristo, único mediador entre Dios y la humanidad que por ser Persona Divina, vive triunfante y glorioso, con el Espíritu Santo en la intimidad eterna de la Trinidad Santísima.</p>
<p>A esta oración el pueblo fiel debe contestar con un sonoro <em>“Amén”</em>, palabra que significa la aceptación plena de lo expresado. Es como decir: Así es, de acuerdo, Sí Señor.</p>
<p><strong>7. Lecturas</strong><br />
Preparada nuestra mente y nuestro espíritu con todo lo precedente, nos sentamos a escuchar sin incomodidades la Palabra de Dios que se nos proclama los domingos en tres lecturas y entre semana con dos solamente.</p>
<p>Esta nueva modalidad permite a la Iglesia tener un panorama más amplio de la Sagrada Escritura. Además, los textos han sido seleccionados y acomodados en un ciclo de tres años y no cada año como antes de la reforma.</p>
<p>Se da oportunidad ahora de que los laicos o seglares proclamen las lecturas primera y segunda. Vale la pena hacer algunas recomendaciones al caso: en primer lugar, la persona debe saber leer en público. Los nervios traicionan y la Palabra de Dios no debe ser mascullada a trompicones ni admite errores en la pronunciación, Los lectores deben ser pues, personas entrenadas y haber preparado previamente lo que van a leer.</p>
<p>El atuendo mismo debe ser apropiado; tanto hombres como mujeres deben darse cuenta de que están cumpliendo con un ministerio sublime y no es propio subir al presbiterio <em>“en fachas”</em>. Así como el sacerdote se reviste de ornamentos sagrados para oficiar la Misa, el laico debe ir decentemente vestido.</p>
<p><strong>8. Salmo Responsorial</strong><br />
Entre una lectura y otra, se incluye un Salmo recitado responsorialmente o sea, participando toda la comunidad con un estribillo, rezado o cantado. Por lo general y por desgracia, el elenco de oraciones del católico normal, es muy pobre. Nos limitamos a cuatro o cinco oraciones aprendidas desde la infancia y malamente recitadas.</p>
<p>Hay que aprovechar, por tanto, este momento de la misa. Rezar con los salmos es orar a Dios con palabra de Dios.</p>
<p>Tenemos ahí una oportunidad magnífica de enriquecer nuestra vida de oración.</p>
<p><strong>9. Aclamación antes del Evangelio</strong><br />
El Aleluya es una aclamación jubilosa usada por el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Nos ponemos de pie mientras exultamos por escuchar la Palabra de Dios. Normalmente se cita un versículo del Evangelio que se va a proclamar, como introducción.</p>
<p><strong>10. Evangelio</strong><br />
Es la parte más importante de la Liturgia de la Palabra. Lo proclama personalmente el sacerdote después de saludar solemnemente al pueblo. En algunas ocasiones, para darle realce a la proclamación, se usa el incienso dándonos a entender que los Evangelios, de entre toda la Biblia, son la parte más importante, al presentarnos directamente al autor de nuestra Redención. Él ponernos de pie nos ayuda a estar alerta y es signo al mismo tiempo, de estar dispuestos a poner manos a la obra ante la voluntad del Señor.</p>
<p>Hacemos tres cruces: En la frente, en los labios y en el corazón: <em>significando el anhelo que tenemos de entender la Palabra, amarla y ser capaces de proclamarla</em>. Rito antiquísimo y muy venerable en la Iglesia.</p>
<p><strong>11. Homilía</strong><br />
La Biblia debe leerse en “La Iglesia”, o sea, según las enseñanzas del Magisterio Eclesiástico, de acuerdo con la Tradición riquísima y veinte veces secular de la Iglesia que Cristo fundó en los Apóstoles. Siendo un libro complejo y difícil, teniendo el mismo Evangelio pasajes oscuros, es una imprudencia rayada en la locura, pretender como sostienen los protestantes, la libre interpretación de la Biblia. Como el etíope de Hechos 8, 26-39, es de elemental prudencia pedir ayuda para entenderla.</p>
<p>Los sacerdotes son ministros de la Palabra. Para eso han sido llamados por Dios, para ello han estudiado y estudian constantemente. Son profesionales de la Biblia. El sacerdote no habla por sí solo, habla y explica el Evangelio según el pensar de la Iglesia de Cristo, la Católica.</p>
<p>La homilía es pues, la explicación de las lecturas. Su aplicación a la vida de todos los días. No es un sermón de circunstancias como se acostumbra en alguna festividad extraordinaria. Debe ser corta y clara. Los fieles deben, dado el caso, pedir al sacerdote, después de la Misa, la aclaración de algún punto que no hayan entendido o en el que no estén de acuerdo.</p>
<p><strong>12. El Credo</strong><br />
Magnífica manifestación de nuestra Fe es la recitación del Credo en la Misa. Nació la Iglesia bajo la persecución, primero de los judíos y después de los emperadores romanos. A la muerte de los Apóstoles, las iglesias por ellos fundadas se esparcieron por toda Europa, Medio Oriente y Norte de Africa, con muy poca comunicación entre ellas y por tanto con el peligro de desvirtuar la fe apostólica. Fue por eso que apenas otorgada la libertad religiosa a los cristianos por la conversión del mismo emperador Constantino, los Obispos de toda la Iglesia se reunieron para poner con mucha precisión los artículos principales de la FE. Así desde el año 325, en el Concilio de Nicea, fue redactado el Credo que hemos conservado fiel y cuidadosamente. Lo recitarnos de pie para manifestar nuestra adhesión gozosa a cada uno de sus artículos y como signo de nuestra misión para que todo el mundo crea en Cristo.</p>
<p>Básicamente es la fe en las Tres Divinas personas, y en la Iglesia que Cristo fundó. Con el Credo termina la Liturgia de la Palabra.</p>
<h2>Rito de las Ofrendas</h2>
<p><strong>1. Procesión</strong><br />
Ya sea en solemne procesión o directamente, son llevadas al altar las ofrendas de pan y vino, especies sacramentales que han de ser consagradas más adelante.</p>
<p>Es además el momento adecuado para llevar donativos para los pobres y el momento de hacer la colecta en efectivo para el sustento del sacerdote y los gastos de la Parroquia, Todo ello lo ofrecemos a Dios siendo conscientes de que nuestras pobres ofrendas son poca cosa. Ponemos en el altar, con el pan y el vino, nuestro trabajo, esfuerzos y personas mismas.</p>
<p><strong>2. Orad hermanos</strong><br />
El sacerdote nos invita a orar junto con él, recordándonos que en la Misa, todo el pueblo fiel ejerce su sacerdocio bautismal o común, distinto del ministerial del sacerdote, pero no menos real. Es toda la Iglesia la que ofrece el Sacrificio de la Misa.</p>
<p><strong>3. Oración sobre las ofrendas</strong><br />
Termina el Rito de Ofrendas con la segunda oración de la trilogía formada por la Colecta, Ofrendas y Poscomunión. En muy pocas palabras son oraciones estupendas y precisamente redactadas se hace mención tanto de las ofrendas, como de lo que estarnos celebrando, en perfecta continuidad con la oración colecta.</p>
<h2>Liturgia del Sacrificio</h2>
<p><strong>1. Prefacio</strong><br />
Da comienzo la tercera parte de la Misa con una oración magnífica llamada Prefacio y que va precedida con un diálogo introductorio entre el Ministro y el pueblo. Ello mismo le da un realce y debe llamarnos la atención. El Prefacio es una oración elegantemente redactada, llena de sentido y enseñanza, profundamente dogmática y hasta poética en algunas ocasiones.</p>
<p>Varía según la celebración o la fiesta y si ponemos atención, quedamos perfectamente ubicados en la mentalidad de la Iglesia para la ocasión.</p>
<p><strong>2. Santo, Santo, Santo</strong><br />
El Prefacio termina introduciéndonos al canto que entonaremos embelesados ante la Divina Majestad por los siglos de los siglos en la Gloria. La Iglesia desde ahora, en comunión con la Corte Celestial, alaba al que es el Santo de los Santos (Apocalipsis 4, 8-11; Isaías 6, 3).</p>
<p><strong>3. Anáfora</strong><br />
Hasta antes del Concilio la Misa tenía una sola oración consecratoria llamada Canon Romano. S.S. San Pío V la aprobó para unificar distintas versiones usuales en su tiempo y evitar cuidadosamente infiltraciones y desviaciones venidas del protestantismo.</p>
<p>Con la Reforma Litúrgica actual, la Iglesia ha incorporado al Misal varias otras oraciones, llamadas Anáforas, para realizar la consagración de las especies sacramentales.</p>
<p>Tengamos presente ante las nuevas anáforas, dos hechos muy importantes: en primer lugar, algunas no son nuevas ni mucho menos; por el contrario, han sido rescatadas de antiguos misales y son por lo tanto tradicionales; y en segundo lugar, recordemos que la Iglesia tiene todo el poder, dado por Nuestro Señor, de componer dichas anáforas. Después de todo, en la Ultima Cena, las palabras consagratorias empleadas por el Señor, son muy breves y el resto lo dejó Dios a su Iglesia.</p>
<p>Siendo fieles al relato de la Ultima Cena y empleando exactamente las mismas palabras de Nuestro Señor, las especies sacramentales quedan transubstanciadas en el Cuerpo y Sangre de Cristo lo que constituye la esencia misma de la Misa.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Misterium Fidei</strong></p>
<p><strong>La Consagración</strong><br />
Todas las anáforas nos llevan por distintos caminos a la Última Cena. Es el momento sublime sobre toda ponderación, en que el sacerdote oficiante deja de ser en cierto modo él mismo para consagrar <em>“in persona Christi”</em> (personalmente, como Cristo, en persona de Cristo) el pan y el vino diciendo:</p>
<blockquote><p>“Tomad y comed todos de él porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomad y bebed todos de él porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.”</p></blockquote>
<p>Haciendo presente por su ministerio, real y verdaderamente a Cristo el Señor, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. ¡Cristo, Dios y Hombre, se hace presente en cada altar de la Iglesia Católica! Suprimiendo con su todo poder las distancias y los tiempos, multiplica su Presencia Real en nuestros altares para consumar su Sacrificio hasta el fin de los tiempos.</p>
<p><strong>La Elevación</strong><br />
Con toda razón decimos que este hecho es un <em>“Misterium Fidei”</em>: un misterio de FE. En contra de todas las apariencias, tan solo por la fe sin discusiones que la Iglesia tiene en la Palabra del Señor, somos capaces de creer hecho tan prodigioso. A la entrega total, absoluta, radical de Dios Encarnado a los hombres, corresponde una Fe no menos total, absoluta y radical. ¡No podía ser de otra manera!</p>
<p>Cristo está en nuestros altares realmente presente y realmente muerto. Signo eficaz de la muerte redentora de Cristo, es la CONSAGRACIÓN por separado del Cuerpo y la Sangre. Así como en el Calvario, Jesús murió, al derramar su Sangre, así está muerto por nosotros en el altar. Cada altar católico en el mundo entero, es un Calvario en donde se sacrifica a la única Víctima capaz de <em>“perdonar el pecado del mundo”</em>. Toda la fuerza redentora del sacrificio de la cruz, está Presente en el altar, salvando permanentemente a la humanidad pecadora.</p>
<p>Si en el Ofertorio no teníamos otra cosa que ofrecer al Padre sino un poco de pan y vino y nuestras pobres buenas obras, ahora la Iglesia tiene por fin <em>“al Cordero de Dios”</em> que se ofrece a Sí mismo y a quien ofrecernos inmediatamente después de la Consagración. Y además, nos ofrecemos a nosotros mismos junto con la Víctima Divina, completando en nosotros, Cuerpo Místico del Señor, los sufrimientos de Jesucristo. Toda la Iglesia es sacerdotal y toda la Iglesia es víctima con Cristo el Señor.</p>
<p>Todas las anáforas terminan espléndidamente con una pequeña elevación de nuestra Víctima hacia Dios Padre, acompañando el gesto oferente con las palabras <em>“Por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.”</em></p>
<p>Podríamos decir que esta oración, es el resumen de toda la Misa, es por el hecho prodigioso de que Jesús está presente en nuestros altares que podemos dar al Padre Eterno, por el Espíritu Santo, la gloria que se merece. Y la Iglesia se atreve, con la seguridad que le da la FE a proclamar que esto repercutirá <em>“por los siglos de los siglos”</em>. A estas palabras eminentemente sacerdotales, el pueblo fiel responde con el Amén más solemne de la Misa, que debe resonar vibrantemente, con la fuerza de un pueblo que se sabe salvado por Cristo Jesús, capaz de adorar al Padre Eterno con toda propiedad porque en la Eucaristía, y solo en Ella, Cristo con su Iglesia es quien rinde honores al Padre de todos, en el Espíritu Santo.</p>
<h2>Rito de Comunión</h2>
<p>La Misa no es solamente el perfecto acto de adoración por medio del sacrificio de la Cruz, sino que en el colmo del amor por nosotros, Dios se nos da en alimento. <em>“Mi Carne es verdadera comida, Mi Sangre es verdadera bebida”</em>, había dicho Jesús (Juan 6, 55). No es posible, ciertamente, imaginar nada más grande, nada más sublime; ¡comernos a nuestro Dios! Con razón dijeron los judíos: <em>“duras son estas palabras”</em> (Juan 6, 60). No imaginaban la manera tan sencilla y elegante con la que Cristo cumpliría su promesa de darse en alimento. Es una lástima que los protestantes, aún después de la Ultima Cena, hayan tomado la misma incrédula posición.</p>
<p>Pero hay que tener en cuenta que la Comunión no es opcional como muchos creen. Nuestro Señor muy claramente condiciona la salvación eterna, a la aceptación de su don y la frecuentación de este Sagrado Misterio (Juan 6). El católico que no acostumbra, o no puede comulgar, pone en entredicho su salvación. Comulgar con cierta regularidad y frecuencia (¿por qué no diariamente o al menos cada domingo?) Es condición indispensable para resucitar a la gloria.</p>
<p><strong>1. El Padrenuestro</strong><br />
¡Da comienzo el rito de la Comunión, con la recitación de la única oración que Jesús nos enseñó. Tratados enteros existen comentando tan excelente oración. Tan solo nos referiremos M Folleto E.V.C. 621, en el que el Sr. Obispo de Tampico, Mons. Rafael Gallardo, nos entrega una serie de preciosas reflexiones.</p>
<p><strong>2. Rito de Paz</strong><br />
La Paz es mencionada en la Misa en repetidas ocasiones. Evidentemente se trata de la Paz que solo Cristo puede dar <em>“no la paz que da el mundo”</em> (Juan 14, 27) pero debemos sanar todas las disensiones, rencillas, envidias, desuniones, venganzas, guerras, pues todo eso es absolutamente antievangélico.</p>
<p>Por eso, recordando la palabra del Señor que nos exige hacer las paces con nuestros enemigos y perdonar como Él nos perdona, antes de presentar nuestra ofrenda en el altar, la Misa actual ha repuesto el rito de Paz que antiguamente se usaba. En un sencillo gesto de amistad, como darse la mano, debe manifestarse el deseo de reconciliarnos con todo el mundo y la decisión de perdonar cualquier ofensa que hayamos recibido. Sólo así podremos acercarnos correctamente a la Sagrada Comunión.</p>
<p>En esta época de especial violencia, es verdaderamente genial de nuestra Iglesia el que nos demos este gesto de PAZ.</p>
<p><strong>3. Comixtión</strong><br />
Después de partir la Hostia, el sacerdote deja caer en el cáliz una partícula del Cuerpo de Cristo. Esta acción, pasa desapercibida para muchos y sin embargo es muy bella. Tiene el significado de que tanto el Pan como el Vino consagrados, no son sino una sola cosa: Cristo. Antiguamente se acostumbraba poner en el cáliz una partícula consagrada el día anterior, significando la unidad del sacrificio a través del tiempo.</p>
<p>Jesucristo no permaneció muerto: habiendo resucitado, su Cuerpo y su Sangre se han reunido nuevamente.</p>
<p><strong>4. Cordero de Dios</strong><br />
Por tres veces la comunidad se dirige a Jesús con las palabras pronunciadas por San Juan Bautista cuando lo conoció personalmente. Dios se encarnó precisamente para quitar el pecado del mundo y darnos su Gracia.</p>
<p><strong>5. Señor, yo no soy digno</strong><br />
Ahora recordamos las palabras llenas de fe y de respeto que el Centurión dijo al saber que Cristo intentaba ir a su casa. ¿Quién es digno de tal visita? Pero a pesar de nuestra indignidad pecadora, obedecemos al mandato del Señor y nos atrevemos a tomar su Cuerpo, confiados en que tanto por el Acto Penitencial, como por el Sacramento de la Reconciliación, Dios nos ha perdonado y hecho menos indignos de comulgar.</p>
<p><strong>6. Comunión</strong><br />
El momento sublime ha llegado y el sacerdote al presentarnos la Eucaristía nos pide un último acto de fe. Ante la Hostia Consagrada cuyas apariencias no han cambiado en nada, debemos declarar en voz clara que creemos firmemente que es el Cuerpo de Cristo, ¡y Dios entra en nosotros!</p>
<p>Podemos comulgar con una sola especie o con las dos dependiendo de las circunstancias concretas. Toca al sacerdote juzgar la oportunidad y el modo de acuerdo con las normas establecidas por la Congregación de la Sagrada Liturgia de la Santa Sede.</p>
<p>Sobre todo en estos casos se impone el uso del platillo de la Comunión, porque puede acontecer que la Sangre de Cristo caiga al suelo. ¡Con cuánto cuidado debemos tratar los Sagrados Misterios!</p>
<p>Podemos también, en el caso de comulgar con una sola especie de pan, recibir el Cuerpo del Señor en la propia mano, pero tengamos sumo cuidado de no dejar caer partículas de la Hostia, o pedir así la Comunión con un dejo de orgullo o familiaridad indebida. Pensemos que nadie, ni el Santo Padre, merece tener a Cristo en sus manos.</p>
<p><strong>7. Oración después de la Comunión</strong><br />
Haciendo eco a la oración Colecta y a la oración sobre las Ofrendas, ésta recoge los sentimientos de la asamblea unificándolos al hecho que acabamos de realizar, la perfecta Comunión con Cristo Sacramentado.</p>
<p><strong>8. Bendición y despedida</strong><br />
La Misa termina con estos dos actos, pero nuestra oración no necesariamente debe terminarse. Se impone un momento íntimo de diálogo con el Señor, realmente presente en nuestro interior. Es el momento de una Acción de Gracias ya sea muy persona lo tomado de las hermosísimas oraciones compuestas por los grandes santos para el caso. Ejemplo de ellas pueden ser las de San Ignacio de Loyola, las de Santo Tomás de Aquino o las de San Buenaventura.</p>
<p>¡Hay tanto que agradecer al Señor! ¡Hay tanto que pedirle! No debemos desaprovechar la oportunidad de un sabroso y prolongado coloquio con Nuestro Señor.</p>
<p><strong>Conclusión</strong></p>
<p>Podemos concluir citando las palabras del Concilio en el documento <em>Sacrosantum Concilium</em>: <em>“Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo Sacerdote y de Su Cuerpo, la Iglesia, es acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”</em>.</p>
<p>Conociendo lo que es la Santa Misa, es incomprensible la actitud de aquellos que asisten tan solo “cuando les nace” como para hacerle a Dios un favor. Tampoco es congruente aquel que asiste pero no comulga, pretextando “que no se ha confesado” porque vivir en pecado mortal, es una locura.</p>
<p>La Iglesia siempre ha considerado la Misa dominical como de “precepto”, es decir, obligatoria. Es la Aplicación concreta del Mandamiento de la Antigua Alianza: “Santificarás las Fiestas”. El domingo sustituyó al sábado judío, porque fue en domingo cuando Cristo resucitó y cuando el Espíritu Santo descendió sobre el Colegio Apostólico en Pentecostés. El domingo es el día del Señor y a El debe dedicarse.</p>
<p>Un católico instruido, jamás deberá considerar la Misa como una obligación; es por el contrario, un inmenso privilegio reservado a los cristianos. Muchos cristianos han comprendido la excelencia del Sacrificio Eucarístico y no se contentan con adorar a Dios los domingos sino que asisten a Misa y comulgan lo más frecuentemente posible, hasta diariamente. Viven las palabras del salmista. <em>“Sediento estoy de Dios, del Dios que me da la Vida”</em> (Salmo 42, 2), ¡dichosas tales almas!</p>
<p><small><br />
Autor: R.P. Pedro Herrasti, S.M.<br />
Fuente: La Verdad Católica Org<br />
</small></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/la-santa-misa/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Testimonio de Catalina Rivas sobre la Santa Misa</title>
		<link>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/testimonio-de-catalina-rivas-sobre-la-santa-misa/</link>
		<comments>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/testimonio-de-catalina-rivas-sobre-la-santa-misa/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 20:03:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Eucaristía]]></category>
		<category><![CDATA[Santa Misa]]></category>
		<category><![CDATA[Testimonios]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://74.55.11.82/~tengo113/?p=116</guid>
		<description><![CDATA[
En la maravillosa catequesis con la que el Señor y la Virgen María nos han ido instruyendo, en primer lugar, enseñándonos la forma de rezar el Santo Rosario, de orar con el corazón, de meditar y disfrutar de los momentos de encuentro con Dios y con nuestra Madre bendita; la manera de confesarse bien&#8230; está, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/catalina_misa.jpg" alt="Testimonio de Catalina Rivas sobre la Misa" title="Testimonio de Catalina Rivas sobre la Misa" width="240" height="175" class="alignnone size-full wp-image-117" /></p>
<p>En la maravillosa catequesis con la que el Señor y la Virgen María nos han ido instruyendo, en primer lugar, enseñándonos la forma de rezar el Santo Rosario, de orar con el corazón, de meditar y disfrutar de los momentos de encuentro con Dios y con nuestra Madre bendita; la manera de confesarse bien&#8230; está, la del conocimiento de lo que sucede en la Santa Misa y la forma de vivirla con el corazón.<span id="more-116"></span></p>
<p>Este es el testimonio que debo y quiero dar al mundo entero, para mayor Gloria de Dios y para la salvación de todo aquel que quiera abrir su corazón al Señor. Para que muchas almas consagradas a Dios, reaviven el fuego del amor a Cristo, unas que son dueñas de las manos que tienen el poder de traerlo a la tierra para que sea nuestro alimento, las otras, para que pierdan la “costumbre rutinaria” de recibirlo y revivan el asombro del encuentro cotidiano con el amor. Para que mis hermanos y hermanas laicos del mundo entero vivan el mayor de los Milagros con el corazón: <strong>la celebración de la Santa Eucaristía.</strong></p>
<p>Era la vigilia del día de la Anunciación y los componentes del grupo nuestro habíamos ido a confesarnos. Algunas de las señoras del grupo de oración no alcanzaron a hacerlo y dejaron su confesión para el día siguiente antes de la Santa Misa.</p>
<p>Cuando llegué al día siguiente a la Iglesia un poco atrasada, el señor Arzobispo y los sacerdotes ya estaban saliendo al presbiterio. Dijo la Virgen con aquella voz tan suave y femenina que a una le endulza el alma. <em>“Hoy es un día de aprendizaje para ti y quiero que prestes mucha atención, porque de lo que seas testigo hoy, todo lo que vivas en este día, tendrás que participarlo a la humanidad.”</em> Me quedé sobrecogida sin entender pero procurando estar muy atenta.</p>
<p>Lo primero que percibí es que había un coro de voces muy hermosas que cantaban como si estuviesen lejos, a momentos se acercaba y luego se alejaba la música como con el sonido del viento.</p>
<p>El señor Arzobispo empezó la Santa Misa, y al llegar a la <strong>Oración Penitencial</strong>, dijo la Santísima Virgen:</p>
<p><em>“Desde el fondo de tu corazón, pide perdón al Señor por todas tus culpas, por haberlo ofendido, así podrás participar dignamente de este privilegio que es asistir a la Santa Misa.”</em></p>
<p>Seguramente que por una fracción de segundo pensé: “Pero si estoy en Gracia de Dios, me acabo de confesar anoche”.</p>
<p>Ella contestó: <em>“¿Y tú crees que desde anoche no has ofendido al Señor? Déjame que Yo te recuerde algunas cosas. Cuando salías para venir aquí, la muchacha que te ayuda se acercó para pedirte algo y como estabas con retraso, a la apurada, le contestaste no de muy buena forma. Eso ha sido una falta de caridad de tu parte y dices no haber ofendido a Dios&#8230;?”</em></p>
<p><em>“De camino hacia acá un autobús se atravesó en tu camino, casi te choca y te expresaste en forma poco conveniente contra ese pobre hombre, en lugar de venir haciendo tus oraciones, preparándote para la Santa Misa. Has faltado a la caridad y has perdido la paz, la paciencia. ¿Y dices no haber lastimado al Señor&#8230;?”</em></p>
<p><em>“En el último momento llegas, cuando ya la procesión de los celebrantes está saliendo para celebrar la Misa&#8230; y vas a participar de ella sin una previa preparación&#8230;”</em></p>
<p>- “Ya, Madre Mía, ya no me digas más, no me recuerdes más cosas porque me voy a morir de pesar y vergüenza”, contesté.</p>
<p><em>“¿Por qué tienen que llegar en el último momento? Ustedes deberían estar antes para poder hacer una oración y pedir al Señor que envíe Su Santo Espíritu, que les otorgue un espíritu de paz que eche fuera el espíritu del mundo, las preocupaciones, los problemas y las distracciones para ser capaces de vivir este momento tan sagrado. Pero llegan casi al comenzar la celebración, y participan como si participaran de un evento cualquiera, sin ninguna preparación espiritual. ¿Por qué? Es el Milagro más grande, van a vivir el momento de regalo más grande de parte del Altísimo y no lo saben apreciar.”</em></p>
<p>Era bastante. Me sentía tan mal que tuve más que suficiente para pedir perdón a Dios, no solamente por las faltas de ese día, sino por todas las veces que, como muchísimas otras personas, esperé a que termine la homilía del sacerdote para entrar en la Iglesia. Por las veces que no supe o me negué a comprender lo que significaba estar allí, por las veces que tal vez habiendo estado mi alma llena de pecados más graves, me había atrevido a participar de la Santa Misa.</p>
<p>Era día de Fiesta y debía recitarse el Gloria. Dijo nuestra Señora: <em>“Glorifica y bendice con todo tu amor a la Santísima Trinidad en tu reconocimiento como criatura Suya”.</em></p>
<p>Qué distinto fue aquel Gloria. De pronto me veía en un lugar lejano, lleno de luz ante la Presencia Majestuosa del Trono de Dios, y con cuánto amor fui agradeciendo al repetir: “&#8230;por tu inmensa Gloria Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos, Te damos gracias, Señor, Dios Rey celestial, Dios Padre Todopoderoso”, y evoqué el rostro paternal del Padre lleno de bondad&#8230; “&#8230;Señor, Hijo único Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre, Tú que quitas el pecado del mundo”, y Jesús estaba delante de mí, con ese rostro lleno de ternura y Misericordia: “&#8230;porque sólo Tú eres Dios, sólo Tú, Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo&#8230;”, el Dios del Amor hermoso, Aquel que en ese momento estremecía todo mi ser&#8230;</p>
<p>Y pedí: “Señor, libérame de todo espíritu malo, mi corazón te pertenece, Señor mío envíame tu paz para conseguir el mejor provecho de esta Eucaristía y que mi vida dé sus mejores frutos. Espíritu Santo de Dios, transfórmame, actúa en mí, guíame ¡Oh Dios, dame los dones que necesito para servirte mejor&#8230;!”</p>
<p>Llegó el momento de la <strong>Liturgia de la Palabra</strong> y la Virgen me hizo repetir: “Señor, hoy quiero escuchar Tu Palabra y producir fruto abundante, que Tu Santo Espíritu limpie el terreno de mi corazón, para que Tu Palabra crezca y se desarrolle, purifica mi corazón para que esté bien dispuesto.”</p>
<p><em>“Quiero que estés atenta a las lecturas y a toda la homilía del sacerdote. Recuerda que la Biblia dice que la Palabra de Dios no vuelve sin haber dado fruto. Si tú estás atenta, va a quedar algo en ti de todo lo que escuches. Debes tratar de recordar todo el día esas Palabras que dejaron huella en ti. Serán dos frases unas veces, luego será la lectura del Evangelio entera, tal vez solo una palabra, paladear el resto del día y eso hará carne en ti porque esa es la forma de transformar la vida, haciendo que la Palabra de Dios lo transforme a uno.”</em></p>
<p><em>“Y ahora, dile al Señor que estás aquí para escuchar lo que quieres que Él diga hoy a tu corazón.”</em></p>
<p>Nuevamente agradecí a Dios por darme la oportunidad de escuchar Su Palabra y le pedí perdón por haber tenido el corazón tan duro por tantos años y haber enseñado a mis hijos que debían ir a Misa los domingos, porque así lo mandaba la Iglesia, no por amor, por necesidad de llenarse de Dios&#8230;</p>
<p>Yo que había asistido a tantas Eucaristías, más por compromiso; y con ello creía estar salvada. De vivirla, ni soñar, de poner atención en las lecturas y la homilía del sacerdote, menos.</p>
<p>¡Cuánto dolor sentí por tantos años de pérdida inútil, por mi ignorancia!&#8230; ¡Cuánta superficialidad en las Misas a las que asistimos porque es una boda, una Misa de difunto o porque tenemos que hacernos ver con la sociedad! ¡Cuánta ignorancia sobre nuestra Iglesia y sobre los Sacramentos! ¡Cuánto desperdicio en querer instruirnos y culturizarnos en las cosas del mundo, que en un momento pueden desaparecer sin quedarnos nada, y que al final de la vida no nos sirven ni para alargar un minuto a nuestra existencia! Y sin embargo, de aquello que va a ganarnos un poco del cielo en la tierra y luego la vida eterna, no sabemos nada, ¡Y nos llamamos hombres y mujeres cultos…!</p>
<p>Un momento después llegó el <strong>Ofertorio</strong> y la Santísima Virgen dijo <em>“Reza así: (y yo la seguía) Señor, te ofrezco todo lo que soy, lo que tengo, lo que puedo, todo lo pongo en Tus manos. Edifica Tú, Señor con lo poco que soy. Por los méritos de Tu Hijo, transfórmame, Dios Altísimo. Te pido por mi familia, por mis bienhechores, por cada miembro de nuestro Apostolado, por todas las personas que nos combaten, por aquellos que se encomiendan a mis pobres oraciones&#8230; Enséñame a poner mi corazón en el suelo para que su caminar sea menos duro. Así oraban los santos, así quiero que lo hagan.”</em></p>
<p>Y es que así lo pide Jesús, que pongamos el corazón en el suelo para que ellos no sientan la dureza, sino que los aliviemos con el dolor de aquel pisotón. Años después leí un librito de oraciones de un Santo al que quiero mucho: José María Escrivá de Balaguer, y allá pude encontrar una oración parecida a la que me enseñaba la Virgen. Tal vez este Santo a quien me encomiendo, agradaba a la Virgen Santísima con aquellas oraciones.</p>
<p>De pronto empezaron a ponerse de pie unas figuras que no había visto antes. Era como si del lado de cada persona que estaba en la Catedral, saliera otra persona y aquello se llenó de unos personajes jóvenes, hermosos. Iban vestidos con túnicas muy blancas y fueron saliendo hasta el pasillo central dirigiéndose hacia el Altar.</p>
<p>Dijo nuestra Madre: <em>“Observa, son los Ángeles de la Guarda de cada una de las personas que está aquí. Es el momento en que su Ángel de la Guarda lleva sus ofrendas y peticiones ante el Altar del Señor.”</em></p>
<p>En aquel momento, estaba completamente asombrada, porque esos seres tenían rostros tan hermosos, tan radiantes como no puede uno imaginarse. Lucían unos rostros muy bellos, casi femeninos, sin embargo la complexión de su cuerpo, sus manos, su estatura era de hombre. Los pies desnudos no pisaban el suelo, sino que iban como deslizándose, como resbalando. Aquella procesión era muy hermosa.</p>
<p>Algunos de ellos tenían como una fuente de oro con algo que brillaba mucho con una luz blanca-dorada, dijo la Virgen: <em>“Son los Ángeles de la Guarda de las personas que están ofreciendo esta Santa Misa por muchas intenciones, aquellas personas que están conscientes de lo que significa esta celebración, aquellas que tienen algo que ofrecer al Señor&#8230;”</em></p>
<p><em>“Ofrezcan en este momento&#8230;, ofrezcan sus penas, sus dolores, sus ilusiones, sus tristezas, sus alegrías, sus peticiones. Recuerden que la Misa tiene un valor infinito por lo tanto, sean generosos en ofrecer y en pedir.”</em></p>
<p>Detrás de los primeros Ángeles venían otros que no tenían nada en las manos, las llevaban vacías. Dijo la Virgen: <em>“Son los Ángeles de las personas que estando aquí, no ofrecen nunca nada, que no tienen interés en vivir cada momento litúrgico de la Misa y no tienen ofrecimientos que llevar ante el Altar del Señor.”</em></p>
<p>En último lugar iban otros Ángeles que estaban medio tristones, con las manos juntas en oración pero con la mirada baja. <em>“Son los Ángeles de la Guarda de las personas que estando aquí, no están, es decir de las personas que han venido forzadas, que han venido por compromiso, pero sin ningún deseo de participar de la Santa Misa y los Ángeles van tristes porque no tienen qué llevar ante el Altar, salvo sus propias oraciones.”</em></p>
<p><em>“No entristezcan a su Ángel de la Guarda&#8230; Pidan mucho, pidan por la conversión de los pecadores, por la paz del mundo, por sus familiares, sus vecinos, por quienes se encomiendan a sus oraciones. Pidan, pidan mucho, pero no sólo por ustedes, sino por los demás.”</em></p>
<p><em>“Recuerden que el ofrecimiento que más agrada al Señor es cuando se ofrecen ustedes mismos como holocausto, para que Jesús, al bajar, los transforme por Sus propios méritos. ¿Qué tienen que ofrecer al Padre por sí mismos? La nada y el pecado, pero al ofrecerse unidos a los méritos de Jesús, aquel ofrecimiento es grato al Padre.”</em></p>
<p>Aquel espectáculo, aquella procesión era tan hermosa que difícilmente podría compararse a otra. Todas aquellas criaturas celestiales haciendo una reverencia ante el Altar, unas dejando su ofrenda en el suelo, otras postrándose de rodillas con la frente casi en el suelo y luego que llegaban allá desaparecían a mi vista.</p>
<p>Llegó el momento <strong>final del Prefacio</strong> y cuando la asamblea decía: “Santo, Santo, Santo” de pronto, todo lo que estaba detrás de los celebrantes desapareció. Del lado izquierdo del señor Arzobispo hacia atrás en forma diagonal aparecieron miles de Ángeles, pequeños, Ángeles grandes, Ángeles con alas inmensas, Ángeles con alas pequeñas, Ángeles sin alas, como los anteriores; todos vestidos con unas túnicas como las albas blancas de los sacerdotes o los monaguillos.</p>
<p>Todos se arrodillaban con las manos unidas en oración y en reverencia inclinaban la cabeza. Se escuchaba una música preciosa, como si fueran muchísimos coros con distintas voces y todos decían al unísono junto con el pueblo: <strong>Santo, Santo, Santo</strong>…</p>
<p>Había llegado el momento de la <strong>Consagración</strong>, el momento del más maravilloso de los Milagros&#8230; Del lado derecho del Arzobispo hacia atrás en forma también diagonal, una multitud de personas, iban vestidas con la misma túnica pero en colores pastel: rosa, verde, celeste, lila, amarillo; en fin, de distintos colores muy suaves. Sus rostros también eran brillantes, llenos de gozo, parecían tener todos la misma edad. Se podía apreciar (y no puedo decirlo por qué) que había gente de distintas edades, pero todos parecían igual en las caras, sin arrugas, felices. Todos se arrodillaban también ante el canto de “Santo, Santo, Santo, es el Señor&#8230;”</p>
<p>Dijo nuestra Señora: <em>“Son todos los Santos y Bienaventurados del cielo y entre ellos, también están las almas de los familiares de ustedes que gozan ya de la Presencia de Dios.”</em> Entonces la vi. Allá justamente a la derecha del señor Arzobispo&#8230; un paso detrás del celebrante, estaba un poco suspendida del suelo, arrodillada sobre unas telas muy finas, transparentes pero a la vez luminosas, como agua cristalina, la Santísima Virgen, con las manos unidas, mirando atenta y respetuosamente al celebrante. Me hablaba desde allá, pero silenciosamente, directamente al corazón, sin mirarme.</p>
<p><em>“¿Te llama la atención verme un poco más atrás de Monseñor, verdad? Así debe ser&#8230; Con todo lo que Me ama Mi Hijo, no Me Ha dado la dignidad que da a un sacerdote de poder traerlo entre Mis manos diariamente, como lo hacen las manos sacerdotales. Por ello siento tan profundo respeto por un sacerdote y por todo el milagro que Dios realiza a través suyo, que me obliga a arrodillarme aquí.”</em></p>
<p>¡Dios mío, cuánta dignidad, cuánta gracia derrama el Señor sobre las almas sacerdotales y ni nosotros, ni tal vez muchos de ellos estamos conscientes!</p>
<p>Delante del altar, empezaron a salir unas sombras de personas en color gris que levantaban las manos hacia arriba. Dijo la Virgen Santísima: <em>“Son las almas benditas del Purgatorio que están a la espera de las oraciones de ustedes para refrescarse. No dejen de rezar por ellas. Piden por ustedes, pero no pueden pedir por ellas mismas, son ustedes quienes tienen que pedir por ellas para ayudarlas a salir para encontrarse con Dios y gozar de Él eternamente.”</em></p>
<p><em>“Ya lo ves, aquí Estoy todo el tiempo&#8230; La gente hace peregrinaciones y busca los lugares de Mis apariciones, y está bien por todas las gracias que allá se reciben, pero en ninguna aparición, en ninguna parte Estoy más tiempo presente que en la Santa Misa. Al pie del Altar donde se celebra la Eucaristía, siempre Me van a encontrar; al pie del Sagrario permanezco Yo con los Ángeles, porque Estoy siempre con Él.”</em></p>
<p>Ver ese rostro hermoso de la Madre en aquel momento del “Santo”, al igual que todos ellos, con el rostro resplandeciente, con las manos juntas en espera de aquel milagro que se repite continuamente, era estar en el mismo cielo. Y pensar que hay gente, habemos personas que podemos estar en ese momento distraídas, hablando&#8230; Con dolor lo digo, muchos varones más que mujeres, que de pie cruzan los brazos, como rindiéndole un homenaje de pie al Señor, de igual a igual.</p>
<p>Dijo la Virgen: <em>“Dile al ser humano, que nunca un hombre es más hombre que cuando dobla las rodillas ante Dios.”</em></p>
<p>El celebrante dijo las palabras de la <strong>Consagración</strong>. Era una persona de estatura normal, pero de pronto empezó a crecer, a volverse lleno de luz, una luz sobrenatural entre blanca y dorada lo envolvía y se hacía muy fuerte en la parte del rostro, de modo que no podía ver sus rasgos. Cuando levantaba la forma vi sus manos y tenían unas marcas en el dorso de las cuales salía mucha luz. ¡Era Jesús!&#8230; Era Él que con Su Cuerpo envolvía el del celebrante como si rodeara amorosamente las manos del señor Arzobispo. En ese momento la Hostia comenzó a crecer y crecer enorme y en ella, el Rostro maravilloso de Jesús mirando hacia Su pueblo.</p>
<p>Por instinto quise bajar la cabeza y dijo nuestra Señora: <em>“No agaches la mirada, levanta la vista, contémplalo, cruza tu mirada con la Suya y repite la oración de Fátima: Señor, yo creo, adoro, espero y Te amo, Te pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman. Perdón y Misericordia&#8230; Ahora dile cuánto lo amas, rinde tu homenaje al Rey de Reyes.”</em></p>
<p>Se lo dije, parecía que sólo a mí me miraba desde la enorme Hostia, pero supe que así contemplaba a cada persona, lleno de amor&#8230; Luego bajé la cabeza hasta tener la frente en el suelo, como hacían todos los Ángeles y bienaventurados del Cielo. Por fracción de un segundo tal vez, pensé qué era aquello que Jesús tomaba el cuerpo del celebrante y al mismo tiempo estaba en la Hostia que al bajarla el celebrante se volvía nuevamente pequeña. Tenía yo las mejillas llenas de lágrimas, no podía salir de mi asombro.</p>
<p>Inmediatamente Monseñor dijo las palabras consagratorias del vino y junto a sus palabras, empezaron unos relámpagos en el cielo y en el fondo. No había techo de la Iglesia ni paredes, estaba todo oscuro solamente aquella luz brillante en el Altar.</p>
<p>De pronto suspendido en el aire, vi a Jesús, crucificado, de la cabeza a la parte baja del pecho. El tronco transversal de la cruz estaba sostenido por unas manos grandes, fuertes. De en medio de aquel resplandor se desprendió una lucecita como de una paloma muy pequeña muy brillante, dio una vuelta velozmente toda la Iglesia y se fue a posar en el hombro izquierdo del señor Arzobispo que seguía siendo Jesús, porque podía distinguir Su melena y Sus llagas luminosas, Su cuerpo grande, pero no veía Su Rostro.</p>
<p>Arriba, Jesús crucificado, estaba con el rostro caído sobre el lado derecho del hombro. Podía contemplar el rostro y los brazos golpeados y descarnados. En el costado derecho tenía una herida en el pecho y salía a borbotones, hacia la izquierda sangre y hacia la derecha, pienso que agua pero muy brillante; más bien eran chorros de luz que iban dirigiéndose hacia los fieles moviéndose a derecha e izquierda. ¡Me asombraba la cantidad de sangre que fluía hacia del Cáliz! Pensé que iba a rebalsar y manchar todo el Altar, ¡pero no cayó una sola gota!</p>
<p>Dijo la Virgen en ese momento: <em>“Este es el milagro de los milagros, te lo He repetido, para el Señor no existe ni tiempo ni distancia y en el momento de la consagración, toda la asamblea es trasladada al pie del Calvario en el instante de la crucifixión de Jesús.”</em></p>
<p>¿Puede alguien imaginarse eso? Nuestros ojos no lo pueden ver, pero todos estamos allá, en el momento en que a Él lo están crucificando y está pidiendo perdón al Padre, no solamente por quienes lo matan, sino por cada uno de nuestros pecados: <em>“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”</em></p>
<p>A partir de aquel día, no me importa si me toman como a loca, pero pido a todos que se arrodillen, que traten de vivir con el corazón y toda la sensibilidad de que son capaces aquel privilegio que el Señor nos concede.</p>
<p>Cuando íbamos a rezar el <strong>Padrenuestro</strong>, habló el Señor por primera vez durante la celebración y dijo:</p>
<p><em>“Aguarda, quiero que ores con la mayor profundidad que seas capaz y que en este momento, traigas a tu memoria a la persona o a las personas que más daño te hayan ocasionado durante tu vida, para que las abraces junto a tu pecho y les digas de todo corazón: “En el Nombre de Jesús yo te perdono y te deseo la paz. En el Nombre de Jesús te pido perdón y deseo mi paz. Si esa persona merece la paz, la va a recibir y le hará mucho bien; si esa persona no es capaz de abrirse a la paz, esa paz volverá a tu corazón. Pero no quiero que recibas y des la paz a otras personas cuando no eres capaz de perdonar y sentir esa paz primero en tu corazón.”</em></p>
<p><em>“Cuidado con lo que hacen”</em> – continuó el Señor &#8211; <em>“Ustedes repiten en el Padrenuestro: perdónanos así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Si ustedes son capaces de perdonar y no olvidar, como dicen algunos, están condicionando el perdón de Dios. Están diciendo perdóname únicamente como yo soy capaz de perdonar, no más allá.”</em></p>
<p>No sé cómo explicar mi dolor, al comprender cuánto podemos herir al Señor y cuánto podemos lastimarnos nosotros mismos con tantos rencores, sentimientos malos y cosas feas que nacen de los complejos y de las susceptibilidades. Perdoné, perdoné de corazón y pedí perdón a todos los que me habían lastimado alguna vez, para sentir la paz del Señor.</p>
<p>El celebrante decía: “&#8230;concédenos la paz y la unidad&#8230;” y luego: “l<strong>a paz del Señor</strong> esté con todos ustedes&#8230;”</p>
<p>De pronto vi que en medio de algunas personas que se abrazaban (no todos), se colocaba en medio una luz muy intensa, supe que era Jesús y me abalancé prácticamente a abrazar a la persona que estaba a mi lado. Pude sentir verdaderamente el abrazo del Señor en esa luz, era Él que me abrazaba para darme Su paz, porque en ese momento había sido yo capaz de perdonar y de sacar de mi corazón todo dolor contra otras personas. Eso es lo que Jesús quiere, compartir ese momento de alegría abrazándonos para desearnos Su Paz.</p>
<p>Llegó el momento de la <strong>Comunión</strong> de los celebrantes, ahí volví a notar la presencia de todos los sacerdotes junto a Monseñor. Cuando él comulgaba, dijo la Virgen:</p>
<p><em>“Este es el momento de pedir por el celebrante y los sacerdotes que lo acompañan, repite junto a Mí: Señor, bendícelos, santifícalos, ayúdalos, purifícalos, ámalos, cuídalos, sostenlos con Tu Amor&#8230; Recuerden a todos los sacerdotes del mundo, oren por todas las almas consagradas&#8230;”</em></p>
<p>Hermanos queridos, ese es el momento en que debemos pedir porque ellos son Iglesia, como también lo somos nosotros los laicos. Muchas veces los laicos exigimos mucho de los sacerdotes, pero somos incapaces de rezar por ellos, de entender que son personas humanas, de comprender y valorar la soledad que muchas veces puede rodear a un sacerdote.</p>
<p>Debemos comprender que los sacerdotes son personas como nosotros y que necesitan comprensión, cuidado, que necesitan afecto, atención de parte de nosotros, porque están dando su vida por cada uno de nosotros, como Jesús, consagrándose a él.</p>
<p>El Señor quiere que la gente del rebaño que le ha encomendado Dios ore y ayude en la santificación de su Pastor. Algún día, cuando estemos al otro lado, comprenderemos la maravilla que el Señor ha hecho al darnos sacerdotes que nos ayuden a salvar nuestra alma.</p>
<p>Empezó la gente a salir de sus bancas para ir a comulgar. Había llegado el gran momento del encuentro, de la <strong>Comunión</strong>, el Señor me dijo: <em>“Espera un momento, quiero que observes algo&#8230;”</em> por un impulso interior levanté la vista hacia la persona que iba a recibir la comunión en la lengua de manos del sacerdote.</p>
<p>Debo aclarar que esta persona era una de las señoras de nuestro grupo que la noche anterior no había alcanzado a confesarse, y lo hizo recién esa mañana, antes de la Santa Misa. Cuando el sacerdote colocaba la Sagrada Forma sobre su lengua, como un flash de luz, aquella luz muy dorada-blanca atravesó a esta persona por la espalda primero y luego fue bordeándola en la espalda, los hombros y la cabeza. Dijo el Señor:</p>
<p><em>“¡Así es como Yo Me complazco en abrazar a un alma que viene con el corazón limpio a recibirme!”</em></p>
<p>El matiz de la voz de Jesús era de una persona contenta. Yo estaba atónita mirando a esa amiga volver hacia su asiento rodeada de luz, abrazada por el Señor, y pensé en la maravilla que nos perdemos tantas veces por ir con nuestras pequeñas o grandes faltas a recibir a Jesús, cuando tiene que ser una fiesta.</p>
<p>Muchas veces decimos que no hay sacerdotes para confesarse a cada momento y el problema no está en confesarse a cada momento, el problema radica en nuestra facilidad para volver a caer en el mal. Por otro lado, así como nos esforzamos por ir a buscar un salón de belleza o los señores un peluquero cuando tenemos una fiesta, tenemos que esforzarnos también en ir a buscar un sacerdote cuando necesitamos que saque todas esas cosas sucias de nosotros, pero no tener la desfachatez de recibir a Jesús en cualquier momento con el corazón lleno de cosas feas.</p>
<p>Cuando me dirigía a recibir la comunión Jesús repetía: <em>“La última cena fue el momento de mayor intimidad con los Míos. En esa hora del amor, instauré lo que ante los ojos de los hombres podría ser la mayor locura, hacerme prisionero del Amor. Instauré la Eucaristía. Quise permanecer con ustedes hasta la consumación de los siglos, porque Mi Amor no podía soportar que quedaran huérfanos aquellos a quienes amaba más que a Mi vida&#8230;”</em></p>
<p>Recibí aquella Hostia, que tenía un sabor distinto, era una mezcla de sangre e incienso que me inundó entera. Sentía tanto amor que las lágrimas me corrían sin poder detenerlas&#8230;</p>
<p>Cuando llegué a mi asiento, al arrodillarme dijo el Señor: <em>“Escucha&#8230;”</em> Y en un momento comencé a escuchar dentro de mí las oraciones de una señora que estaba sentada delante de mí y que acababa de comulgar.</p>
<p>Lo que ella decía sin abrir la boca era más o menos así: “Señor, acuérdate que estamos a fin de mes y que no tengo el dinero para pagar la renta, la cuota del auto, los colegios de los chicos, tienes que hacer algo para ayudarme&#8230; Por favor, haz que mi marido deje de beber tanto, no puedo soportar más sus borracheras y mi hijo menor, va a perder el año otra vez si no lo ayudas, tiene exámenes esta semana&#8230; Y no te olvides de la vecina que debe mudarse de casa, que lo haga de una vez porque ya no la puedo aguantar&#8230; etc., etc.”</p>
<p>De pronto el señor Arzobispo dijo: <strong>“Oremos”</strong> y obviamente toda la asamblea se puso de pie para la oración final. Jesús dijo con un tono triste: <em>“¿Te has dado cuenta? Ni una sola vez Me ha dicho que Me ama, ni una sola vez ha agradecido el don que Yo le He hecho de bajar Mi Divinidad hasta su pobre humanidad, para elevarla hacia Mí. Ni una sola vez ha dicho: gracias, Señor. Ha sido una letanía de pedidos&#8230; y así son casi todos los que vienen a recibirme.”</em></p>
<p><em>“Yo He muerto por amor y Estoy resucitado. Por amor espero a cada uno de ustedes y por amor permanezco con ustedes&#8230;, pero ustedes no se dan cuenta que necesito de su amor. Recuerda que Soy el Mendigo del Amor en esta hora sublime para el alma.”</em></p>
<p>¿Se dan cuenta ustedes de que Él, el Amor, está pidiendo nuestro amor y no se lo damos? Es más, evitamos ir a ese encuentro con el Amor de los Amores, con el único amor que se da en oblación permanente.</p>
<p>Cuando el celebrante iba a impartir la <strong>Bendición</strong>, la Santísima Virgen dijo: <em>“Atenta, cuidado&#8230; Ustedes hacen un garabato en lugar de la señal de la Cruz. Recuerda que esta bendición puede ser la última que recibas en tu vida, de manos de un sacerdote. Tú no sabes si saliendo de aquí vas a morir o no y no sabes si vas a tener la oportunidad de que otro sacerdote te de una bendición. Esas manos consagradas te están dando la bendición en el Nombre de la Santísima Trinidad, por lo tanto, haz la señal de la Cruz con respeto y como si fuera la última de tu vida.”</em></p>
<p>¡Cuántas cosas nos perdemos al no entender y al no participar todos los días de la Santa Misa! ¿Por qué no hacer un esfuerzo de empezar el día media hora antes para correr a la Santa Misa y recibir todas las bendiciones que el Señor quiere derramar sobre nosotros?</p>
<p>Estoy consciente de que no todos, por sus obligaciones pueden hacerlo diariamente, pero al menos dos o tres veces por semana, sí y sin embargo tantos esquivan la Misa del domingo con el pequeño pretexto de que tienen un niño chico o dos o diez y por lo tanto no pueden asistir a Misa&#8230; ¿Cómo hacen cuando tienen otro tipo de compromisos importantes? Cargan con todos los niños o se turnan y el esposo va a una hora y la esposa a otra hora, pero cumplen con Dios.</p>
<p>Tenemos tiempo para estudiar, para trabajar, para divertirnos, para descansar, pero NO TENEMOS TIEMPO PARA IR AL MENOS EL DOMINGO A LA SANTA MISA.</p>
<p>Jesús me pidió que me quedara con Él unos minutos más luego de terminada la Misa. Dijo:</p>
<p><em>“No salgan a la carrera terminada la Misa, quédense un momento en Mi Compañía, disfruten de ella y déjenme disfrutar de la de ustedes&#8230;”</em></p>
<p>Había oído a alguien de niña decir que el Señor permanecía en nosotros como 5 ó 10 minutos luego de la comunión. Se lo pregunté en ese momento:</p>
<p>- “Señor, verdaderamente, ¿cuánto tiempo te quedas luego de la comunión con nosotros?”</p>
<p>Supongo que el Señor se debió reír de mi tontera porque contestó: <em>“Todo el tiempo que tú quieras tenerme contigo. Si me hablas todo el día, dedicándome unas palabras durante tus quehaceres, te escucharé. Yo estoy siempre con ustedes, son ustedes los que Me dejan a Mí. Salen de la Misa y se acabó el día de guardar, cumplieron con el día del Señor y se acabó, no piensan que Me gustaría compartir su vida familiar con ustedes, al menos ese día.”</em></p>
<p><em>“Ustedes en sus casas tienen un lugar para todo y una habitación para cada actividad: un cuarto para dormir, otro para cocinar, otro para comer, etc. etc. ¿Cuál es el lugar que han hecho para Mí? Debe ser un lugar no solamente donde tengan una imagen que está empolvada todo el tiempo, sino un lugar donde al menos 5 minutos al día la familia se reúna para agradecer por el día, por el don de la vida, para pedir por sus necesidades del día, pedir bendiciones, protección, salud&#8230; Todo tiene un lugar en sus casas, menos Yo.”</em></p>
<p><em>“Los hombres programan su día, su semana, su semestre, sus vacaciones, etc. Saben qué día van a descansar, qué día ir al cine o a una fiesta, a visitar a la abuela o los nietos, los hijos, a los amigos, a sus diversiones. ¿Cuántas familias dicen una vez al mes al menos: “Este es el día en que nos toca ir a visitar a Jesús en el Sagrario” y viene toda la familia a conversar Conmigo, a sentarse frente a Mí y conversarme, contarme cómo les fue durante el último tiempo, contarme los problemas, las dificultades que tienen, pedirme lo que necesitan&#8230; ¡Hacerme partícipe de sus cosas!? ¿Cuántas veces?”</em></p>
<p><em>“Yo lo sé todo, leo hasta en lo más profundo de sus corazones y sus mentes, pero me gusta que me cuenten ustedes sus cosas, que Me hagan partícipe como a un familiar, como al más íntimo amigo. ¡Cuántas gracias se pierde el hombre por no darme un lugar en su vida!”</em></p>
<p>Cuando me quedé aquel día con Él y en muchos otros días, fue dándonos enseñanzas y hoy quiero compartir con ustedes en esta misión que me han encomendado. Dice Jesús:</p>
<p><em>“Quise salvar a mi criatura, porque el momento de abrirles la puerta del cielo ha sido preñado con demasiado dolor&#8230;” “Recuerda que ninguna madre ha alimentado a su hijo con su carne, Yo He llegado a ese extremo de Amor para comunicarles mis méritos.”</em></p>
<p><em>“La Santa Misa Soy Yo mismo prolongando Mi vida y Mi sacrificio en la Cruz entre ustedes. Sin los méritos de Mi vida y de Mi Sangre, ¿qué tienen para presentarse ante el Padre? La nada, la miseria y el pecado&#8230;”</em></p>
<p><em>“Ustedes deberían exceder en virtud a los Ángeles y Arcángeles, porque ellos no tienen la dicha de recibirme como alimento, ustedes sí. Ellos beben una gota del manantial, pero ustedes que tienen la gracia de recibirme, tienen todo el océano para beberlo.”</em></p>
<p>La otra cosa de la que habló con dolor el Señor fue de las personas que hacen un hábito de su encuentro con Él. De aquellas que han perdido el asombro de cada encuentro con Él. Que la rutina vuelve a ciertas personas tan tibias que no tienen nada nuevo que decirle a Jesús al recibirlo. De no pocas almas consagradas que pierden el entusiasmo de enamorarse del Señor y hacen de su vocación un oficio, una profesión a la que no se le entrega más que lo que exige de uno, pero sin sentimiento&#8230;</p>
<p>Luego el Señor me habló de <strong>los frutos que debe dar cada comunión en nosotros</strong>. Es que sucede que hay gente que recibe al Señor a diario y que no cambia su vida. Que tienen muchas horas de oración y que hace muchas obras, etc. etc. Pero su vida no se va transformando y una vida que no se va transformando, no puede dar frutos verdaderos para el Señor. Los méritos que recibimos en la Eucaristía deben dar frutos de conversión en nosotros y frutos de caridad para con nuestros hermanos.</p>
<p>Los laicos tenemos un papel muy importante dentro de nuestra Iglesia, no tenemos ningún derecho a callarnos ante el envío que nos hace el Señor como a todo bautizado, de ir a anunciar la Buena Nueva. No tenemos ningún derecho de absorber todos estos conocimientos y no darlos a los demás y permitir que nuestros hermanos se mueran de hambre teniendo nosotros tanto pan en nuestras manos.</p>
<p>No podemos mirar que se esté desmoronando nuestra Iglesia, porque estamos cómodos en nuestras Parroquias, en nuestras casas, recibiendo y recibiendo tanto del Señor: Su Palabra, las homilías del sacerdote, las peregrinaciones, la Misericordia de Dios en el Sacramento de la confesión, la unión maravillosa con el alimento de la comunión, las charlas de tales o cuales predicadores.</p>
<p>En otras palabras, estamos recibiendo tanto y no tenemos el valor de salir de nuestras comodidad, de ir a una cárcel, a un instituto correccional, hablarle al más necesitado, decirle que no se entregue, que ha nacido católico y que su Iglesia lo necesita, ahí, sufriente, porque ese su dolor va a servir para redimir a otros, porque ese sacrificio le va a ganar la vida eterna.</p>
<p>No somos capaces de ir donde los enfermos terminales en los hospitales y rezando la coronilla a la Divina Misericordia, ayudarlos con nuestra oración en ese momento de lucha entre el bien y el mal, para librarlos de las trampas y tentaciones del demonio. Todo moribundo tiene temor y el solo tomar la mano de uno de ellos y hablarle del amor de Dios y de la maravilla que lo espera en el Cielo junto a Jesús y María, junto a sus seres que partieron, los reconforta.</p>
<p>La hora que estamos viviendo, no admite filiaciones con la indiferencia. Tenemos que ser la mano larga de nuestros sacerdotes para ir donde ellos no pueden llegar. Pero para ello, para tener el valor, debemos recibir a Jesús, vivir con Jesús, alimentarnos de Jesús.</p>
<p>Tenemos miedo a comprometernos un poco más y cuando el Señor dice: <em>“Busca primero el Reino de Dios y lo demás se te dará por añadidura”</em>, es el todo hermanos. Es el buscar el Reino de Dios por todos los medios y con todos los medios y&#8230; ¡abrir las manos para recibir TODO por añadidura; porque es el Patrón que mejor paga, el único que está atento a tus menores necesidades!</p>
<p>Hermano, hermana, gracias por haberme permitido cumplir con la misión que se me ha encomendado: <u>hacerte llegar estas páginas</u>.</p>
<p>La próxima vez que asistas a la Santa Misa, <strong>vívela</strong>. Sé que el Señor cumplirá contigo la promesa de que “Nunca más tu Misa volverá a ser la de antes”, y cuando lo recibas: ¡Ámalo! Experimenta la dulzura de sentirte reposando entre los pliegues de Su costado abierto por ti, para dejarte Su Iglesia y Su Madre, para abrirte las puertas de la Casa de Su Padre, para que seas capaz de comprobar Su Amor Misericordioso a través de este testimonio y trates de corresponderle con tu pequeño amor.</p>
<p>Que Dios te bendiga en esta Pascua de Resurrección.</p>
<p>Tu hermana en Jesucristo Vivo,</p>
<p>Catalina Rivas<br />
Misionera laica del Corazón Eucarístico de Jesús</p>
<p><small><br />
<strong>ANOTACIONES</strong><br />
“NO ENCUENTRO NADA EN CONTRA DE LA FE O LAS COSTUMBRES DE LA IGLESIA”<br />
PBRO. DANIEL GAGNON, OMI<br />
COMISIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE<br />
ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO<br />
ABRIL 2000<br />
NO ES MI FUNCIÓN CONFIRMAR SU CARÁCTER SOBRENATURAL. SIN EMBARGO LO RECOMIENDO POR SU INSPIRACIÓN ESPIRITUAL.</p>
<p>Propiedad registrada © 2004, La Gran Cruzada del Amor y Misericordia. Todo derecho reservado. Este libro se publica en coordinación con El Apostolado de la Nueva Evangelización (ANE).</p>
<p>Permiso es otorgado para reproducir este libro en su totalidad, sin haber sufrido cambios o adiciones, y siempre y cuando la reproducción y distribución sean hechas únicamente sin fines de lucro. Este documento está disponible sin costo ninguno, a través del Internet. Se puede entrar en línea e imprimir de los siguientes sitios en el WEB:<br />
En español: www.grancruzada.org<br />
En inglés: www.greatcrusade.org</p>
<p>Para información adicional, por favor escriba a:<br />
La Gran Cruzada del Amor y Misericordia<br />
(The Great Crusade of Love and Mercy)<br />
P.O. Box 857, Lithonia, Georgia 30058 USA<br />
www.loveandmercy.org</p>
<p>Por favor, ¡comparte este regalo! Si Jesús le habló a tu corazón mientras leías esta libro, por favor comparte estas palabras, sacando fotocopias de este documento para difundirlo a personas que al leerlo pienses que vayan a ser bendecidas. Por favor, permite que el Espíritu Santo te guíe en la evangelización, de acuerdo con los dones que Él te ha dado.<br />
</small></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/testimonio-de-catalina-rivas-sobre-la-santa-misa/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La Eucaristía: sacramento y sacrificio</title>
		<link>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/la-eucaristia-sacramento-y-sacrificio/</link>
		<comments>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/la-eucaristia-sacramento-y-sacrificio/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 19:09:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Eucaristía]]></category>
		<category><![CDATA[sacramentos]]></category>
		<category><![CDATA[Santa Misa]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://74.55.11.82/~tengo113/?p=112</guid>
		<description><![CDATA[

La Eucaristía como sacramento

Naturaleza &#8211; La eucaristía es el sacramento en el cual bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y substancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.
Se le llama el “sacramento por excelencia”, porque en él se encuentra Cristo presente, quien es fuente de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/eucaristia_sacramento_sacrificio.jpg" alt="La eucaristía: sacramento y sacrificio" title="La eucaristía: sacramento y sacrificio" width="200" height="250" class="alignnone size-full wp-image-113" /></p>
<h2>
La Eucaristía como sacramento<br />
</h2>
<p><strong>Naturaleza</strong> &#8211; La eucaristía es el sacramento en el cual bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y substancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.</p>
<p>Se le llama el “sacramento por excelencia”, porque en él se encuentra Cristo presente, quien es fuente de todas las gracias. Además, todos los demás sacramentos tienden o tienen como fin la Eucaristía, ayudando al alma para recibirlo mejor y en la mayoría de las veces, tienen lugar dentro de la Eucaristía.<span id="more-112"></span></p>
<p>A este sacramento se le denomina de muchas maneras dada su riqueza infinita. La palabra Eucaristía quiere decir acción de gracias, es uno de los nombres más antiguos y correcto porque en esta celebración damos gracias al Padre, por medio de su Hijo, Jesucristo, en el Espíritu y recuerda las bendiciones judías que hacen referencia a la creación, la redención y la santificación (Cfr. Lucas 22, 19).</p>
<ul>
<li>Es el <strong>Banquete del Señor</strong> porque es la Cena que Cristo celebró con sus apóstoles justo antes de comenzar la pasión. (Cfr. 1 Colosenses 11, 20).</li>
<li><strong>Fracción del pan</strong> porque este rito fue el que utilizó Jesús cuando bendecía y distribuía el pan, sobre todo en la Última Cena. Los discípulos de Emaús lo reconocieron &#8211; después de la resurrección &#8211; por este gesto y los primeros cristianos llamaron de esta manera a sus asambleas eucarísticas. (Cfr. Mateo 26, 25; Lucas 24, 13-35; Hechos 2, 42-46).</li>
<li>También, se le dice <strong>asamblea eucarística</strong> porque se celebra en la asamblea &#8211; reunión &#8211; de los fieles.</li>
<li><strong>Santo sacrificio</strong>, porque se actualiza el sacrificio de Cristo. Es memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.</li>
<li><strong>Comunión</strong>, porque es la unión íntima con Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre.</li>
<li><strong>Didaché</strong>, es el sentido primero de la “comunión de los santos” que se menciona en el símbolo de los Apóstoles.</li>
<li><strong>Misa</strong>, posee un sentido de misión, llevar a los demás lo que se ha recibido de Dios en el sacramento. Usada desde el siglo VI, tomada de las últimas palabras “ite missa est”.</li>
</ul>
<p><strong>Institución</strong> &#8211; En el Antiguo Testamento encontramos varias prefiguraciones de este sacramento, como son:</p>
<ul>
<li>El <strong>maná</strong>, con que se alimentó el pueblo de Israel durante su peregrinar por el desierto. (Cfr. Éxodo 16, 14-15).</li>
<li>El <strong>sacrificio de Melquisedec</strong>, sacerdote que en acción de gracias por la victoria de Abraham, ofrece pan y vino. (Cfr. Génesis 14, 18).</li>
<li>El mismo <strong>sacrificio de Abraham</strong>, que está dispuesto a ofrecer la vida de su hijo Isaac. (Cfr. Génesis 22, 10).</li>
<li>Así como, el <strong>sacrificio del cordero pascual</strong>, que libró de la muerte al pueblo de Israel, en Egipto. (Cfr. Éxodo 12).</li>
</ul>
<p>Igualmente, la Eucaristía fue mencionada &#8211; a manera de profecías &#8211; en el Antiguo Testamento por Salomón en el libro de los Proverbios, donde le ordena a los criados a ir para comer y beber el vino que les había preparado. (Cfr. Proverbios 9, 1). El profeta Zacarías habla del trigo de los elegidos y del vino que purifica.</p>
<p>El mismo Cristo &#8211; después de la multiplicación de los panes &#8211; profetiza su presencia real, corporal y sustancial, en Cafarnaúm, cuando dice: <em>“Yo soy el pan de vida &#8230;&#8230; Si uno come de este pan vivirá para siempre, pues el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”</em> (Juan 6, 32-34; 51).</p>
<p>Cristo, sabiendo que había llegado su <em>“hora”</em>, después de lavar los pies a sus apóstoles y de darles el mandamiento del amor, instituye este sacramento el Jueves Santo, en la Última Cena (Mateo 26, 26 -28; Marcos 14, 22 -25; Lucas 22, 19 &#8211; 20). Todo esto con el fin de quedarse entre los hombres, de nunca separarse de los suyos y hacerlos partícipes de su Pasión. El sacramento de la Eucaristía surge del infinito amor de Jesucristo por el hombre.</p>
<p>El Concilio de Trento declaró como verdad de fe, que la Eucaristía es verdadero y propio sacramento porque en él están presente los elementos esenciales de los sacramentos: el signo externo; materia (pan y vino) y forma; confiere la gracia; y fue instituido por Cristo.</p>
<p>Cristo deja el mandato de celebrar el Sacramento de la Eucaristía e insiste, como se puede constatar en el Evangelio, en la necesidad de recibirlo. Dice que hay que comer y beber su sangre para poder salvarnos. (Juan 6, 54).</p>
<p>La Iglesia siempre ha sido fiel a la orden de Nuestro Señor. Los primeros cristianos se reunían en las sinagogas, donde leían unas Lecturas del Antiguo Testamento y luego se daba lugar a lo que llamaban <em>“fracción del pan”</em>, cuando fueron expulsados de las sinagogas, seguían reuniéndose en algún lugar una vez a la semana para distribuir el pan, cumpliendo así el mandato que Cristo les dejó a los Apóstoles.</p>
<p>Poco a poco se le fueron añadiendo nuevas lecturas, oraciones, etc. hasta que en 1570 San Pío V determinó como debería ser el rito de la Misa, mismo que se mantuvo hasta el Concilio Vaticano II.</p>
<h2>
La Eucaristía como sacrificio<br />
</h2>
<p>A pesar de que el sacramento y el sacrificio se llevan a cabo en la misma consagración, hay que distinguirlos. La Eucaristía es sacramento porque Cristo se nos da como alimento para el alma, y es sacrificio porque se ofrece a Dios en oblación.</p>
<p>En el sacramento la santificación del hombre es el fin, pues se le da como alimento y en el sacrificio el fin es darle gloria a Dios, es a Él a quien va dirigido. Así mismo, la Eucaristía es sacrificio de la Iglesia &#8211; Cuerpo Místico de Cristo &#8211; que se une a Él y se ofrece a Dios.</p>
<p>Desde el principio de la creación, el sacrificio es el principal acto de culto de las diferentes religiones, siempre se le han rendido a Dios homenajes. El sacrificio es un ofrecimiento a Dios, donde existe una cosa sensible que se inmola o se destruye (víctima), llevándolo a cabo un ministro legítimo, en reconocimiento del poder de Dios sobre todo lo creado.</p>
<p><strong>El sacrificio de la Misa</strong> &#8211; La Misa es el mismo sacrificio de la cruz, con todo su valor infinito. En él se cumplen todas las características del sacrificio, el sacerdote, y la víctima son el mismo Cristo, quien se inmola con el fin de darle gloria de Dios. No es una representación, sino una renovación, del sacrificio de la cruz. En cada una se repite el sacrificio de la cruz, la única diferencia es que se realiza de forma incruenta, sin derramamiento de sangre. La Misa es el perfecto sacrificio porque la víctima es perfecta.</p>
<p>La esencia misma de la Misa como sacrificio es la doble consagración del pan y del vino, no es la palabra, como tampoco lo es, la sola comunión.</p>
<p>La Santa Misa tiene dos elementos: Cristo ofrece su vida para rescatarnos del pecado, pues con su muerte espía nuestros pecados y es Cristo mismo quién se ofrece al Padre y une a su sacrificio al nuestro.</p>
<p>Por la Misa podemos ofrecer un sacrificio digno de Dios, además sí ofrecemos nuestros propios sacrificios por pequeños que sean al sacrificio de Cristo, estos adquieren el valor de Redención al ser incorporados al propio sacrificio de Cristo.</p>
<p>Cristo está presente en el sacerdote, quién representa a Cristo como mediador universal en la acción sacramental. Está presente en los fieles, que se unen y participan con el sacerdote y con Cristo en la Eucaristía. Nosotros nos unimos a su sacrificio y lo ofrecemos con Él. Así mismo, Cristo está presente en la palabra de Dios. Él es la Palabra del Padre que nos revela los misterios divinos y el sentido de la liturgia. En la Misa, por medio de la Comunión, nos unimos física y espiritualmente, formando un sólo Cuerpo. La Comunión es el gran don de Cristo que anticipa la vida eterna.</p>
<p><strong>Fines y efectos de la Eucaristía como sacrificio</strong> &#8211; La Santa Misa como reproducción que es del sacrificio redentor de la cruz, tiene los mismos fines y produce los mismos efectos:</p>
<ul>
<li><strong>Adoración</strong>: el sacrificio de la Misa rinde a Dios una adoración absolutamente digna de Él. Con una Misa le damos a Dios todo el honor que se le debe. Glorificación al Padre: con Cristo, en Cristo y por Cristo. Este es el fin latréutico.</li>
<li><strong>Reparación</strong>: fin propiciatorio, reparación por los pecados.</li>
<li><strong>Petición</strong>: fin impetratorio. Pedir gracias y favores, pues la Misa tiene eficacia infinita de la oración del mismo Cristo.</li>
</ul>
<ul>
<li>Nos alcanza, si no le ponemos obstáculos la gracia actual necesaria para el arrepentimiento de los pecados. Nada puede hacerse más eficaz para obtener de Dios la conversión de un pecador como ofrecer por esa intención el Santo Sacrificio de la Misa, rogando al mismo tiempo al Señor que quite del corazón del pecador los obstáculos para la obtención infalible de esa gracia.
</li>
<li>Remite infaliblemente, si no hay obstáculos, parte de la pena temporal.</li>
<li>A través de la Santa Misa recibe Dios, de modo infinito y sobreabundante, méritos remisorios de los pecados de vivos y difuntos.</li>
</ul>
<p><small><br />
Autor: Cristina Cendoya de Danel<br />
Fuente: es.Catholic.Net<br />
</small></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/la-eucaristia-sacramento-y-sacrificio/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Dichosos los que no han visto y han creído</title>
		<link>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/dichosos-los-que-no-han-visto-y-han-creido/</link>
		<comments>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/dichosos-los-que-no-han-visto-y-han-creido/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 18:21:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Eucaristía]]></category>
		<category><![CDATA[adoración eucarística]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://74.55.11.82/~tengo113/?p=106</guid>
		<description><![CDATA[
Fiesta de Sto. Tomás, apóstol
3 de julio de 1993
J.M.J.
Querido padre Tomás:
¡Feliz día de tu Santo! Algo muy gracioso me sucedió hace un par de años. Estaba pensando en ello cuando decidí escribirte. Lo que pasó fue que el padre Martín Lucia y yo fuimos juntos a un retiro espiritual. Como yo tenía un resfrío muy [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-107" title="Dichosos los que no han visto y han creído" src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/cartas_hno_sacerdote.jpg" alt="Dichosos los que no han visto y han creído" width="280" height="275" /></p>
<p>Fiesta de Sto. Tomás, apóstol<br />
3 de julio de 1993</p>
<p>J.M.J.</p>
<p>Querido padre Tomás:</p>
<p>¡Feliz día de tu Santo! Algo muy gracioso me sucedió hace un par de años. Estaba pensando en ello cuando decidí escribirte. Lo que pasó fue que el padre Martín Lucia y yo fuimos juntos a un retiro espiritual. Como yo tenía un resfrío muy fuerte y estaba tosiendo, el padre Martín me sugirió que tomara un trago de coñac para que me ayudara a dormir. No había llevado despertador y estaba preocupado que si tomaba el trago no iba a poder levantarme a las 3:00 a.m. para mi hora Santa con el Señor en el Santísimo Sacramento.<span id="more-106"></span></p>
<p>El padre Martín me aseguró que Dios iba a encontrar la forma de despertarme, así tomé el coñac. ¡Pum! A las 3:00 a.m. oí un fuerte golpe seguido de otros en la puerta. Esperando ver al padre Lucia cuando abrí la puerta, me quedé muy sorprendido al mirar hacia abajo y ver a un perro en su lugar. El perro había entrado a la casa, subido la escalera, se había puesto de espalda a la puerta y con la cola la golpeaba hasta que me levanté a abrirla. A la mañana siguiente me enteré que el perro nunca entraba a la casa.</p>
<p>Estoy sentado aquí pensando para mis adentros: Si Dios puede utilizar un perro para llevarme a mi hora Santa, ¿no podría usarme a mí, querido Tomás, para acercarte más al Santísimo Sacramento? Quiero seguir escribiéndote en mi máquina de escribir, con la misma fuerza del perro que golpeaba mi puerta, hasta que por la gracia de Dios empieces a hacer una hora Santa por día y tengas Adoración Perpetua en tu parroquia.</p>
<p>Es solo cuestión de fe, ¡fe en que el Santísimo Sacramento es realmente la persona de Jesús, aquí con nosotros, en este mismo lugar y en este mismo momento! Tu tocayo no creyó que Jesús había resucitado, <em>“Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”</em> (Jn 20,25).</p>
<p>Por esta razón se le llama: “Tomás el Incrédulo”. ¿Quién es hoy “Tomás el Incrédulo”? La gente cree en la Resurrección pero, ¿saben dónde mora el Señor resucitado? ¡Hoy, “Tomás el Incrédulo” es aquel que no cree que el Santísimo Sacramento es Jesús, nuestro Salvador Resucitado, con todo el poder de Su Resurrección, que derrama gracias abundantes sobre todos aquellos que se acercan a Su divina presencia!</p>
<p>Muchos dirán que “sí” creen en la Presencia Real. Pero la fe es mucho más que una aprobación intelectual. La creencia es inseparable del comportamiento. Si creemos que Jesús está presente en el Santísimo Sacramento, entonces nos comportamos de acuerdo a nuestra creencia. Vamos a Él, nos acercamos a Él, correos hacia Él. San Pablo dice, <em>“La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”</em> (Heb 11,1).</p>
<p>Si pudieras ver a Jesús en el Santísimo Sacramento, Tomás, ¿no reservarías una hora todos los días para estar con Él? Si pudieras verlo como realmente Él es, ¿no tendrías Adoración Perpetua en tu parroquia? El mundo entero vendría día y noche a verlo y a estar con Él.</p>
<p>Imagínate lo que sucedería si Jesús se hiciera visible en el Santísimo Sacramento. Todo el mundo querría tomar el primer vuelo hacia las Filipinas para ir a tu parroquia. Y, ¿no le diría Jesús a cada uno lo que le dijo al apóstol Tomás: <em>“Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”</em>? (Jn 20,29).</p>
<p>En el Evangelio de hoy, Jesús se le aparece a Tomás para que crea que ha resucitado. La maravilla más grande de su amor no es que Él se te aparezca; Jesús te espera en el Santísimo Sacramento. Él quiere que vayas a Él por la fe, para que por toda la eternidad te pueda llamar “BIENAVENTURADO”.</p>
<p>Su amor es más que decir: <em>“Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”</em> (Jn 20,27).</p>
<p>Jesús en el Santísimo Sacramento es el mismo que dijo estas palabras a Tomás, el mismo que atravesó las puertas cerradas y que se presentó en medio de loa apóstoles y les dijo: <em>“La paz esté con vosotros”</em>.</p>
<p>Esta es la paz que Jesús quiere que tengas en tus horas santas. La experiencia de esta paz es mucho mayor que si Jesús te mostrara sus llagas. Sus llagas no se ven en el Santísimo Sacramento. Sus llagas son ahora la belleza del paraíso. Estas llagas brillan más gloriosamente que el sol. Estas llagas son fuente de Gracia.</p>
<p>Jesús quiere darte la plenitud de estas gracias, que vengas a Él por la fe. Por eso es mucho mejor que Él no te muestre Sus llagas visiblemente como al apóstol Tomás, porque Él quiere derramar sobre ti las gracias invisibles de estas llagas con todo el merito, toda la gloria, la belleza y el amor salvífico que emanan de ellas.</p>
<p>Con cada hora Santa que hagas, le estás diciendo a Jesús: <em>“Señor mío y Dios mío”</em> (Jn 20,28).</p>
<p>Y cada vez Él te dice: <em>“Dichoso eres, Tomás, porque no has visto y has creído”</em>.</p>
<p>Fraternalmente tuyo en<br />
Su Amor Eucarístico,</p>
<p>Mons. Pepe</p>
<p><small><br />
Tomado del libro, <em>“Cartas a un hermano sacerdote”</em>, escrito por Rev. Vincent Martín Lucia y Rev. Mons. Josefino Ramírez. Este libro es un conjunto de 30 cartas sencillas y cariñosas escritas por monseñor Josefino Ramírez, Vicario General y Canciller de la Arquidiócesis de Manila, Filipinas, al padre Tomás Naval, un joven sacerdote y amigo. En estas cartas le explica la importancia de la Adoración Eucarística y le exhorta a tener Adoración Perpetua en su parroquia.<br />
</small></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.tengoseddeti.org/articulos/eucaristia/dichosos-los-que-no-han-visto-y-han-creido/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
