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	<title>tengo sed de Ti &#187; Reconciliación</title>
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	<description>Información y recursos sobre la fe Católica para ambos, católicos y no-católicos interesados en conocer y entender las enseñanzas de nuestra Iglesia...</description>
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		<title>El Sacramento de la Reconciliación</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 20:07:25 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[
Naturaleza – Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín “poenitere” que significa: tener pena, arrepentirse. Cuando hablamos teológicamente, este término se utiliza tanto para hablar de una virtud, como de un sacramento.
Como virtud moral – Esta virtud moral, hace que el pecador se sienta arrepentido de los pecados cometidos, tener el propósito de no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/sacramento_reconciliacion.jpg" alt="El Sacramento de la Reconciliación" title="El Sacramento de la Reconciliación" width="240" height="149" class="alignnone size-full wp-image-146" /></p>
<p><strong>Naturaleza</strong> – Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín <em>“poenitere”</em> que significa: tener pena, arrepentirse. Cuando hablamos teológicamente, este término se utiliza tanto para hablar de una virtud, como de un sacramento.</p>
<p><strong>Como virtud moral</strong> – Esta virtud moral, hace que el pecador se sienta arrepentido de los pecados cometidos, tener el propósito de no volver a caer y hacer algo en satisfacción por haberlos cometidos.<span id="more-145"></span></p>
<p>Cristo nos llama a la conversión y a la penitencia, pero no con obras exteriores, sino a la conversión del corazón, a la penitencia interior. De otro modo, sin esta disposición interior todo sería inútil (Cfr. Isaías 1, 16-17; Mateo 6, 1-6; 16-18).</p>
<p>Cuando hablamos teológicamente de esta virtud, no nos referimos únicamente a la penitencia exterior, sino que esta reparación tiene que ir acompañada del dolor de corazón por haber ofendido a Dios. No sería válido pedirle perdón por una ofensa a un jefe por miedo de perder el trabajo, sino que hay que hacerlo porque al faltar a la caridad, hemos ofendido a Dios (Cfr. Catecismo Núms. 1430 -1432).</p>
<p>Todos debemos de cultivar esta virtud, que nos lleva a la conversión. Los medios para cultivar esta virtud son: la oración, confesarse con frecuencia, asistir a la Eucaristía (fuente de las mayores gracias), la práctica del sacrificio voluntario, dándole un sentido de unión con Cristo y acercándose a María.</p>
<p><strong>Como sacramento</strong> – La virtud nos lleva a la conversión, como sacramento es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo, que perdona los pecados cometidos contra Dios &#8211; después de haberse bautizado -, obtiene la reconciliación con la Iglesia, a quien también se ha ofendido con el pecado, al pedir perdón por los pecados ante un sacerdote. Esto fue definido por el Concilio de Trento como verdad de fe (Cfr. Lumem Gentium 11).</p>
<p>A este sacramento se le llama sacramento de “conversión”, porque responde a la llamada de Cristo a convertirse, de volver al Padre y la lleva a cabo sacramentalmente. Se llama de “penitencia” por el proceso de conversión personal y de arrepentimiento y de reparación que tiene el cristiano. También es una “confesión”, porque la persona confiesa sus pecados ante el sacerdote, requisito indispensable para recibir la absolución y el perdón de los pecados graves.</p>
<p>El nombre de “Reconciliación” se debe a que reconcilia al pecador con el amor del Padre. Él mismo nos habla de la necesidad de la reconciliación. <em>“Ve primero a reconciliarte con tu hermano”</em> (Mateo 5, 24) (Cfr. Catecismo Núms. 1423 -1424).</p>
<p>El sacramento de la Reconciliación o Penitencia y la virtud de la penitencia están estrechamente ligados, para acudir al sacramento es necesaria la virtud de la penitencia que nos lleva a tener ese sincero dolor de corazón.</p>
<p>La Reconciliación es un verdadero sacramento porque en él están presente los elementos esenciales de todo sacramento, es decir el signo sensible, el haber sido instituido por Cristo y porque confiere la gracia.</p>
<p>Este sacramento es uno de los dos sacramentos llamados de “curación” porque sana el espíritu. Cuando el alma está enferma debido al pecado grave, se necesita el sacramento que le devuelva la salud, para que la cure. Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (Cfr. Marcos 2, 1-12).</p>
<p>Cristo instituyó los sacramentos y se los confió a la Iglesia &#8211; fundada por Él &#8211; por lo tanto la Iglesia es la depositaria de este poder, ningún hombre por sí mismo, puede perdonar los pecados. Como en todos los sacramentos, la gracia de Dios se recibe en la Reconciliación <em>“ex opere operato”</em> &#8211; obran por la obra realizada &#8211; siendo el ministro el intermediario. La Iglesia tiene el poder de perdonar todos los pecados.</p>
<p>En los primeros tiempos del cristianismo, se suscitaron muchas herejías respecto a los pecados. Algunos decían que ciertos pecados no podían perdonarse, otros que cualquier cristiano bueno y piadoso lo podía perdonar, etc. Los protestantes fueron unos de los que más atacaron la doctrina de la Iglesia sobre este sacramento. Por ello, El Concilio de Trento declaró que Cristo comunicó a los apóstoles y sus legítimos sucesores la potestad de perdonar realmente todos los pecados (Denzinger 894 y 913).</p>
<p>La Iglesia, por este motivo, ha tenido la necesidad, a través de los siglos, de manifestar su doctrina sobre la institución de este sacramento por Cristo, basándose en Sus obras. Preparando a los apóstoles y discípulos durante su vida terrena, perdonando los pecados al paralítico en Cafarnaúm (Lucas 5, 18-26), a la mujer pecadora (Lucas 7, 37-50)… Cristo perdonaba los pecados, y además los volvía a incorporar a la comunidad del pueblo de Dios.</p>
<p>El poder que Cristo le otorgó a los apóstoles de perdonar los pecados, implica un acto judicial (Concilio de Trento), pues el sacerdote actúa como juez, imponiendo una sentencia y un castigo. Sólo que en este caso, la sentencia es siempre el perdón, sí es que el penitente ha cumplido con todos los requisitos y tiene las debidas disposiciones. Todo lo que ahí se lleva a cabo es en nombre y con la autoridad de Cristo.</p>
<p>Solamente si alguien se niega &#8211; deliberadamente &#8211; a acogerse la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento estará rechazando el perdón de los pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo y no será perdonado. <em>“El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno”</em> (Marcos 3, 29). Esto es lo que llamamos el pecado contra el Espíritu Santo. Esta actitud tan dura nos puede llevar a la condenación eterna (Cfr. Catecismo Núm. 1864).</p>
<p><strong>Institución</strong> – Después de la Resurrección estaban reunidos los apóstoles &#8211; con las puertas cerradas por miedo a los judíos &#8211; se les aparece Jesús y les dice: <em>“La paz con vosotros. Como el Padre me envío, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedaran perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”</em> (Juan 20, 21-23). Este es el momento exacto en que Cristo instituye este sacramento. Cristo &#8211; que nos ama inmensamente &#8211; en su infinita misericordia le otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Jesús les da el mandato &#8211; a los apóstoles &#8211; de continuar la misión para la que fue enviado; el perdonar los pecados. No pudo hacernos un mejor regalo que darnos la posibilidad de liberarnos del mal del pecado.</p>
<p>Dios le tiene a los hombres un amor infinito, Él siempre está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Vemos a través de diferentes pasajes del Evangelio como se manifiesta la misericordia de Dios con los pecadores. (Cfr. Lucas 15, 4-7; Lucas15, 11-31). Cristo, conociendo la debilidad humana, sabía que muchas veces nos alejaríamos de Él por causa del pecado. Por ello, nos dejó un sacramento muy especial que nos permite la reconciliación con Dios. Este regalo maravilloso que nos deja Jesús, es otra prueba más de su infinito amor.</p>
<p><small><br />
Autor: Cristina Cendoya de Danel<br />
Fuente: es.Catholic.Net<br />
</small></p>
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		<title>La Reconciliación con uno mismo</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 19:54:49 +0000</pubDate>
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Es fácil arrinconar una verdad que todos aprendimos un día, porque cuesta reconocerla. Algo de esto encuentro en las causas que pueden haber motivado la publicación de la Exhortación Apostólica post-sinodal, Reconciliatio et Paenitentia. Con este propósito cito en n. 13 del Documento: “Como escribe el apóstol San Juan: ‘Si decimos que estamos sin pecado, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/con_uno_mismo.jpg" alt="La Reconciliación con uno mismo" title="La Reconciliación con uno mismo" width="250" height="210" class="alignnone size-full wp-image-143" /></p>
<p>Es fácil arrinconar una verdad que todos aprendimos un día, porque cuesta reconocerla. Algo de esto encuentro en las causas que pueden haber motivado la publicación de la Exhortación Apostólica post-sinodal, <em>Reconciliatio et Paenitentia</em>. Con este propósito cito en n. 13 del Documento: <em>“Como escribe el apóstol San Juan: ‘Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Él que es fiel y justo nos perdonará los pecados’ (1 Jn 1,8 ss). Estas palabras inspiradas, escritas en los albores de la Iglesia, nos introducen mejor que cualquier otra expresión humana en el tema del pecado, que está íntimamente ligado con el de la reconciliación.<span id="more-142"></span> Tales palabras enfocan el problema del pecado en su perspectiva antropológica, como parte de la verdad sobre el hombre&#8230;”</em> La verdad sobre el hombre pecador ha querido ser puesta de lado en muchos intentos de la llamada ‘nueva moral’.</p>
<p>Partiendo de las palabras del apóstol San Juan, antes citadas, podemos decir que todos los hombres somos pecadores y, por lo tanto, que todos sentimos esa ruptura interior. Entre las múltiples consecuencias de esa ruptura del hombre consigo mismo, me parece interesante analizar un pasaje de Santo Tomás en la Suma Teológica, I-II, q. 85, a 3.</p>
<p>La justicia original ha sido rota por el pecado original, afirma el Santo. Por lo tanto, las fuerzas de las pasiones se han rebelado contra el mandato de la razón y, a su vez, la misma razón ha dejado de permanecer sometida a Dios. En otras palabras, se ha producido una ruptura interior en el hombre, por la cual ha perdido su unidad hacia el fin último, que es Dios. El hombre se ha disgregado en múltiples fuerzas interiores que se contraponen unas con otras. Es San Pablo quien nos lo recuerda en la Epístola a los Romanos: <em>“Cuando yo quiero hacer el bien, me encuentro con una ley o inclinación contraria, porque el mal está pegado a mí&#8230;”</em>(1)</p>
<p>Esta división interior, consecuencia del pecado original, facilita que se intente diseñar diferentes conceptos del hombre, en la medida en que se toma una parte de esta naturaleza escindida como lo esencial. Por ejemplo, si se piensa que la potencia volitiva es lo absoluto en la naturaleza del hombre o si este papel se adjudica a la afectividad o a cualquier otra facultad humana. Este olvido del pecado original, que es uno de sus principales efectos, hace que hoy tantos saberes parciales quieran erigirse en sabidurías absolutas y tomen la pretensión de sustituir las directrices de la ley divina y su participación en la criatura, la ley natural. Una correcta visión de lo que la pérdida de la justicia original significa, aclara y facilita un buen análisis posterior.</p>
<p>La fragmentación que tiende a la atomización de las diferentes potencias del hombre, ha causado en la razón -la inteligencia- una herida. El hombre ha perdido su trayectoria que le lleva hacia la verdad. El hombre es ignorante y puede salir de este estado con gran esfuerzo y con la ayuda de la gracia de Dios. Hay una íntima conexión entre contemplación y acción o, en otras palabras, entre la búsqueda de la verdad y la conducta moral.</p>
<p>Estoy profundamente convencido de que se inicia el principio del fin de una etapa en <em>“que la ilusión de ciertos cristianos y teólogos les llevaba a buscar la respuesta teórica y práctica de esta ruptura, precisamente en la ideología burguesa y en la ideología marxista, que son precisamente origen de esta ruptura”</em>(2). Es decir, en vez de abrirse a la Revelación que nos habla de este pecado en el origen, se prefería acudir a una ideología mítica que hablaba de una lucha de clases, como si el problema se originara fuera del hombre. Vendría a representar la imagen de quien quiere apagar el fuego echando gasolina. Alimentar la realidad de esa lucha interior con la exaltación de la lucha de clases es no entender nada del mensaje de Cristo.</p>
<p><em>“El corazón no es nunca ajeno a la verdad. En rigor no es el entendimiento el que entiende, ni la voluntad la que quiere, sino el hombre el que entiende por su entendimiento y quiere por su voluntad siempre que quiere entender y entiende lo que quiere”</em>(3). Por eso una curación de la herida en el entendimiento necesariamente lleva consigo la curación del corazón. Como decía el Prof. Cafarra, <em>“se trata de sanar la razón sanando el corazón, haciendo salir al hombre de la decisión de fundarse en sí mismo, de encontrarse en sí mismo, de finalizarse en sí mismo. En una palabra, perderse para encontrarse”</em>(4). Esta es la gran verdad evangélica que el Papa Juan Pablo II proclama cuando recuerda la necesidad de predicar <em>“la verdad sobre Jesucristo, la verdad sobre la Iglesia y la verdad sobre el hombre”</em>.</p>
<p>La voluntad también ha sufrido las consecuencias de este pecado en el origen. Ha sido destituida, dice Santo Tomás, de su dirección hacia el bien. Ha dejado de buscar el bien para buscar el bien ‘para mí’. Esta pequeña inversión en su tendencia original origina el egoísmo que, a su vez, llevado a dimensiones sociales, causa las injusticias. Vemos pues la relación del pecado personal y sus aplicaciones en el llamado pecado social. Ese bien ‘para mí’ no puede ser compartido por ‘el otro’, surgiendo la lucha entre el ‘yo’ y el ‘tú’. De esta dinámica surgen muchas formas de antagonismos, entre los cuales figura aquel <em>“mal social”</em>(5) llamado la lucha de clases. Se trata de curar esta facultad de la persona humana, siendo fiel al mensaje de Cristo. En consecuencia, será <em>“una intensa vida teologal -la frecuencia de sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía- la que permitirá sanar esta herida”</em>(6).</p>
<p><em>“La herida de la voluntad repercute en la libertad humana. La libertad del hombre es la libertad de un ser compuesto de alma y cuerpo, inmerso en el tiempo y herido en su naturaleza”</em>(7). De ahí, en primer lugar, que no se decida por Dios en un solo acto, por una única opción, sino con trabajo a lo largo de toda su vida. El riesgo es un fiel acompañante de la libertad creada y no hay ideología que pervierta la apertura que todo hombre tiene a forjar su destino eterno en el caminar terreno. Por lo tanto, vemos con satisfacción que la Exhortación aclara rotundamente la falsedad de la llamada ‘opción fundamental’.</p>
<p>Pasemos a examinar el efecto del pecado original en nuestros apetitos sensitivos, tanto el irascible como el concupiscible. Es evidente que las pasiones condicionan el obrar de la persona. Este condicionamiento será todo lo profundo que se quiera en función del desorden que se permita a los apetitos. La disgregación se manifiesta en este escalón particularmente agresiva.</p>
<p>El apetito irascible reniega de emprender aquellas obras que le suponen esfuerzo. Busca lo cómodo, no necesariamente lo bueno. Lo que el Papa en la Exhortación llama el <em>“secularismo que por su misma naturaleza y definición es un movimiento de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total abstracción de Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la vez que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el peligro de perder la propia alma, no puede menos de minar el sentido del pecado”</em>(8). Este intento de un humanismo ateo, aunque lo puedan atender algunos cristianos, no tiene otra explicación que la ignorancia del pecado o el no querer enmendar la propia conducta pecaminosa. El desorden de las pasiones en nuestra época es alimentado por múltiples requerimientos que las excitan, haciendo más difícil aún su recta orientación hacia el bien. Vemos que tanto el cine como la TV hacen el papel de catalizadores del mal, al proyectar una pornografía abusiva y denigrante contra la dignidad de la persona. La droga es el sedante de la búsqueda de lo arduo.</p>
<p>Por último, la cuarta herida causada por esta ruptura interior, deja su huella en el apetito concupiscible. La búsqueda de lo deleitable al margen del mandato de la recta razón convierten al hombre en un protagonista de la sociedad permisiva. En este campo se observa la brutalidad más descarnada. La persona, perdido el sentido del pudor y dejada de lado la ley natural, convierte las manifestaciones del amor humano en el campo del desorden puramente sexual. Se ha perdido la dimensión más profunda en el hombre: su capacidad de amar.</p>
<p>Las consecuencias de esta herida hacen que el matrimonio pueda degradarse a una pura búsqueda del placer sexual, sin integrarlo al nivel de la persona. Es decir, el amor-virtud desaparece y surge el sexo egoísta que destruye las uniones matrimoniales, porque no sabe el idioma del sacrificio y sólo busca la afirmación personal. He aquí el porqué de la mentalidad contraconceptiva.</p>
<p>Hasta aquí el comentario de la Suma Teológica. Sólo me queda resumir estas cuatro heridas, que proyectan su sombra sobre aquel sagrario interior donde la persona encuentra a Dios: la conciencia moral. Quien no lucha por restablecer la unidad perdida por la ruptura del pecado original deforma su conciencia moral. La íntima unidad que existe entre la contemplación y la acción hacen que no baste un conocimiento de la verdad para obrar rectamente; es necesaria la presencia de las virtudes que actualicen esos buenos deseos y hagan real la acción, sacándola del mero plano ideal.</p>
<p>Hoy más que nunca se hace necesaria una catequesis seria que ayude al hombre a formarse una recta conciencia moral, <em>“porque este sentido del pecado tiene su raíz en ella”</em>(9). Perdido el termómetro de la conciencia, perdido el sentido del pecado, perdido el sentido del pecado el hombre rompe consigo mismo y huye de una realidad que le agobia y deprime, porque no sabe encontrarle explicación. Tenemos así el cuadro que Santo Tomás nos pinta: <em>“La razón pierde agudeza, principalmente en el orden práctico; la voluntad se resiste a obrar el bien; la dificultad para hacer el bien se hace cada vez mayor y la sensualidad se inflama cada vez más”</em>(10).</p>
<p>He intentado una reflexión brevísima sobre algunas consecuencias de la ruptura interior generada por el pecado original y profundizada por los pecados personales. Sólo unas consideraciones finales. <em>“El pensamiento contemporáneo aparece inclinado a profundizar en el campo de la intuición directa en vez de sacar conclusiones metafísicas a posteriori”</em>(11). La filosofía fenomenológica ciertamente ha enriquecido nuestra conciencia de los fenómenos empíricos de la espiritualidad humana, pero no se ha decidido a dar el paso, como diría Santo Tomás, de los efectos a las causas. Este cometido le toca al teólogo si quiere diagnosticar correctamente los problemas que afectan al hombre, porque si no lo hace así corre el grave riesgo de quedarse en unas descripciones más exactas, pero que no conducen a una medicina adecuada. El fenómeno no puede ocultarnos la esencia del acto. Esta Exhortación nos facilita enormemente el camino para trascender de los efectos, que expone con gran claridad, a las causas, camino que resalta con una firmeza largamente esperada.</p>
<p><small><br />
Notas bibliográficas:<br />
(1) Rom 7,21.<br />
(2) Carlo CAFARRA, <em>Moralidad y Progreso Social</em>, Conferencia pronunciada en el Simposio Internacional de Teología, celebrado en la Universidad de Navarra, 1979. Publicado en Scripta Theologica 12 (1980/1)77 92, Pamplona.<br />
(3) Carlo CARDONA, <em>Metafísica de la opción intelectual</em>, Madrid 1969, p. 136.<br />
(4) Carlo CAFARRA, Conferencia antes citada.<br />
(5) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica post-sinodal <em>Reconciliatio et Paenitentiae</em>, n. 16.<br />
(6) Cfr. Carlo CAFARRA, Conferencia antes citada.<br />
(7) Ramón GARCÍA DE HARO &#8211; Ignacio CELAYA, <em>La Moral Cristiana</em>, Rialp, MAdrid 1975, p. 138.<br />
(8) JUAN PABLO II, Exhortc. cit., n. 18.<br />
(9) Ibid.<br />
(10) SANTO TOMÁS, <em>Summa Theologica</em>, I-II, p.85, a.3, c.<br />
(11) Card. Karol WOJTYLA, <em>La Evangelización del Hombre interior</em>, Conferencia pronunciada por el entonces Cardenal de Cracovia en el CRIS, Roma, 13-X-1974. Publicada por Scripta Theologica.<br />
</small></p>
<p><small><br />
Autor: Mons. Juan Luis Cipriani Thorne<br />
Intervención durante el I Congreso de la Reconciliación en el pensamiento de Juan Pablo II, Lima, 1985.<br />
Fuente: arzobispadodelima.org<br />
</small></p>
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		<title>La Confesión, herramienta de conversión</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 19:28:48 +0000</pubDate>
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Los Sacramentos son instrumentos que nos dejó Jesucristo que están ordenados a la santificación del hombre, a la edificación del Cuerpo de Cristo y a dar culto a Dios. Corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/herramienta_conversion.jpg" alt="La Confesión, herramienta de conversión" title="La Confesión, herramienta de conversión" width="240" height="220" class="alignnone size-full wp-image-138" /></p>
<p>Los Sacramentos son instrumentos que nos dejó Jesucristo que están ordenados a la santificación del hombre, a la edificación del Cuerpo de Cristo y a dar culto a Dios. Corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los creyentes. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual (cf. S. Tomas de A. S. Th. 3, 65, 1 / Catecismo 1210).<span id="more-137"></span></p>
<p>La Confesión o Reconciliación es el Sacramento mediante el cual Dios nos perdona los pecados cometidos después del Bautismo para recuperar la vida de gracia, es decir, la amistad con Dios. Se le denomina sacramento de la conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el pecado (CIC 1423 y ss)</p>
<p>Se denomina Sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador. También se le conoce como Sacramento de la Confesión porque la declaración o manifestación -la confesión de los pecados ante un sacerdote-, es un elemento esencial de este sacramento. Asimismo es Sacramento del perdón porque Dios concede al penitente, a través del sacerdote, el Perdón y la Paz, y Sacramento de Reconciliación porque otorga al pecador el inmenso amor de Dios que reconcilia. Mediante este sacramento volvemos a la vida, a la auténtica vida que habíamos perdido al alejarnos del Señor por nuestros pecados.</p>
<p><strong>¿En qué momentos nos debemos confesar?</strong></p>
<p>Como seres humanos imperfectos, muchas veces caemos en pecado ya sea de pensamiento, palabra, obra u omisión. Por eso debemos confesarnos cada vez que cometamos pecado, y por lo menos una vez al año. Lo aconsejable es confesarse permanentemente para fortalecer nuestra vida espiritual en la dura lucha por resistir la tentación y acercamos más a Dios.</p>
<p><strong>¿Qué es un pecado grave?</strong></p>
<p>Se comete un pecado grave cuando se cumple con tres características:</p>
<ol>
<li>Materia grave (lo que se va a hacer es algo importante)</li>
<li>Pleno conocimiento (se sabe que es malo lo que se va a hacer)</li>
<li>Pleno consentimiento (se elige libremente hacerlo) </li>
</ol>
<p><strong>¿Cómo se instituyó la confesión?</strong></p>
<p>Existen quienes piensan que el Sacramento de la Reconciliación no fue instituido por Cristo, y que es una creación de la Iglesia. Pero es preciso aclarar que el mismo Cristo lo instituyó cuando dijo a los apóstoles: <em>“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados, pero a quienes se los retengáis les serán retenidos”</em> (Jn. 20, 23; Mt. 18, 18; 16, 18-19).</p>
<p>Por ello, la Iglesia es la que posee el poder de perdonar los pecados y buscar la santificación de sus miembros, a través de la penitencia y de una renovación interior. El pecador confiesa sus faltas ante un sacerdote quien, en nombre de Cristo Jesús, lo absuelve y perdona y de esta manera vuelve al camino que lo lleva a la casa del Padre.</p>
<p><small><br />
Fuente: arzobispadodelima.org<br />
</small></p>
]]></content:encoded>
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		<title>El mejor remedio para el alma, la Reconciliación</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 19:16:43 +0000</pubDate>
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La misericordia infinita de Dios no puede ser negada por los hombres. El ser humano al pecar rompe la amistad con Dios, su Creador, y lo ofende, lo que se traduce en una ofensa de gran magnitud. Pero es Dios mismo quien, a pesar de haber sido ofendido, le ofrece su perdón para que no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/mejor_remedio.jpg" alt="El mejor remedio para el alma, la Reconciliación" title="El mejor remedio para el alma, la Reconciliación" width="220" height="240" class="alignnone size-full wp-image-134" /></p>
<p>La misericordia infinita de Dios no puede ser negada por los hombres. El ser humano al pecar rompe la amistad con Dios, su Creador, y lo ofende, lo que se traduce en una ofensa de gran magnitud. Pero es Dios mismo quien, a pesar de haber sido ofendido, le ofrece su perdón para que no muera a la vida eterna sino para que viva. Para ello, solamente es necesaria una conversión interior. Se podría decir que sólo se requiere un cambio de vida, un volverse hacia Él. De ahí la necesidad de la penitencia.<span id="more-133"></span></p>
<p><strong>La Penitencia</strong></p>
<p>Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín “poenitere” que significa tener pena, arrepentirse. Cuando hablamos teológicamente, este término se utiliza tanto para hablar de una virtud, como de un sacramento.</p>
<p><strong>Como virtud moral:</strong> Esta virtud moral hace que el pecador se sienta arrepentido de los pecados cometidos, que tenga el propósito de no volver a caer y hacer algo en satisfacción por haberlos cometido. Cristo nos llama a la conversión y a la penitencia, pero no con obras exteriores sino a la conversión del corazón, a la penitencia interior. De otro modo, sin esta disposición interior todo sería inútil (Cfr. Is. 1, 16-17; Mt. 6, 1-6; 16-18).</p>
<p>Cuando hablamos teológicamente de esta virtud, no nos referimos únicamente a la penitencia exterior, sino que esta reparación tiene que ir acompañada del dolor de corazón por haber ofendido a Dios. No sería válido pedirle perdón por una ofensa a un jefe por miedo de perder el trabajo, sino que hay que hacerlo porque al faltar a la caridad, hemos ofendido a Dios (Cfr. Catec. no. 1430 -1432).</p>
<p>Todos debemos de cultivar esta virtud que nos lleva a la conversión. Los medios para cultivar esta virtud son: la oración, confesarse con frecuencia, asistir a la Eucaristía -fuente de las mayores gracias-, la práctica del sacrificio voluntario dándole un sentido de unión con Cristo y acercándose a María.</p>
<p><strong>Como sacramento:</strong> La virtud nos lleva a la conversión. Como sacramento es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo que perdona los pecados cometidos contra Dios -después de haberse bautizado-, y obtiene la reconciliación con la Iglesia, a quien también se ha ofendido con el pecado, al pedir perdón por los pecados ante un sacerdote. Esto fue definido por el Concilio de Trento como verdad de fe (Cfr. L.G. 11). A este sacramento se le llama sacramento de “conversión”, porque responde a la llamada de Cristo a convertirse, de volver al Padre y la lleva a cabo sacramentalmente. Se llama de “penitencia” por el proceso de conversión personal, de arrepentimiento y de reparación que tiene el cristiano. También es una “confesión”, porque la persona confiesa sus pecados ante el sacerdote, requisito indispensable para recibir la absolución y el perdón de los pecados graves.</p>
<p>El nombre de “Reconciliación” se debe a que reconcilia al pecador con el amor del Padre. Él mismo nos habla de la necesidad de la reconciliación. <em>“Ve primero a reconciliarte con tu hermano”</em> (Mt. 5,24) (Cfr. Catec. Nº. 1423 -1424).</p>
<p>El sacramento de la Reconciliación o Penitencia y la virtud de la penitencia están estrechamente ligados, pues para acudir a este sacramento es necesaria la virtud de la penitencia que nos lleva a tener ese sincero dolor de corazón.</p>
<p>La Reconciliación es un verdadero sacramento porque en él están presente los elementos esenciales de todo sacramento, es decir, el signo sensible, el haber sido instituido por Cristo y porque confiere la gracia.</p>
<p>Este sacramento es uno de los dos llamados de “curación” porque sana el espíritu. Cuando el alma está enferma debido al pecado grave, se necesita el sacramento que le devuelva la salud para que la cure. Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (Cfr. Mc. 2, 1-12).</p>
<p>Cristo instituyó los sacramentos y se los confió a la Iglesia -fundada por Él-, por lo tanto la Iglesia es la depositaria de este poder, ningún hombre por sí mismo puede perdonar los pecados. Como en todos los sacramentos, la gracia de Dios se recibe en la Reconciliación <em>ex opere operato</em> -obran por la obra realizada- siendo el ministro el intermediario. La Iglesia tiene el poder de perdonar todos los pecados.</p>
<p>En los primeros tiempos del cristianismo, se suscitaron muchas herejías respecto a los pecados. Algunos decían que ciertos pecados no podían perdonarse, otros que cualquier cristiano bueno y piadoso los podía perdonar, etc. Los protestantes fueron unos de los que más atacaron la doctrina de la Iglesia sobre este sacramento. Por ello, El Concilio de Trento declaró que Cristo comunicó a los apóstoles y sus legítimos sucesores la potestad de perdonar realmente todos los pecados (Dz. 894 y 913).</p>
<p>La Iglesia, por este motivo, ha tenido la necesidad, a través de los siglos, de manifestar su doctrina sobre la institución de este sacramento por Cristo, basándose en sus obras, preparando a los apóstoles y discípulos durante su vida terrena, perdonando los pecados al paralítico en Cafarnaúm (Lc. 5, 18-26), a la mujer pecadora (Lc. 7, 37-50)&#8230; Cristo perdonaba los pecados, y además los volvía a incorporar a la comunidad del pueblo de Dios.</p>
<p>El poder que Cristo le otorgó a los apóstoles de perdonar los pecados implica un acto judicial (Concilio de Trento), pues el sacerdote actúa como juez, imponiendo una sentencia y un castigo. Sólo que en este caso la sentencia es siempre el perdón si es que el penitente ha cumplido con todos los requisitos y tiene las debidas disposiciones. Todo lo que ahí se lleva a cabo es en nombre y con la autoridad de Cristo.</p>
<p>Solamente si alguien se niega -deliberadamente- a acogerse a la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento estará rechazando el perdón de los pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo y no será perdonado. <em>“El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno”</em> (Mc. 3, 29). Esto es lo que llamamos el pecado contra el Espíritu Santo. Esta actitud tan dura nos puede llevar a la condenación eterna (Cfr. Catec. nº. 1864).</p>
<p><strong>Institución</strong></p>
<p>Después de la Resurrección estaban reunidos los apóstoles -con las puertas cerradas por miedo a los judíos-, se les aparece Jesús y les dice: <em>“La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”</em> (Jn. 20, 21-23). Este es el momento exacto en que Cristo instituye este sacramento. Cristo, que nos ama inmensamente en su infinita misericordia, otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Jesús les da el mandato de continuar la misión para la que fue enviado: el perdonar los pecados.</p>
<p>No pudo hacernos un mejor regalo que darnos la posibilidad de liberarnos del mal del pecado. Dios le tiene a los hombres un amor infinito, Él siempre está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Vemos a través de diferentes pasajes del Evangelio como se manifiesta la misericordia de Dios con los pecadores (Cfr. Lc. 15, 4-7; Lc.15, 11-31). Cristo, conociendo la debilidad humana, sabía que muchas veces nos alejaríamos de Él por causa del pecado. Por ello, nos dejó un sacramento muy especial que nos permite la reconciliación con Dios. Este regalo maravilloso que nos deja Jesús es otra prueba más de su infinito amor.</p>
<p><strong>Los actos del penitente</strong></p>
<p>El examen de conciencia es el primer paso para prepararse a recibir el perdón de los pecados. Se debe de hacer en silencio, de cara a Dios, revisando las faltas cometidas como cristianos, revisando los Mandamientos de la Ley de Dios, de la Iglesia y nuestros deberes de estado (de hijos, padres, esposos, estudiantes, amigos, empleadores, empleados, etc.). Hay que revisar las acciones moralmente malas (pecados de comisión) y las buenas que se han dejado de hacer (pecados de omisión).</p>
<p>Primeramente hay que reconocer nuestras faltas. Si pensamos que no tenemos pecados, nos estamos engañando, o no los queremos reconocer a causa de nuestra soberbia que no quiere admitir las imperfecciones en nuestra vida, o puede suceder que estamos tan acostumbrados a ellos que ya ni cuenta nos damos cuando pecamos. Uno de los efectos del pecado es la ofuscación de la inteligencia. Una vez reconocidos nuestros pecados, tenemos que pedir perdón por ellos. No hay pecado que no pueda ser perdonado, si nos acogemos a la misericordia de Dios con un corazón arrepentido y humillado.</p>
<p>El acto más importante que debe hacer un penitente es la “contrición”, “dolor de corazón” o “arrepentimiento”. Este es un acto de la voluntad que procede de la razón iluminada por la gracia y que demuestra el dolor de alma por haber ofendido a Dios y el aborrecimiento de todo pecado (Concilio de Trento; Catec. Nº. 1451). No es necesario que haya signos externos del dolor de corazón, pues este arrepentimiento o contrición debe ser interno ya que proviene de la inteligencia y la voluntad y no debe ser un fingimiento externo, aunque hay que manifestarlo externamente confesando los pecados.</p>
<p>También ha de ser sobrenatural, tanto por su principio que es Dios que mueve al arrepentimiento como por los motivos que la suscitan. Tiene que ser universal porque abarca todos los pecados graves cometidos, no se puede pedir perdón por un pecado grave y por otro no. Asimismo, la persona debe de aborrecer el pecado a tal grado que esté dispuesto a padecer cualquier sufrimiento antes que cometer un pecado grave.</p>
<p>La contrición es “perfecta” cuando el arrepentimiento nace por amor a Dios. Esta contrición -por sí sola- perdona los pecados veniales. La contrición “imperfecta” o “dolor de atrición”, nace por un impulso del Espíritu Santo, pero por miedo a la condenación eterna al pecado. De todas maneras es válida para recibir la absolución. El propósito de enmienda es la resolución que debemos tomar una vez que estamos arrepentidos, haciendo el propósito de no volver a pecar, mediante un verdadero esfuerzo. Este debe de ser firme, eficaz, poniendo todos los medios necesarios para evitar el pecado; y universal, es decir, rechazar todo pecado mortal.</p>
<p>El segundo acto más importante que se debe hacer es cumplir la penitencia que el sacerdote imponga como una forma de expiarlos. Esta penitencia debe ser impuesta según las circunstancias personales del penitente y buscando su bien espiritual. Debe de haber una relación entre la gravedad del pecado y el tipo de pecado. El no cumplir con alguno de estos actos invalida la confesión.</p>
<p><strong>Frutos</strong></p>
<p>Los frutos de este sacramento son muchos: Por este medio se perdonan todos los pecados mortales y veniales. De esta manera a los que tenían pecados graves, se puede decir que se les abren las puertas del cielo.</p>
<ul>
<li>Se recuperan todos los méritos adquiridos por las buenas obras, perdidos al cometer un pecado grave o se aumentan si los pecados eran veniales.</li>
<li>Robustece la vida espiritual, por medio de la gracia sacramental, fortaleciendo el alma para la lucha interior contra el pecado, así evitando el volver a caer en lo mismo. Por ello, es tan importante la confesión frecuente.</li>
<li>Se obtiene la remisión parcial de las penas temporales como consecuencias del pecado. La Reconciliación perdona la culpa, pero queda la pena. En caso de los pecados mortales esta pena se convierte en temporal, en lugar de eterna y en el caso de los pecados veniales, según las disposiciones que se tengan se disminuyen.</li>
<li>Se logra paz y serenidad de la conciencia que se encontraba inquieta por el dolor de los pecados. Se obtiene un consuelo espiritual.</li>
</ul>
<p><strong>Obligaciones</strong></p>
<p>Una vez confesados los pecados hay que cumplir la penitencia. Dado que hay que tener un propósito de enmienda, se deben hacer los esfuerzos necesarios para no reincidir en los pecados.</p>
<p><strong>Las Indulgencias</strong></p>
<p>Sabemos que todo pecado lleva una culpa y una pena. Dijimos que la confesión perdona la culpa, pero queda la pena que hay que expiarla de alguna manera, ya sea en esta vida o en la otra. Las indulgencias son un medio para la remisión de la pena temporal debida por los pecados y que la Iglesia otorga, siempre y cuando se cumplan unas condiciones.</p>
<p>Todo pecado necesita de una purificación, ya sea aquí o después de la muerte, en cuyo caso la purificación se lleva a cabo en el Purgatorio. Hay dos tipos de indulgencias: plenaria o parcial. La primera perdona toda la pena y la segunda solo una parte de la pena debida por los pecados.</p>
<p>Para poder adquirir las indulgencias es necesario estar en estado de gracia y cumplir con ciertos requisitos. En el caso de la plenaria, se necesita confesar y comulgar un tiempo antes o un tiempo después de haber realizado la acción prescrita, y orar por las intenciones del Papa. Para lograr la indulgencia parcial se necesita el estado de gracia y el arrepentimiento y el realizar la obra prescrita. Si no se cumplen con los requisitos de la plenaria o no hay las debidas disposiciones, la indulgencia plenaria se convierte en indulgencia parcial.</p>
<p><small><br />
Fuente: arzobispadodelima.org<br />
</small></p>
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		<title>Cómo realizar una buena Confesión</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 18:42:52 +0000</pubDate>
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La Iglesia nos propone cinco pasos a seguir para hacer una buena confesión y aprovechar así al máximo las gracias de este maravilloso sacramento.
Estos pasos expresan simplemente un camino hacia la conversión, que va desde el análisis de nuestros actos, hasta la acción que demuestra el cambio que se ha realizado en nosotros.
1. Examen de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/buena_confesion.jpg" alt="Cómo realizar una buena Confesión" title="Cómo realizar una buena Confesión" width="200" height="245" class="alignnone size-full wp-image-126" /></p>
<p>La Iglesia nos propone cinco pasos a seguir para hacer una buena confesión y aprovechar así al máximo las gracias de este maravilloso sacramento.</p>
<p>Estos pasos expresan simplemente un camino hacia la conversión, que va desde el análisis de nuestros actos, hasta la acción que demuestra el cambio que se ha realizado en nosotros.</p>
<p><strong>1. Examen de Conciencia</strong><br />
Ponernos ante Dios que nos ama y quiere ayudarnos. Analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños.<span id="more-125"></span></p>
<p><strong>2. Arrepentimiento</strong><br />
Sentir un dolor verdadero por haber pecado ya que hemos lastimado al quien más nos quiere: Dios.</p>
<p><strong>3. Propósito de no volver a pecar</strong><br />
Si verdaderamente amo, no puedo seguir lastimando al amado. De nada sirve confesarnos si no queremos mejorar. Podemos caer de nuevo por debilidad, pero lo importante es la lucha, no la caída.</p>
<p><strong>4. Decir los pecados al confesor</strong><br />
El sacerdote es un instrumento de Dios. Hagamos a un lado la “vergüenza” o el “orgullo” y abramos nuestra alma seguros de que es Dios quien nos escucha.</p>
<p><strong>5. Recibir la absolución y cumplir la penitencia</strong><br />
Es el momento más hermoso, pues recibimos el perdón de Dios. La penitencia es un acto sencillo que representa nuestra reparación por las faltas que cometimos.</p>
<h2>
Breve cuestionario para el examen de conciencia<br />
</h2>
<p>Con el objetivo de analizar profundamente los actos que hemos hecho desde la última confesión, algunas veces puede resultar útil ayudarse de un cuestionario que nos ayude a llegar a esos rincones íntimos de la conciencia que nos pueden pasar desapercibidos.</p>
<p><strong>Mi actitud y mis acciones u omisiones hacia Dios:</strong></p>
<ul>
<li>¿Creo verdaderamente en Dios o confío más en brujerías, amuletos, supersticiones, horóscopos o “energías”?</li>
<li>¿Amo a Dios sobre todas las cosas o amo más a las cosas materiales?</li>
<li>¿Voy a Misa los domingos y trato de descansar ese día para dedicarlo a Dios?</li>
<li>¿Me confieso y comulgo frecuentemente?</li>
<li>¿Hago oración, entendida como un diálogo íntimo con Dios?</li>
<li>¿He usado el nombre de Dios sin respeto? ¿Pido ayuda a la Virgen y al Espíritu Santo?</li>
<li>¿Defiendo a la Iglesia y a sus representantes? </li>
</ul>
<p><strong>Mi actitud y mis acciones u omisiones hacia los demás:</strong></p>
<ul>
<li>¿Trato bien a mi familia?</li>
<li>¿Busco hacerlos felices o que se haga lo que yo digo?</li>
<li>¿Los respeto o los maltrato?</li>
<li>¿Trato bien a los demás?</li>
<li>¿Soy justo con todos?</li>
<li>¿Ayudo a los necesitados?</li>
<li>¿He matado, robado o mentido?</li>
<li>¿He hecho daño a alguien?</li>
<li>¿Acostumbro hablar mal o pensar mal de los demás? </li>
</ul>
<p><strong>Mi actitud y mis acciones u omisiones hacia mí mismo:</strong></p>
<ul>
<li>¿Lucho por ser mejor cada día?</li>
<li>¿He controlado mi carácter?</li>
<li>¿He respetado mi cuerpo y el de los demás?</li>
<li>¿He alejado de mi mente los malos pensamientos?</li>
<li>¿He sido fiel en mi matrimonio?</li>
<li>¿He sido leal a mis amistades?</li>
<li>¿Siento envidia de los demás, por lo que son o lo que tienen? </li>
</ul>
<p><small><br />
Fuente: arzobispadodelima.org<br />
</small></p>
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		<title>La Reconciliación, verdadera alegría</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 18:26:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reconciliación]]></category>
		<category><![CDATA[perdón]]></category>

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En la actualidad es cada vez más frecuente escuchar, en todos los niveles sociales y en todos los lugares, que ante los problemas y dificultades de la vida diaria se diga: “Tengo que ir al psiquiatra”, “Necesito un relax”, “Creo que me han hecho brujería”, “La suerte no está de mi lado”, etc. Esto no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/verdadera_alegria.jpg" alt="La Reconciliación, verdadera alegría" title="La Reconciliación, verdadera alegría" width="245" height="210" class="alignnone size-full wp-image-123" /></p>
<p>En la actualidad es cada vez más frecuente escuchar, en todos los niveles sociales y en todos los lugares, que ante los problemas y dificultades de la vida diaria se diga: “Tengo que ir al psiquiatra”, “Necesito un relax”, “Creo que me han hecho brujería”, “La suerte no está de mi lado”, etc. Esto no es más que una clara muestra de que muchas personas están alejadas o parecen haberse olvidado de ese gran sacramento que nos dejó Cristo, que es el sacramento de la Reconciliación.<span id="more-122"></span></p>
<p>La paz interior y la felicidad, o la paz con el prójimo, es hoy en día una cuestión que depende más de la opinión u “orientación” que podamos tener de un psiquiatra, de un adivino o del azahar del destino, que de nuestro acercamiento con nuestro Creador. El resultado de ello es una mayor confusión, desuniones, rupturas matrimoniales, hijos abandonados, desesperanza y tristeza.</p>
<p>Son nuevas formas de salida ante los problemas y sinsabores que plantea la vida. Frases como “no necesito confesarme porque no tengo pecados”, “por qué le voy a decir mis pecados a un sacerdote”, “yo le pido perdón a Dios directamente”, “si no he matado ni robado por qué voy a pedir perdón”, etc., son una demostración palpable que hay desconocimiento de lo que es el sacramento de la Reconciliación. Entre las razones que pueden explicar esta situación tenemos que muchas personas le dan poco valor a la Reconciliación como la forma más eficaz de estar feliz con uno mismo y con los demás, debido a una errónea visión de Dios. Se cree que Dios es un ser castigador y que sólo está pendiente de saber nuestros pecados para sancionarnos. Ello hace que no se le tenga confianza y se evite la confesión.</p>
<p>Otro aspecto negativo es el concepto que se tiene de lo que es el pecado. Las actitudes inapropiadas, las conductas inmorales, muchas veces son presentados en los medios de comunicación como cosas naturales, y por lo tanto la gente que recibe estos mensajes los va tomando como algo natural y común. De allí surgen argumentos como “si todos lo hacen por qué yo no”, “eso lo hizo mi actor favorito por lo tanto no es pecado”.</p>
<p>También es cierto que algunas personas “viven su fe” de acuerdo a sus gustos y debilidades. No siguen las normas que manda la Iglesia sino que las interpretan y cumplen de acuerdo a sus horarios, flojeras, deseos, etc. “Para qué voy a misa si puedo rezar en cualquier momento”, “Es sólo una mentirita&#8230;”, “Después me confesaré, por ahora no tengo tiempo”, son algunas expresiones que denotan una mala práctica de la fe que sólo apuntan a una vida alejada de Dios y por lo tanto infeliz. Es necesario recordar que la verdadera conversión implica un esfuerzo y alejamiento de los malos hábitos o estilos de vida adquiridos por la costumbre.</p>
<p>Hay que entender con mucha claridad que Dios es nuestro Padre, que envió a su Hijo para que nos libre del pecado y nos enseñe el camino para llegar al cielo, la felicidad eterna. Él es el amor perfecto hacia nosotros, por lo tanto no es un ser castigador que sólo está pendiente de nuestros pecados. Él sabe que somos seres imperfectos y que pecamos y por eso nos ofrece la maravillosa oportunidad del perdón mediante el sacramento de la Reconciliación, en el cual exponemos nuestros pecados ante un representante suyo -el sacerdote-, nos arrepentimos y procuramos no volverlos a cometer, y luego nos absuelve de ellos limpiando nuestra alma. ¡Dios nos ama a pesar de nuestros defectos!</p>
<p>Recordemos aquella parábola del Hijo Pródigo, en la que el padre recibe con todo cariño a su hijo que retorna a la casa luego de haberse marchado por el mundo derrochando la fortuna que había recibido. Así, nuestro Padre celestial nos abre los brazos con su misericordia infinita para recibirnos con todo su amor cada vez que acudimos a Él. Y el sacramento de la Reconciliación nos permite ese encuentro con nuestro Creador.</p>
<p><small><br />
Fuente: arzobispadodelima.org<br />
</small></p>
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