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	<title>tengo sed de Ti &#187; conversión</title>
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	<description>Información y recursos sobre la fe Católica para ambos, católicos y no-católicos interesados en conocer y entender las enseñanzas de nuestra Iglesia...</description>
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		<title>María, mi compañera de viaje hacia Jesús</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Jun 2009 04:44:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[conversión]]></category>
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Introducción
Desde que era muy pequeña, al menos desde cuando tengo recuerdo, mi madre siempre me enseñó que Dios es amor. Un amor perfecto, un amor puro, un amor que todo lo perdona&#8230; y mi madre me enseño que a Dios lo que más le interesaba era la salvación de sus hijos. Por eso vino Jesús [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/noemi.jpg" alt="María, mi compañera de viaje hacia Jesús" title="María, mi compañera de viaje hacia Jesús" width="240" height="180" class="alignnone size-full wp-image-167" /></p>
<p><strong>Introducción</strong></p>
<p>Desde que era muy pequeña, al menos desde cuando tengo recuerdo, mi madre siempre me enseñó que Dios es amor. Un amor perfecto, un amor puro, un amor que todo lo perdona&#8230; y mi madre me enseño que a Dios lo que más le interesaba era la salvación de sus hijos. Por eso vino Jesús al mundo, ¡para salvarnos!</p>
<p>Mi madre siempre tenía una Biblia al lado de su cama, y siempre estaba abierta en el Capítulo 13 de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios:<span id="more-166"></span></p>
<blockquote><p>«Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.</p>
<p>La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial.</p>
<p>Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.»</p></blockquote>
<p>Pero debo explicarles algo, aunque mi madre leía la Biblia Católica todos los días, ella, al igual que toda mi familia, era protestante.</p>
<p><strong>Mis años de juventud</strong></p>
<p>Mis primero años los viví en Nueva York pues mis padres, aunque puertorriqueños, se conocieron, se casaron y vivieron por varios años en Estados Unidos. Para ese entonces, íbamos a la Iglesia Luterana y, aunque la doctrina Luterana es diferente de la Católica, la visión de un Dios misericordioso es muy parecida.</p>
<p>Mi madre, mis hermanos y yo nos mudamos a Puerto Rico unos años más tarde, pero mi padre se quedó viviendo en Nueva York por causa de su trabajo y venía a la casa una o dos veces al año. Durante estos años no tengo ningún recuerdo claro de ninguna iglesia en particular, aunque mi madre seguía leyendo su Biblia y hablándonos del amor tan grande de Dios.</p>
<p>Cuando mi padre finalmente decide mudarse a Puerto Rico, entonces mi familia comenzó a ir a la iglesia. Pero no la Iglesia Luterana, como cuando vivíamos en E.U., sino a una iglesia “Asambleas de Dios”.</p>
<p>Para quienes no la conocen, les diré que la iglesia Asambleas de Dios es fundamentalista, o sea, que pretenden seguir las Escrituras al pie de la letra, por lo que profesan una doctrina totalmente radical.</p>
<p>En esta nueva iglesia, con su nueva forma de interpretar la Biblia, el pastor nos enseñó una nueva imagen de Dios muy distinta a la que nos enseñó mi madre. De repente, el Dios amoroso, el Dios misericordioso, el Dios del perdón&#8230; ahora se convertía en un Dios castigador, un Dios que parecía más interesado en condenar al pecador, que en ofrecerle su salvación.</p>
<p>Esto empezó a marcar mi vida, porque la idea bonita que tenía de Dios se fue convirtiendo en dudas&#8230; ¡dudas de saber si me estaban diciendo la verdad! Cuando se es una niña, una siempre le cree a sus padres, piensa que como ellos son más grandes que tú y han vivido más que tú, no se pueden equivocar.</p>
<p>De todas maneras, las dudas me atormentaban. Me decía, <em>“Dios mío, ¿por qué? Si lo que aprendí de Ti es que eras bueno, amoroso, nuestro amigo fiel. Y ahora, ¿qué debo hacer? ¿Cómo se supone que me comporte? ¿Cómo debo actuar? ¿Qué debo decir?”</em> En fin, créanme, no es nada fácil vivir con esta incertidumbre. Fueron momentos de mi vida muy tormentosos y llenos de pesadillas, con un miedo enorme a la Iglesia y de todo lo que iba a escuchar allí.</p>
<p>Recuerdo que yo siempre tenía alguna controversia con el pastor de la iglesia. Siempre que él decía algo que yo entendía que se contradecía, se lo refutaba. Pero bueno, los mayores siempre tenían la razón&#8230; al menos, eso me decían.. No veía la hora de crecer y ser yo quien decidiera por mi misma.</p>
<p>Pero mientras crecía, no me quedaba otra alternativa que seguir a mis padres. Trataba de envolverme en cosas de adolescentes, por supuesto dentro de la misma Iglesia. ¡Pero hasta ir al cine era pecado! Así, que como era una jovencita muy activa, forme un grupo de jóvenes. Como todos estábamos en “el mismo bote”, este grupo, de cierta manera fue “el cielo abierto” para nosotros ya que como jóvenes necesitábamos distracción y otras cosas que no fueran escuela e iglesia.</p>
<p><strong>Expulsada por “pecadora pública”</strong></p>
<p>Así fue pasando el tiempo, esperando crecer, pero surgió algo con lo que yo no contaba y que para mí fue la gran oportunidad que tanto anhelaba. Cuando me graduaba de noveno grado, recuerdo, tenía mi cabello tan y tan largo que quería hacerme “un cambio de estilo” para mi graduación. Como cortarse el cabello también era pecado, mi madre dijo que lo mejor era retocar solo las puntas, para no tener problemas mayores dentro de la iglesia.</p>
<p>Bueno, resulta que mi madre me sacó una pollina ella misma y quedó encantada con cómo me veía. Yo, ni se diga, estaba como niña con juguete nuevo y mucho más en esa edad que ya uno le gusta estar presumiendo.</p>
<p>Pero aquí es que viene la bomba. El domingo de esa misma semana en que fue mi graduación, como de costumbre, asistí a la iglesia y para sorpresa mía, de mi madre y tal vez de muchos de los que estaban allí, el pastor se lució con su predicación&#8230; ¡el problema es que el tema principal fue la pollina de la hermana Noemí! Bueno, creo que dejaron de decirme “hermana” esa misma noche.</p>
<p>La vergüenza que tenía era tan grande que no sabía dónde meterme, pero a la misma vez me dio tanto coraje que, entre la pena y la rabia, solo pude levantarme e irme. Recuerdo que mi madre estaba sentada un banco delante de mí. Le toque el hombro y le dije, “Mami me voy&#8230;”, me levante y salí por aquel pasillo largo. Sentía a todos mirándome pero mis ojos, llenos de lágrimas, solo miraban el piso.</p>
<p>Cuando estuve fuera de la iglesia y camino a mi casa, me doy cuenta que mi madre estaba caminando a mi lado. Me tomo del brazo y ella también venía llorando. Mi madre no me abandonó en ese momento tan difícil para mí. Le dije, “Mami, yo no vuelvo más a esa Iglesia”. Creo que me entendió. Tal vez ella también hubiera hecho lo mismo. Bueno, mi madre me dijo, “Hija, yo se que el pastor hizo muy mal, pero te voy a pedir algo, si no quieres regresar a la iglesia, no regreses, pero por favor, no abandones a Dios”.</p>
<p>Mi madre se preocupaba por mí, pero yo jamás abandonaría a Dios, al contrario quería encontrarlo. Pero tenía que buscarlo por mi misma, había llegado el momento de iniciar mi camino, mi búsqueda personal de Dios, y en ese momento sabía que no descansaría hasta encontrar el lugar donde Él estaba realmente.</p>
<p>Desde entonces continúe con mi vida&#8230; un poco más tranquila, entre comillas, porque sabía que mi madre sufría por mi y eso me dolía, pero trataba de hacerla sentir bien en todos los demás aspectos de mi vida.</p>
<p><strong>De evangélica, a “new age”, a cristiana no-denominacional</strong></p>
<p>Como joven adolescente que era, trataba de disfrutar mi vida con cosas propias de mi edad, pero nunca me olvidaba de Dios. Siempre buscaba el momento para orar, y le pedía que me cuidara y me guiara, y le decía que algún día yo lo iba a encontrar.</p>
<p>Llegó el momento de entrar a la universidad. Ahí hice nuevas amistades, pero gracias a Dios, todos éramos jóvenes buenos. En nuestro grupo había un muchacho que asistía a unas reuniones de relajación donde se meditaba y se pensaba en Dios. Eso estaba muy de moda en esa época: yoga, meditación trascendental, control de la mente, etc. Así que, sin pensarlo mucho me dije, “Esta puede ser mi oportunidad de encontrarme con Dios&#8230; a lo mejor a Dios tú lo encuentras en otro lugar que no sea solo la Iglesia”.</p>
<p>Sin pensarlo, me vi envuelta con un grupo de personas que practicaban el yoga, el misticismo, el esoterismo&#8230; creíamos en la reencarnación y en el “poder” que todos llevamos dentro&#8230; y créanme, todo esto se hace en nombre de Dios. Me sentía bien, no lo voy a negar, eran personas con buenos sentimientos y no estaba ahí obligada, así que estuve con ellos varios años.</p>
<p>Nuestro grupo no era una religión definida, más bien tomaba ideas de muchas religiones y las agrupaba en una mezcla de conceptos que era muy atrayente para los jóvenes&#8230; era lo que hoy llamaríamos “new age”. En lo que a mí respecta, solo pensaba que era mi manera de servirle a Dios.</p>
<p>Las exigencias de mis estudios, sumadas a las responsabilidades de mi trabajo, ocupaban gran parte de mi tiempo, así que mi vida nuevamente tomó otro rumbo. Ya no estaba en el grupo, ahora solo era de la universidad al trabajo y del trabajo a la casa. Y mi tiempo libre lo dedicaba a compartir con mi familia.</p>
<p>Pero, mi oración no cesaba, todo lo consultaba con Dios, hasta el más mínimo detalle de mi vida. Cada paso que daba lo ponía en sus manos. Debo añadir que siempre he recibido respuestas a mis oraciones, tal vez por la confianza que siempre he tenido en Él, pero su mano siempre ha estado guiándome.</p>
<p>Durante esos años pasé por muchos momentos bien difíciles, entre ellos, la perdida de mi madre. Pero siempre encontraba en Dios, mi refugio. Recuerdo que siempre que tenía alguna situación, esperaba el momento de llegar a mi casa, doblaba mis rodillas, ahí hablaba con Dios. Sentía que Él tomaba mis cargas y cuando me levantaba, me sentía liviana, relajada y consolada por Él.</p>
<p>Llegó el momento que le dije, <em>“Señor, tengo que agradecerte todo lo que has hechos por mí, así que voy a regresar a tu iglesia”</em>. Claro, como lo único que conocía era las iglesias protestantes, pues a esas me dirigía.</p>
<p>No sé que pasaba conmigo&#8230; bueno, hoy en día lo comprendo, pero en ese momento no podía entender porque siempre que iba a alguna iglesia había algo que me desconcertaba. Nunca estaba conforme con lo que allí pasaba, me sentía hipócrita ante los ojos de Dios.</p>
<p>Por momentos pensaba que eran cosas del “enemigo” para no permitirme ir a la iglesia, pero estaba segura que era algo más que eso. Mi fe nunca desfalleció, al contrario, sabía que mi momento iba a llegar.</p>
<p>Así más o menos, visité varias iglesias protestantes de distintas denominaciones. Siempre me pasaba lo mismo. Hasta que realmente me cansé, ya me sentía abochornada cada vez que algún familiar o amistad me preguntaba a que iglesia estaba asistiendo, y yo le daba mi nueva dirección de la iglesia en turno.</p>
<p>Decidí quedarme en mi casa y le dije, “Señor mío, Tú conoces mi corazón, Tú conoces todo mi interior, Tú conoces como yo me siento y Tú sabes bien que yo quiero estar en Tu Iglesia, que quiero servirte de verdad, pero quiero sentirme sincera. Señor, quiero sentirme llena de Ti, no por emociones, sino de verdad&#8230; Así que de hoy en adelante, yo te serviré desde mi habitación, hasta que Tú me lleves a la Iglesia que tu quieres que yo esté”.</p>
<p>Mi fe era tan grande, que yo sabía que algo iba a pasar con mi vida. No sabía exactamente qué, ni cuándo, pero mi interior sí sabía lo que venía. Era una sensación de seguridad, de tranquilidad, era una paz inmensa que me daba la esperanza de que Dios me tenía un gran regalo.</p>
<p><strong>Mi primer encuentro</strong></p>
<p>El momento llegó. Yo era novia de Romualdo cuando él me pidió que lo acompañara a su iglesia: la Iglesia Católica. Para no hacerlo sentir mal, le dije que su iglesia no era una iglesia cristiana (los Protestantes piensan que los Católicos son unos idólatras) y si no había podido estar en las iglesias que había visitado, pues mucho menos en la Iglesia Católica. Así que ignoré su invitación y por dentro me decía, “Ay Dios mío, que no se le ocurra invitarme nuevamente”.</p>
<p>Pero Romualdo no es una persona que se da por vencido fácilmente, le gusta luchar mucho por lo que quiere&#8230; ¡por eso hoy día soy su esposa! Así que las invitaciones seguían llegando cada domingo.</p>
<p>Vino una segunda invitación, pero le dije rotundamente, “NO”&#8230; luego una tercera y una cuarta&#8230; No recuerdo cuantas invitaciones me hizo, hasta que acepté para quitármelo de encima, y fui a la iglesia con él.</p>
<p>Romualdo había hecho muy bien su asignación, así que como él sabía que a mí la música sacra me fascina, se dio a la tarea de encontrar una iglesia que se distinguiera por su música. Además, tenía que ser una verdadera experiencia espiritual, no solo la emoción de una canción bonita&#8230;</p>
<p>¿Qué les puedo decir? Era domingo y estábamos en la Parroquia Sagrado Corazón (de University Garden). La verdad es que la música me enamoró, pero les puedo decir que casi toda la Misa me la pasé mirando los alrededores de la iglesia, ¡todas esas imágenes que había allí!</p>
<p>Me decía a misma, “Mira, allí tienen a Jesucristo en una cruz, ¿no saben que hace rato que Él se bajó de ahí?” Seguía haciendo mi viaje con la mirada y veo este personaje y me decía, “¿Quién será ese y de dónde habrá salido? ¡La verdad que son unos idolatras, tal como me lo dijeron!” Así llegué yo a la Iglesia Católica, llena de muchos, pero muchos prejuicios&#8230;</p>
<p>Hay algo que me llamó la atención esa noche, algo en lo que no había pensado antes pero que debo reconocer como una gracia muy especial de Dios. Cuando vi la imagen de la Virgen, no me escandalicé, ni me sorprendí&#8230; entonces realicé que yo siempre le guardé un respeto especial a Ella.</p>
<p>En mi casa, como en la de muchos protestantes fundamentalistas, no se podía hablar de la Virgen María. Aun más, tan solo mencionar su nombre era pecado. Pero dentro de mí, siempre había habido algo especial para Ella. Yo nunca me había puesto a analizar el porqué&#8230; tal vez era Ella misma, que sabía que algún día la iba a querer tanto que me cuidó de que no cayera en lo que gran parte de los protestantes caen, ignorar y rechazar a nuestra Madre espiritual.</p>
<p>Volviendo a la Misa de ese domingo, debo admitir que la homilía que dio el sacerdote esa noche fue especial y una parte de mi corazón fue tocada por sus palabras. Esa noche, de labios del sacerdote, escuché algo que yo siempre había querido escuchar de algún pastor en todas las iglesias que visité. El sacerdote habló de la unión entre hermanos. Dijo que Dios quería a su pueblo unido, una sola Iglesia, un solo Rebaño, con un solo Pastor&#8230;</p>
<p>Claro que en aquel momento no lo entendía como lo entiendo ahora, pero yo siempre reprochaba la desunión entre las iglesias protestantes y las peleas y críticas que siempre se tienen unas con otras. Siempre me cuestionaba el porqué eso tenía que ser así, si Dios quiere a su pueblo unido. Y fíjense como Dios me hizo ese regalo esa noche, escuchar de un sacerdote lo que siempre quise escuchar de boca de un pastor.</p>
<p>Cuando escuche estas palabras, dejé de escudriñar la Iglesia y me quedé muy atenta al mensaje que daba el Padre. Ahora solo quería escuchar cada detalle y no me quería perder de nada. Maravillada me decía, “¡Pero si él está hablando como un verdadero cristiano!”</p>
<p>La verdad fue que quedé impresionada con la homilía del sacerdote esa noche. Pero, aun así, yo no quería aceptar que la Iglesia Católica era una Iglesia Cristiana y me decía que eso podía haber sido casualidad. Estaba resuelta a no dejarme impresionar.</p>
<p>Salimos de la iglesia y camino a la casa Romualdo me preguntó que me había parecido la Misa. Guardé silencio durante un rato y luego le dije que la música había estado muy bonita&#8230; No quería decir algo que lo fuera a ilusionar, así que me limité a hablar solo de la música, los cantantes y los instrumentos que acompañaban la música.</p>
<p>Cuando llegó el próximo domingo y Romualdo me pregunta si vamos a la iglesia, le dije, “¿Otra vez? No, hoy no puedo&#8230;”, ya yo tenía una excusa para no ir. Así que ese domingo me salvé de ir, pero llegó el próximo y no me pude salvar.</p>
<p>Lo acompañé otra vez y para sorpresa mía, él sacerdote me caía muy bien y me gustaba la manera en que llevaba la homilía. Admiraba su agilidad de llevar el mensaje del Evangelio y cada segundo que lo escuchaba, más sorprendida quedaba con sus palabras, no sólo por lo bonito que se expresaba, sino también por el mensaje que comunicaba. Era como si Dios me hablara personalmente a mí.</p>
<p>Recuerdo que durante la Misa, lloraba tanto que la gente me miraba extrañadas. Lloraba por todo un poco. Yo estaba pasando momentos difíciles en mi vida y en eso momentos difíciles pasaban cosas muy buenas también, pero yo estaba hecha un enredo. Sabía que había un plan muy bueno de Dios para mi vida, pero lo último que yo quería hacer era ir a la Iglesia Católica y mucho menos pertenecer a ella.</p>
<p><strong>¡ÉL está aquí!</strong></p>
<p>Le reproché algunas cosas a Romualdo, que para ese tiempo todavía era mi novio, aunque ya empezábamos a tener planes de boda. Le dije que no quería volver a su iglesia. Él me dijo que estaba bien y que no me invitaría más, pero que yo le dijera cuando quisiera ir de nuevo.</p>
<p>Pasó una semana y llegó nuevamente el domingo&#8230; ¡y Romualdo no me dijo nada! Pero la verdad era que yo tenía cierta ilusión por volver a la iglesia y seguir escudriñando hasta el más mínimo detalle del ritual de la Misa que se daba allí. No sé si fue la curiosidad o un impulso del Espíritu Santo, pero terminé llamándolo para decirle que me buscara.</p>
<p>Desde ese domingo seguí visitando la iglesia todas las semanas y veía como empezaba a crecer en mí esa necesidad de que llegará el domingo para visitarla. Poco a poco fui descubriendo que algo grande estaba pasando en mi vida. Este nuevo interés por esta iglesia, por las palabras del sacerdote, por el ritual de la Misa&#8230; fue ahí que recordé la petición que yo le había hecho al Señor, que quería que Él me llevara a la Iglesia donde Él quería que yo estuviese&#8230; y que me mejor que a Su Iglesia, la que Él mismo fundó.</p>
<p>Entonces fue cuando mi oración creció más, y le decía, <em>“Señor, si esta es la Iglesia que Tú quieres que yo esté, ahora es cuando voy a necesitar más de Ti&#8230; porque yo de estas Misas no entiendo prácticamente nada y si es aquí que Tú me quieres, entonces tendré que trabajar mucho para llegar a encontrar las respuestas a todas estas interrogantes que ya están martillándome en mi cabeza y en mi corazón”</em>.</p>
<p><strong>Tiempo de aprender</strong></p>
<p>Es así como empieza mi búsqueda para conocer la fe Católica. Les puedo decir que gracias a Dios, tuve la bendición de encontrar respuesta tras respuesta, prácticamente una tras otras, y lo mejor de todo era que siempre encontraba esas respuestas bajo fundamento Bíblico. Esto me llenaba de alegría ya que si alguien trataba de hacerme creer que estaba mal, tenía como defenderme.</p>
<p>Cuando varios de mis compañeros de trabajo (por supuesto, protestantes) se enteraron que yo estaba visitando la Iglesia Católica, se dieron a la tarea de “rescatar a la oveja perdida”. Pero cuando vieron que yo estaba segura de lo que estaba conociendo y firme en mi “nueva casa”, los ataques llegaron en un abrir y cerrar de ojos.</p>
<p>En aquellos momentos yo no tenía como defenderme. Aunque estaba iniciando mis caminos en esta Iglesia, aun no sabía que iba a pasar. No niego que me incomodaba mi poquito, pero, gracias a Dios, no me afectaba, y me decía para mis adentros, “algún día podré defender esta Iglesia&#8230;” Créanme, yo les hago un cuento si ahora se atreven a hacer algún comentario de la Iglesia Católica frente a mí.</p>
<p>Les dije hace un rato que Romualdo y yo estábamos haciendo los planes de nuestra boda. No sé cuál de las dos fue la emoción más grande que recibió, cuando le “di el sí” o cuando le dije que me quería convertir al Catolicismo. Pero el Señor, que siempre nos da mucho más de lo que le pedimos, arregló las cosas de tal manera y puso tantas personas maravillosas en nuestro camino, que el 3 de enero de 2003, a escasos 4 meses de haber tomado mi decisión, ya había recibido los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, había hecho mi Primera Comunión y estaba ante el altar, recibiendo el sacramento del Matrimonio. ¡Cuántas puertas abrió el Señor para nosotros!</p>
<p>Al principio de mi relato les expliqué que toda mi familia es protestante, pero debo añadirles que además, tengo algunos tíos que son pastores. Se podrán imaginar que la noticia de mi boda &#8211; Católica &#8211; nos les causó mucha complacencia. Nuestro sacerdote, consciente de la situación, nos ofreció la alternativa de cubrir durante la ceremonia una gran imagen de la Virgen que hay en nuestra iglesia. Pero yo no podía hacer eso, María era también mi madre y no podía faltar en mi boda.</p>
<p>Esto me lleva a una situación que los protestantes no entienden y que yo me cuestionaba en un principio, los llamados “santos” en la iglesia. Yo me preguntaba el porqué les llamaban “santos”, si el único Santo es Dios. Pero cuando empiezas a ver las cosas sin apasionamientos y sin fanatismos, descubres que en la Iglesia Católica TODO tiene una explicación y una razón de ser&#8230; más aun, que esta explicación o razón proviene de una Tradición que tiene más de 2,000 años.</p>
<p>Volviendo a los “santos”, entendí que el llamárseles de ese modo implicaba que estas personas habían vivido una vida en santidad y merecían nuestro respeto y admiración. La Iglesia los señalaba como modelos a imitar por sus virtudes y la forma como vivieron su fe. El mismo Jesucristo nos invita a ser santos cuando nos dice, <em>“sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”</em>. Ver la imagen de un santo ya no era motivo de dudas, sino que me hacía reflexionar sobre como mejorar en mi vida diaria y como podía darle más de mí a Dios y a Su Iglesia.</p>
<p>Y así, poco a poco, Dios me fue dando la gracia de encontrar todas las respuestas a esas interrogante que me iban surgiendo. Recuerdo algo muy especial que sucedió al empezar a ir regularmente a Misa. Ese día, mientras el sacerdote daba la homilía, yo lo escuchaba, pero también hablaba con Dios, y le decía, <em>“Señor, si verdaderamente Tú estás en esta Iglesia, yo quiero sentirte”</em>. Desde ese día, el Señor transformó mi vida. Desde el momento en que yo dije esas palabras, un frío comenzó a cubrir todo mi cuerpo y sentía su presencia en mi ser&#8230; solo podía llorar y llorar. Era algo muy especial, ¡sabía que Dios se hacía presente en mi vida! Y una cosa puedo asegurarles, que vino a mi vida para quedarse. Desde ese entonces sé lo que es sentir a mi Dios las 24 horas del día.</p>
<p>Antes yo pensaba que a Dios se le sentía cuando tú le cantabas&#8230; entonces, ese cántico se iba calentando y la gente comenzaban alabar a Dios. Esa era la manera “evangélica” de sentir la presencia de Dios. Pero después que todo pasaba y llegaba el silencio te preguntabas, ¿dónde está Dios? Volvías a sentirte triste y vacía, porque lo que estabas viviendo era la emoción de la música y no la presencia real de Dios. Ahora sé que cuando realmente Dios vive en tu vida, lo sientes en todo momento.</p>
<p><strong>Y de seguir aprendiendo</strong></p>
<p>En esos primeros meses en la Iglesia Católica yo lo quería saber todo. Creo que Dios vio mi deseo de aprender y me permitió ir encontrando todas esas respuesta bajo fundamento Bíblico. Para una ex-protestante, esa era la mejor manera que podía ir corrigiendo tantos años de dudas y nociones mal fundadas.</p>
<p>Por ejemplo, un día leyendo la Biblia, me encontré en Éxodo 28 con las vestiduras de los sacerdotes&#8230; En otro lugar (2Samuel 6) encontré una procesión cuando David llevaba el Arca de la Alianza&#8230; En los Hechos de los Apóstoles encontré a Pablo predicando y los que creían, confesando sus pecados&#8230;</p>
<p>Muchas de estas cosas pueden parecer poco importantes para ustedes, pero para una protestante, era encontrar respuestas que confirmaban que estaba en el camino correcto. Todo esto me llenaba de mucha alegría y cada cosa que encontraba, iba corriendo a enseñársela a Romualdo como si fuera una niña pequeña que había encontrado una gran verdad.</p>
<p>Uno de “mis descubrimientos” más importantes fue saber que a nuestros hermanos protestantes les faltan siete libros de la Biblia, porque Martín Lutero los quitó cuando se separó de la Iglesia Católica y creó la reforma protestante. Fue muy importante porque esos libros contienen muchas enseñanzas y prácticas de la Iglesia Católica que critican y cuestionan los protestantes.</p>
<p><strong>Mi encuentro con María</strong></p>
<p>A través de mi historia ya les he ido adelantado un poquito de mi relación con María, pero quise dejar esta parte para el final, porque fue una de las cosas en que claramente vi la mano de Dios y cómo me estuvo guiando y preparando durante toda mi vida para que pudiera llegar a Su Iglesia.</p>
<p>Un día, ya después de casados, Romualdo me dijo que fuéramos a un Rosario que unos amigos hacían todas las semanas en su casa. Aquella noche, mientras se hacía aquel Rosario, yo me cuestionaba si era o no correcto lo que estábamos haciendo. Sentía un poco de coraje, era como si le estuviéramos quitando el tiempo de Jesús para dárselo a la Virgen. Así que llegué a casa un poco preocupada y me puse a orar. Mi oración era sencilla, solo pedía dirección&#8230; ¿Era correcto, o estaba mal? Y, ¿cómo debía ser mi relación con María?</p>
<p>Al igual que mi madre, yo también tengo la Biblia en mi mesa de noche. Así que cuando terminé mi oración, tomé la Biblia para leer algún pasaje antes de dormir y sin buscar, la abrí en el Evangelio de San Lucas. Esto es parte de mi rutina, no tiene nada de especial&#8230; pero, para mi sorpresa, me encontré leyendo el anuncio del Ángel Gabriel, cuando le dice a María: <em>“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”</em>.</p>
<p>Mi corazón dio un brinco de la emoción y tuve que seguir leyendo&#8230; <em>“has hallado gracia delante de Dios&#8230; he aquí la esclava del Señor&#8230; hágase en mí según tu palabra&#8230;”</em> Seguí leyendo y llegué a la visita de María a su prima Isabel, <em>“bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno&#8230; la madre de mi Señor&#8230;”</em> Y finalmente, encontré a una María llena del Espíritu Santo que entre alabanzas a Dios decía, <em>“por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada&#8230;”</em> ¿Necesitaba yo mejor respuesta a mi oración?</p>
<p>Solo habían pasado uno o dos días de esto, cuando Romualdo y yo fuimos a una librería Católica. Recuerdo que entrando en la librería, miro hacia el estante de libros, y el primer libro donde fijo los ojos se llamaba, “La Virgen María”.</p>
<p>Resultó que el libro trataba sobre el Dogma de la Asunción, pero para llegar al Dogma, iba explicando &#8211; ¡con fundamentos Bíblicos! &#8211; todo sobre la Santísima Virgen María. Demás está decirles que me di a la tarea de estudiarlo cuidadosamente y corroborando cada cita con la Biblia (hay hábitos que nunca cambian) y descubrí, por mi misma (y con la ayuda del Espíritu Santo) por qué Ella es tan importante para la Iglesia&#8230; y para nosotros, sus hijos.</p>
<p>Cuando terminé de leer ese libro hice una oración y una promesa&#8230; En mi oración, le pedí perdón a Jesús por no haber tomado en cuenta a su Madre y le pedí perdón a la Virgencita porque durante todos los años de búsqueda, nunca me había detenido a ver su humildad, su amor y su pureza. A pesar de que en mi hogar nunca me enseñaron de Ella y de que en las iglesias que había estado la rechazaban, sabía que había sido el mismo Jesús quien había mantenido una pequeña llama de amor por Ella en mi corazón.</p>
<p>Esa noche le prometí que Ella siempre tendría un lugar privilegiado en mi corazón, el lugar que Jesús le había preparado. Desde ese día, Ella es mi compañera de viaje en este camino hacía Jesús y la Iglesia donde Él quiere que yo y todos ustedes estén.</p>
<p><small><br />
Testimonio de conversión<br />
Por Noemí Cotto<br />
tengoseddeti.org<br />
</small></p>
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		<title>Cruzando las fronteras de la Fe</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Jun 2009 04:12:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Testimonios]]></category>
		<category><![CDATA[conversión]]></category>

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Durante la última semana de marzo de 2002, el canal 2 de Telemundo en Puerto Rico comenzó la promoción de una serie de reportajes especiales sobre un caso insólito:
«Fernando Casanova, un ex ministro evangélico que renunció para entrar a la Iglesia Católica se confiesa en la serie: “Cruzando las fronteras de la fe”.» 
El reportaje [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tengoseddeti.org/wp-content/uploads/2009/06/fernando_casanova.jpg" alt="Cruzando las fronteras de la Fe" title="Cruzando las fronteras de la Fe" width="209" height="225" class="alignnone size-full wp-image-164" /></p>
<p>Durante la última semana de marzo de 2002, el canal 2 de Telemundo en Puerto Rico comenzó la promoción de una serie de reportajes especiales sobre un caso insólito:</p>
<blockquote><p>«Fernando Casanova, un ex ministro evangélico que renunció para entrar a la Iglesia Católica se confiesa en la serie: “Cruzando las fronteras de la fe”.» </p></blockquote>
<p>El reportaje acaparó la atención de la mayoría de los telespectadores desde el 2 hasta el 8 de abril de ese año. Lo que parecía ser una cuestión de conciencia de un individuo se convirtió en un acontecimiento discutido por muchísima gente en Puerto Rico.<span id="more-163"></span></p>
<p>Lo que llamó la atención fue que de ordinario las conversiones o los cambios de afiliación religiosa se dan a la inversa, por lo general son los católicos los que se hacen protestantes o se cambian a las sectas o incluso a otras religiones. Pero lo que terminó por desconcertar a muchísimas personas de todas las creencias fue que este Fernando Casanova que ahora testificaba públicamente su adhesión al catolicismo, había sido Ministro Licenciado Ordenado, evangelista y pastor de una importante denominación pentecostal ―los pentecostales suelen ser de los más anticatólicos―, y que además ese converso tenía una vasta preparación teológica y que era profesor de seminaristas, líderes y pastores evangélicos. Los periodistas involucrados descubrieron que este era el primer caso de este tipo en Puerto Rico, pero también en Hispanoamérica.</p>
<p>Sin embargo, lo que ese ministro y profesor evangélico quería dar a conocer se vio opacado por la reacción polarizada del público. Unos (católicos) celebraban lo que les parecía una victoria sobre los protestantes, otros (protestantes) se dedicaron a insultar al “apóstata” que les había abandonado para convertirse en papista; otros, tristes, se apenaban de la pérdida del alma de un amigo, profesor o compañero en el ministerio; otros (católicos, protestantes y seudo-religiosos), se preocuparon porque ese tipo de historias no debían trascender, pues la verdadera religión era aquella del no rompimiento, del “todos caben y que crean lo que les dé la gana”, del diálogo que siempre dice sí, mientras se obvian las creencias, valores y costumbres que definían “nuestro” ahora-caduco ideario religioso.</p>
<p>Pero, en realidad, muy pocos atendieron a la sustancia de lo que ese hombre dijo por televisión acerca de sus razones para haberse hecho católico romano.</p>
<p><strong>¿Por qué se hizo católico?</strong></p>
<p>Desde entonces, Fernando se ha dedicado a explicar sus razones. Su proclamación ahora responde siempre al gran tesoro que descubrió en la Iglesia Católica. No importa el tema de la ocasión, o si se trata de su testimonio, de una predicación, taller o curso, él siempre exalta la fe, doctrina, espiritualidad y moral católica.</p>
<p>El cuestionamiento principal en el proceso de conversión del reverendo Fernando Casanova fue la Eucaristía. No obstante, él es el primero en reconocer que hubo otros temas importantes con los cuales tuvo que lidiar: la excelencia y el rol de la Virgen María en la historia de la salvación, el culto a la Virgen y a los santos, el primado de San Pedro, el papado, el bautismo de infantes y el sacramento de la Confesión. Siempre, sin excepción, encontró una respuesta contundente a favor de la Iglesia Católica Romana.</p>
<p>El Dr. Fernando Casanova reconoce que no siempre descubrió la Verdad católica por iniciativa propia, sino sin quererlo y sin procurarlo; de hecho, por mucho tiempo se resistió, pues no quería hacerse católico.</p>
<p>Hasta que se encontró retando al Señor sometiéndome, por ejemplo, al sacramento de la Reconciliación (Confesión), y predicando en su iglesia pentecostal sobre María y la Eucaristía, y negándose a bautizar al modo protestante, y rehusándose casar a católicos, y enseñando la versión católica de la teología a los seminaristas evangélicos… y un largo etcétera.</p>
<p>Como era de esperarse, una situación extraordinaria de conversión como esta tuvo que ser muy difícil y dolorosa, sobre todo cuando se pierde el afecto de amigos y los hermanos en la fe, y cuando se sacrifica la vocación para la que se creía llamado por Dios, pero sobre todo cuando se perjudica el matrimonio porque el cónyuge no comprende por qué su esposo decide hacerse católico, con lo antipática que les solía parecer esa Iglesia y sus prácticas.</p>
<p>Los esposos Casanova sólo platican de estas dificultades cuando participan de actividades de evangelización y formación a las que son invitados. Este no es el lugar para versar sobre situaciones privadas tan neurálgicas.</p>
<p>Sin embargo, sí podemos aprovechar algunas líneas escritas por el Dr. Fernando Casanova sobre las razones bíblicas, teológicas y espirituales que tuvo para hacerse católico.</p>
<p>A continuación presentamos un breve resumen de estas razones, que hemos tomado y adaptado de una conferencia que dictó Fernando en la XVI Convención de la Asociación Nacional de Sacerdotes Hispanos de los Estados Unidos, el 11 de octubre de 2005, en San Juan.</p>
<p>En esta conferencia se enfatizó el tema de la Eucaristía, que fue la cuestión más importante en la conversión de Fernando, y luego también de su esposa.</p>
<p><strong>El pentecostalismo y yo</strong></p>
<p>Fui criado en la tradición pentecostal. Nunca conocí otra experiencia de fe. No fue difícil para nuestra familia identificar esa fe evangélica y pentecostal como la causa de nuestra excitante vida espiritual, y como razón de nuestra grata convivencia familiar.</p>
<p>Estaba tan agradecido de Dios por el orden religioso en nuestras vidas, por las nuevas oportunidades que me regaló después de haber abandonado la fe de mis padres, viviendo por algún tiempo una vida juvenil desordenada, que decidí entregarme al Señor en cuerpo y alma. Pronto me sentí llamado por Dios a ser pastor. Respondí enseguida. ¡Qué mejor manera de vivir para mi Dios que trabajar para él!</p>
<p>Pero una vez involucrado en el ministerio se me develaron otras razones para querer procurar una vida espiritual cabal, más aferrada a la Escritura, dependiente de la perfecta voluntad de Dios y en sintonía con la Iglesia que él parecía haber establecido en el Nuevo Testamento. Es que tenía que haber algo más profundo, alternativo, en línea con la intención original de Jesús y en comunión con los primeros apóstoles y con aquella Iglesia primitiva de la que me creía heredero, pero de la cual me distanciaba la realidad que comencé a percibir cuando me inauguré como ministro y pastor.</p>
<p>Al principio me entusiasmé con las propiedades liberadoras de la religiosidad pentecostal, y me adherí a ella con todo el corazón. Cuando accedo al ministerio por convicción y vocación, me di cuenta de que arriba, en el liderato, y lejos de la buena fe del pueblo creyente, se encuentra una actitud generalizada de embaucamiento. De pronto, di al traste con la realidad: yo era parte de una ínfima minoría. Me relacioné con otros colegas que se daban cuenta de la corrupción y de la incongruencia con el evangelio de Jesús, con la idea paulina del ministerio cristiano (cf. 2 Co 11, 4 al 12, 21) y con la vida de la Iglesia primitiva (cf. Hch 2, 42.44; 5, 40; 9, 16; 14, 22; Col 1, 24), pero mis compañeros se conformaban.</p>
<p>Tenían miedo. Les preocupaba más su propio bienestar y sus sueldos, y terminaban haciéndose cómplices de la religiosidad sensacional tipo espectáculo. Vi a muchos sucumbir a la fascinación de los predicadores que presentaban a la religión como un show para escapistas: una incubadora de sentimentalismo que atraía a embaucadores apegados al dinero fácil y a la fama. Estos personajes descollaban como súper apóstoles: “¡el hombre de Dios para este tiempo!” o “el Evangelista Internacional”, de los que se resguardaban al lado de un elegante escudo de armas circundado por las palabras “Mengano Ministries”, o detrás de vistosos letreros con la foto artística del pastor y su esposa.</p>
<p>Estos personajes carismáticos se iban constituyendo en los paradigmas del nuevo ministro pentecostal, un prototipo que yo no quería emular y que rechacé con todas mis fuerzas.</p>
<p><strong>Profesor de teología en el seminario pentecostal</strong></p>
<p>Se me ocurrió que podíamos volver a aquel primer cristianismo, genuino y martirial, que el movimiento pentecostal había tratado de revivir cien años atrás. Pensé que todo sería cuestión de buena educación teológica. Así que me fui al Colegio Bíblico Pentecostal a enseñar teología. Este era el Seminario de mi denominación y el único colegio bíblico acreditado fuera de los Estados Unidos continentales. Obtuve la Cátedra de Teología Sistemática que ostentó el Dr. Richard González por más de treinta años antes de retirarse. Me sentí optimista; sentía que podía hacer algo formando a los seminaristas que ejercerían el liderato pentecostal en el futuro.</p>
<p>Tomé mi nueva responsabilidad con pasión. Sin pausa enfaticé en la imperiosa necesidad de atender las incongruencias éticas y doctrinales. Lo único que me movió fue el convencimiento de que teníamos que actuar conforme a la Iglesia que descubrí en la Biblia; una <strong>Iglesia apostólica</strong> (Jn 15, 16; 20, 21; Lc 22, 29-30; Mt 16, 18; Jn 10, 16; Lc 22, 32 [Jn 21, 17]; Ef 4, 11; 1 Ti 3, 1.8; 5, 17), <strong>con autoridad</strong> (Mt 28, 18-20; Jn 20, 23; Lc 10, 16; Mt 28, 20), <strong>perpetua</strong> (Is 9, 6-7; Dan 2, 44; 7, 14; Lc 1, 32-33; Mt 7, 24; 13, 24-30; 16, 18; Jn 14, 16; Mt 28, 19-20, <strong>infalible</strong> (Jn 16, 13; 14, 26; 1 Ti 3, 15; 1 Jn 2, 27; Hch 15, 28; Mt 16, 19). Otra idea bíblica que me martillaba la cabeza constantemente era <strong>la unidad completa (espiritual y visible) de esa Iglesia</strong> (Jn 10, 16; 17, 17-23; Ef 4, 3-6 [cf 3, 21; 4, 14]; Rm 16, 17; 1 Co 1, 10; Flp 2, 2; Rm 12, 5; Col 3, 15). Y ni se diga la contrariedad que me quitó el sueño por mucho tiempo cuando me confronté con el testimonio acerca de la Iglesia Católica de los llamados Padres de la Iglesia, en los primeros siglos de la era cristiana: San Clemente Romano (97 d.C.), San Justino Mártir (155), San Ignacio de Antioquía (165), Tertuliano (197), San Cipriano (250) y San Agustín (397), entre otros.</p>
<p>Cuando constaté el fondo eclesial de la Biblia y del cristianismo primitivo, se me comenzó a aparecer la Iglesia Católica como la verdadera Iglesia de Jesucristo.</p>
<p>Mi optimismo inicial en el Colegio Bíblico se convirtió en una profunda tristeza. Sabía que era responsable del destino eterno de muchas almas. Sabía que un ministro mal formado o con distorsiones éticas era un peligro. La desilusión fue inminente; yo me mortificaba señalándole a todos lo que decía la Biblia, Jesucristo, sus apóstoles y los Padres de la Iglesia, y ellos insistían en suspirar por ministerios deslumbrantes, construcciones majestuosas y exposición en los medios.</p>
<p>Así que me concentré en la oración y el estudio profundo de la Biblia y la historia. En medio de esta búsqueda se hizo evidente que el problema radicaba, a la luz de la Iglesia que constatamos en la Biblia y los Padres, en cuál de las pretendidas iglesias se encontraba la plenitud de la gracia y del conocimiento divino (cf. Mt 28, 19-20; Jn 20, 30; Ga 1, 9; Ef 1, 22; 2, 21; 1 Ts 2, 7; 2 Ts 2, 15; 1 Ti 3, 15; y 1 Jn 2, 19; 4, 6).</p>
<p><strong>La verdadera Iglesia de Jesucristo</strong></p>
<p>Me mortificó ver que, a pesar de que Dios proveyó el Espíritu Santo para conducirnos a la verdad completa, al conocimiento pleno y a una relación de donación de sí mismo (Jn 16, 12-15 [Rm 8, 14-17.23-27]), lo que se podía verificar era una funesta realidad religiosa de división, de fragmentación y de oposición entre los seguidores de Jesús. Cada vez que me fijaba en el espectro religioso de nuestro entorno pentecostal para identificar una respuesta o clave de solución, se me hacía más evidente una escandalosa realidad de relativismo religioso por la división que acusaba a nuestro Señor de mentiroso, pues él había urgido y anunciado lo contrario de su Iglesia (Jn 17, 20-26; Hch 2, 42-43; 1 Co 1, 10; Ef 4, 1-6; Etc.). La realidad que tenía de frente me denunciaba a un montón de espíritus que aducían ser el Espíritu Santo, pero que referían a muchas verdades diversas y contradictorias entre sí. Tuve que reconocerlo: la división entre los cristianos no sólo atentaba contra la disposición eclesial de Jesús, sino que también era la causa principal de la incredulidad (Jn 17, 21.23).</p>
<p>Aquel mundo protestante y de sectas no podía ser la Iglesia que Cristo convocó para su gloria, para remitir a su reino y señalar su verdad (¡en singular!).</p>
<p>Estaba seguro de que Jesús no se había equivocado; de que había una sola verdad que conduce a un solo Señor, y de que para mayor gloria de Dios esta verdad debe ser transmitida sin ambigüedades por una sola Iglesia (Ef 3, 21; 4, 3-6.14-15). La evidencia bíblica, el sentido común y la historia me señalaban a la Iglesia Católica como la Iglesia de Jesucristo, la original y la única. De hecho, ningún protestante, por más anticatólico que fuese, podía negar que la Iglesia de Jesucristo que conocemos como Católica, se mantuvo constantemente diciendo y estableciendo la verdad; sobre la Trinidad (Nicea, 325), la personalidad divina de Cristo (Efeso, 431), la divinidad del Espíritu Santo (Constantinopla, 381) y hasta sobre el canon bíblico (Cartago, 493, y Roma, 497). En adición, todas estas verdades echaban por tierra la hipótesis anticatólica de la corrupción de la Iglesia por Constantino y el Edicto de Milán de 313. ¡Se suponía que la Iglesia Católica se hubiera corrompido en esa fecha!<br />
Vez tras vez, evidencia tras evidencia, me indicaban una realidad que me obligó a reconocer que era muy probable que la Iglesia Católica fuera la Iglesia de Jesucristo, y que era muy improbable que nuestras diversas iglesias (¡más de 30,000 en 1999!) fuesen esa única Iglesia del Señor, con todas las notas que correspondían al pueblo de Dios en el nuevo testamento.</p>
<p><strong>No quería hacerme católico</strong></p>
<p>Durante este proceso de conversión resistí al catolicismo con todo lo que tenía a mi alcance. Cuando la excelencia y la veracidad de su doctrina me alcanzaron por fin, es decir, cuando mis reservas de índole bíblico, teológico, histórico (en especial cuando caí en la cuenta de la existencia de una leyenda negra rabiosamente anticatólica) y espiritual (cuando entendí que la piedad católica, sobre todo la mariana, estaba cimentada en un sólido fundamento teológico que se gesticula y expresa a través del comportamiento y del lenguaje del amor, tal y como me conduzco cuando expreso con gestos y palabras controvertibles el amor y la pasión que siento por mi esposa [«soy sólo tuyo y de nadie más; te adoro, mi amor; eres la razón de mi vida», etc.]) se desvanecieron, opte entonces por hacerme de la vista larga y seguir sin hacer caso a la voz de mi conciencia y de mi razón: decidí continuar con mi ministerio, ocultando mis descubrimientos y tratando de demostrar que creía lo que predicaba y enseñaba. Siento mucho admitirlo, me da vergüenza, pero la verdad es que decidí actuar en adelante como un hipócrita. “No quiero hacerme católico, no me conviene, no me caen bien.”</p>
<p><strong>Encuentro con la Eucaristía</strong></p>
<p>Aceptando el reto lanzado por un fraile capuchino fui a ver una Hora Santa. El religioso me enteró de una comunidad “muy eucarística”, que tenían exposiciones del Santísimo programadas, y que se aprestaban esa misma noche a celebrar una adoración eucarística. Y me remitió a la parroquia Santa Bernardita, de Country Club, esa misma noche a las 7:30.</p>
<p>Quedé absorbido de inmediato por los detalles de ambientación y embellecimiento del altar, la ornamentación majestuosa del presbítero, una custodia hermosísima, incienso por el altar, luces de escenario, música sublime… y la disposición y devoción de aquellos fieles no tenían precedentes en mi memoria.</p>
<p>Hasta que caí en la cuenta de lo que hacían: ¡adoraban un trozo de pan!</p>
<p>Y para colmo el sacerdote le oraba con tanta seguridad y confianza, muy solemne, pero con familiaridad, similar a mis oraciones, pero él oraba con más convicción, como si de veras estuviera frente al Señor. Ese cura, y las cerca de 200 personas que le acompañaban, estaban convencidos de que lo que estaba colocado en la custodia los escuchaba, y de que era Jesucristo.</p>
<p>Se me ocurrió que si esas personas estaban equivocadas, y yo deseaba que lo estuvieran, entonces lo que me habían enseñado de niño era cierto a fin de cuentas: los católicos son idólatras. Durante algunos años me tuvieron a la defensiva con los temas y circunstancias que narraba al principio, pero ya no. Era imposible que estuvieran en lo correcto. Era increíble para mí que pensaran que adoran a Jesús y que se lo puedan comer.</p>
<p>Pero… y si están en lo correcto. El capuchino era un joven muy inteligente y creía sin ambigüedades en la antiquísima doctrina de su Iglesia al respecto.</p>
<p>No obstante, por alguna razón, sentía que ahora sí los había atrapado. Había analizado el punto de vista de la crítica protestante a la Iglesia Católica en este asunto y no le encontraba posibilidad a esa idea de la presencia real y verdadera del cuerpo y la sangre de Cristo en la misa, y mucho menos en los altares para culto de adoración. No podían tener la razón, ahora no.</p>
<p>De momento el sacerdote se levanta en procesión y comienza a ser seguido por sus acólitos. Tenía la custodia, la llevaba en solemne desfile. Las luces le seguían y el humo del incienso le precedía. A medida que se acercaba se escuchó el tintineo insistente de de unas campanitas. Y una vez más la excelente música y la voz bellísima de una joven se juntaron para cantarle a la presencia. Cuando tuve el Santísimo como a 10 pies de distancia se me ocurrió una idea para romper de una vez por todas con el catolicismo: “Si logro demostrar fuera de toda duda razonable, por la Biblia, que esta gente esta adorando a un trozo de harina cosida, y no a Jesucristo, entonces serán en realidad unos idólatras, unos alucinados que han estado confundidos o engañados por no atenerse a la realidad de los sentidos y por desconocer las escrituras. ¡Esto no esta en la Biblia!”</p>
<p>Y retomé la Biblia para contradecir y desenmascarar la falsedad de esa práctica idolátrica. Mi temor se convirtió en un apabullante optimismo, pues estaba seguro de que había descubierto la puerta para salir del atolladero en el cual me tuvo el catolicismo por los pasados tres años. Tramé primero desbaratar la legitimidad de esa práctica mediante el estudio bíblico, y luego, con el entusiasmo de aquella indudable victoria sobre la idolatría católica, podría volver a encarar los otros temas que me tenían a la defensiva frente al catolicismo.</p>
<p>Esta coyuntura fue para mí la posibilidad de lograr al menos un empate: “Si los protestantes estamos mal, ellos también, y si ambos estamos equivocados alguna salida habrá, como el agnosticismo o incluso otra religión.” Así estaban las cosas en mi corazón.</p>
<p><strong>La Eucaristía según los evangélicos</strong></p>
<p>Yo enseñaba teología sistemática en dos instituciones evangélicas y había repasado bien la noción de la Santa Cena en el ámbito de nuestras iglesias. Nuestra celebración de la Santa Cena respondía a una idea accesoria (=adjunta, accidental) de una imagen secundaria (no esencial o determinante) del partimiento (o fracción) del pan o de la eucaristía, según la cultura religiosa que fluía en nuestra tradición de parte de los grupos wesleyanos y bautistas de los cuales salieron nuestras denominaciones pentecostales. En consonancia con nuestra parca y escueta doctrina sobre este tema enseñábamos que la Santa Cena (o partimiento del pan o Eucaristía) era una remembranza de la cena pascual que tuvo Jesús con sus discípulos, que tenía un valor simbólico que aludía al sacrificio expiatorio de Cristo y cuya excelsitud estribaba más en el hecho de ser ordenanza (“hagan esto en recuerdo mío”) que de todo lo demás que pudiera constatarse en la Biblia, los Padres de la Iglesia y hasta en las iglesias de la Reforma protestante: «Celebramos de vez en cuando la Santa Cena porque Él lo mando como un acto simbólico (complementario [no necesario] a la predicación) de la muerte del Señor y porque ―y he aquí la gran aportación del pentecostalismo― era posible recibir un milagro de sanidad en ese momento.</p>
<p><strong>La Eucaristía según San Pablo</strong></p>
<p>Este profesor creía que el único texto eucarístico importante era 1 Co 11, 23-34, pero sobre todo los versículos 23 al 26; los demás (en especial del 27 al 34) eran consideraros como una explicación de las consecuencias de referirse al símbolo de la Cena sin gozar de la plenitud de la gracia divina. Para la celebración utilizábamos los versículos 23-26, y eran por lo tanto los que conocían nuestros fieles. Confieso que comencé a preocuparme cuando me percaté de la ineptitud de mi tradición, de los teólogos evangélicos y de mis primeros profesores pentecostales, al no tomar en consideración textos importantes con un inequívoco sabor eucarístico. Para comenzar, ni siquiera contábamos con una reflexión coherente de nuestros maestros y líderes con relación a las terribles consecuencias de enfermedad y muerte de 1 Co 11, 27-24 por causa del mal entendimiento de un símbolo, de algo que según nosotros era prescindible de la sustancia y la definición pentecostal del culto cristiano. Y otro tanto de desesperación me invadió cuando di al traste con la poca consideración que dábamos a los relatos de la institución de la Eucaristía (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) ni de su sugestivo contexto pascual, ni de su trasfondo sacerdotal (Gn 14, 17-20) y soteriológico (Ex 12), y mucho menos nos habíamos enterado del consenso que siempre ha existido en la opinión de que Jn 6, 25-59 y Lc 24, 13-35 son textos eminentes que destacan un valor trascendental a la Eucaristía, o la Cena del Señor, o como hayamos querido llamarle.</p>
<p>Pero, en cuanto a nuestro pasaje preferido de 1 Co, lo increíble es que tampoco subrayáramos su contexto literario, imposibilitando de esta manera el descubrimiento de otros aspectos, riquezas y beneficios de la Eucaristía. Y este contexto literario que añade significado al mencionado texto es 1 Co 10. Este capítulo 10 sirve a la intención de Pablo de exigirle a sus lectores que frente a la mesa eucarística ellos tienen que decidirse (10, 20-21): la mesa del Señor o la mesa de los demonios. Con esto quiere matizar que frente a este acontecimiento cumbre del culto cristiano, todos tienen que tomar una decisión definitiva y radical. Luego, al combinarlo con el capítulo 11, pude comprender el valor de la Cena según San Pablo, al señalarla como signo de contradicción (en el capítulo 10): motivo excelente de conversión y razón de ser de una vida íntegra delante del Señor y de los hermanos, y esto, porque en este acontecimiento del partimiento del pan y de la “copa de bendición” tenemos comunión (común―unión) con el cuerpo y la sangre del Señor (10, 16).</p>
<p>Entonces pude ir sobre el capítulo 11, en especial por los versículos enigmáticos del 27 al 31. Tomemos el 29: dice que en esta Cena (que para mi era un recuerdo por referencia simbólica) se es juzgado por Dios si no se discierne el cuerpo y la sangre del Señor. Este no es el lugar para discurrir sobre disquisiciones exegéticas del texto en cuestión, pero la realidad es que “discernir” (diakríno) se refiere aquí a “darse cuenta” (determinar; decidirse por la realidad de lo que está de fondo; distinguir la verdad de lo que está frente a uno) de la presencia que subyace frente a uno en la mesa del Señor. En la antigüedad el cernidor (del verbo “cernir”) era un instrumento para separar (o para dis-cernir) el trigo de los demás componentes de la planta y de la tierra, pero también de otras plantas que podían confundirse como verdadero trigo. El discernir con el cernidor era la acción de darse cuenta, de identificar, de establecer un juicio certero de que lo que quedó después del ejercicio discernidor fue el trigo de verdad, lo que en realidad se buscaba, lo que importaba y daba sentido a la búsqueda. En otras palabras, el que no se da cuenta del verdadero cuerpo (mé diakrínon tó sóma [v. 28]) del Señor, el que no descubre esa realidad maravillosa que es Cristo mismo, se está metiendo en un grave problema que puede costarle la salud o la muerte (11, 30) ―Ahora sí tenía sentido eso de las consecuencias nefastas de enfermedad y muerte para los profanadores, es decir, para aquellos que menospreciaban, que no distinguían, que no se decidían, que no se daban cuenta del auténtico cuerpo de Cristo. El Dios del nuevo testamento no iba a matar a alguien simplemente por haber mal interpretado un mero símbolo―.</p>
<p><strong>La Eucaristía según San Juan</strong></p>
<p>Lo próximo fue el capítulo 6 de San Juan, versículos 22-71. ¡Increíble!: más de 40 versículos que versan sobre la Cena del Señor. Un pasaje bíblico impresionante que el catolicismo utiliza para sustentar su fe inamovible en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.</p>
<p>Las referencias anti-presencia real a las que había recurrido veían un sentido “oscuro” este capítulo, o sea, no evidente o claro, sino que la plática de Jesús a sus interlocutores incrédulos debía entenderse siempre en sentido figurado. Una vez más se recurría al símbolo, a la Eucaristía como una representación, sólo como una referencia pedagógica tipo metáfora y cuya observancia de nuestra parte (no muy frecuente, por cierto) mostraba el grado de cumplimiento de un deseo del Señor: “hagan esto”.</p>
<p>Pero ahora, yendo sobre el pasaje en cuestión y mientras me refería a la otra cara de la moneda, es decir, cuando decidí ir sobre las palabras, escudriñándolas y tomando en serio la repercusión de la intransigencia del Señor y del empecinamiento de San Juan evangelista, pude descubrir el verdadero sentido de Jn 6, 22-71.</p>
<p>1. Lo primero que me señaló una interpretación literal de Jn 6 fue el sentido natural y recurrente de las palabras del Señor a través de todo el capítulo, de manera insistente y sin importar la resistencia de los incrédulos, ni las consecuencias para el éxito numérico de su ministerio o la reacción de sus simpatizantes (cf, 6, 2-3. 14. 22-23. 60.): “yo soy el pan vivo bajado del cielo”, “quien come de este pan vivirá para siempre”, “y el pan que voy a dar es mi carne, la cual entregaré por la vida del mundo”, “mi carne es verdadera comida… mi sangre es verdadera bebida”, “el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”, “el que me coma vivirá por mí”, “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros”, “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”, etcétera. Esta obstinación, reiterada y con tanta fuerza, no sólo desde el punto de vista de la interacción de los personajes en cuestión, sino también desde la óptica del lenguaje tenaz, gráfico, directo y sin ambigüedad de ningún tipo, se hace patente aquí en Jn 6; no hay precedente que pueda sugerir que una narrativa y diálogo como estos aludan a un entendimiento exclusivamente simbólico.</p>
<p>2. Junto a este sentido natural y demandante que anuncia la significación literal del pasaje en cuestión, y que por lo tanto lo señala como evidencia de la presencia real de Cristo en la Santa Comunión, tenemos el hecho de que Jesús no corrige la interpretación literal de sus oyentes. Esto es importantísimo porque es harto conocido y aceptado que una característica de este evangelio es que cuando, o cada vez que el Señor es mal interpretado o mal entendido, Él siempre corrige. Siempre: 3, 5; 4,34; 7, 38-39; 21, 21-23 (y hasta en Mt 16, 6ss). Pero aquí, de manera atípica, y por lo tanto desconcertante para mí, El Jefe no corrigió, no se echó para atrás, no lo echó a votación ni les dijo que cada cual podía tener su propia idea o interpretación porque, total, somos hijos de un mismo Padre y le servimos a un mismo Dios. Algunos dirían: “¡qué falta de perspectiva democrática, y de pluralidad, y de diálogo, y de tolerancia!&#8230; ¡pero qué nivel de intransigencia, y de integrismo, y de arrogancia!&#8230; ¡no está a la altura de los tiempos, carece de enfoque histórico crítico, no es capaz de un discurso estructuralista consecuente con la mentalidad de los que no piensan como él! ¡Es un fundamentalista!”</p>
<p>El Señor es un buen maestro y quiere que todos lleguen al conocimiento de la verdad, y por lo mismo, ahora, cuando tiene una multitud cautiva de 10 mil personas que lo seguían, se vuelve a ellos para decirles lo que él cree, lo que quiere, la verdad, de frente, duro, sin tapujos ni relativismos acomodaticios: tenían que comérselo y bebérselo.</p>
<p>3. Lo tercero que me señaló una interpretación literal de Jn 6 fue que no encontré en toda la Biblia algún precedente que exprese a pan y vino como símbolos de cuerpo y sangre. En efecto, lo pude corroborar: no existe ninguna referencia bíblica que proponga una comparación espacial semejante, no hay ni siquiera una sola identificación simbólica de pan y vino como cuerpo (“carne”) y sangre… ninguna, nada de nada.</p>
<p>4. Lo próximo fue el versículo 51b, que según la versión evangélica de mi Biblia Reina-Valera de 1995, decía: “y el pan que yo daré es mi carne, la cual entregaré por la vida del mundo”. Volví a leerlo. Lo meditaba y estudiaba, y pude así encontrar su repercusión literal ―o “literalista”, como señalábamos despectivamente a la versión católica―, a tono con todo lo que ya había desenvuelto.</p>
<p>Sabemos que Juan tenía una lucha acérrima en contra del gnosticismo, una herejía que circundaba la comunidad para la cual escribía y que enseñaba, entre otras cosas peligrosas para la supervivencia de la fe cristiana, que Cristo había venido en apariencia, en espíritu, porque la carne era mala (la prisión del espíritu y del alma y la coartadora de la verdadera y más conveniente divinización, que era la meta de los aventajados por una condición inherente a su superioridad espiritual). Pensaban que el Verbo de Dios no pudo haberse manchado mediante el contacto con el principio de corruptibilidad, con la materia, con carne, en un cuerpo humano convencional, limitante, no divino. Por lo tanto, Cristo, como Verbo encarnado, no murió en la cruz. “Lo perfecto es eterno, espiritual, no corpóreo, no físico, no puede morir: Cristo no murió” ―El apócrifo gnóstico de Tomás dice que el Señor les hizo pensar que murió, y que comía y dormía, pero él más bien los engañaba―. No es difícil para ninguno de nosotros suponer el riesgo que esta corriente representaba si se infiltraba y repercutía en el cristianismo, sobre todo si entendemos a este último como la expresión de la verdad de Dios que deviene a partir de la versión judía de la revelación, y que logra su cumbre y sentido total en las personas y la palabra de Jesucristo, sus apóstoles y la Iglesia (el nuevo Israel). Es decir, que este “detalle” de la peligrosidad gnóstica es entendible para nosotros, los que aceptamos la naturaleza judeo-cristiana de la verdad que nos condiciona y define (revelación, alianza (pacto, testamento); encarnación (a propósito, ver alusión a la encarnación del verbo de 1, 14, en 6, 41-42, y cómo los judíos que resienten el lenguaje literal de Jesús son propuestos como no elegidos [v. 43]), vida, pasión, muerte y resurrección corporal de una persona 100 por ciento Dios y 100 por ciento humano), que todos tenemos acceso a los beneficios de Dios, en y por Cristo, y no solamente unos cuantos privilegiados y sabiondos de una cierta provisión misteriosa , como aducían los gnósticos.</p>
<p>Pues bien, la repercusión de Jn 6, 51b es que la carne que se nos dará para comer es la misma que padeció en el Gólgota. Y esto, teniendo presente la disyuntiva del evangelista con la herejía gnóstica. Juan estaba muy consciente de que la carne que daría Jesús para comer no podía ser mal entendida como algo etéreo e incorpóreo, y por lo tanto tan indeterminado como un fantasma. Juan, en línea con la predicación apostólica, pregonaba la vida humana, pasión, muerte y resurrección de un hombre de carne y hueso llamado Jesús de Nazaret. Ése mismo es el que se da como pan, se da a sí mismo, tal real y literal como lo tenía fijado el evangelista en su mente.</p>
<p>5. Lo siguiente que me señaló una interpretación literal de Jn 6, fue la imposibilidad de encontrar en la Biblia un precedente simbólico de comer la carne y beber la sangre que fuera coherente con el relato de Jn 6, 22-71, y que pudiera fundamentar una salida alegórica a este problema ―Ya lo consideraba un gran problema y estaba muy asustado. «La verdad católica de nuevo»―.</p>
<p>Resultó que siempre que la Biblia habla simbólicamente de comerse la carne o beberse la sangre de alguien (cf. Is 49, 26; M 3, 3), implica perseguir sangrientamente o destruir a una persona o a un pueblo”. Si era consistente con este antecedente simbólico y lo aplicaba al pasaje de Jn, tendríamos al Señor diciendo que aquellos que lo persigan, castiguen, le falten el respeto, lo injurien y lo destruyan, serán recompensados con la vida eterna (viz., 6, 50. 54.), tendrán vida en ellos (v. 53), vivirán por el Señor (v. 57) y vivirán para siempre (v. 51. 58.). Sólo un loco podría aceptar una aplicación tan disparatada. Entonces, una identificación simbólica de las afirmaciones comer y beber carne y sangre, tal y como aparecen en Jn 6, es imposible.</p>
<p>6. Otro hallazgo que me señaló una interpretación literal de Jn 6, fue el cambio de verbo ocurrido en el versículo 54. Hasta el v. 53 el Señor habla de comérselo, y para ello Juan utiliza el verbo fagéin (afagon, fáge, fagete), que es la palabra más común para designar el acto de comer, como consumir o ingerir alimentos. Ustedes saben que el nuevo testamento se escribió en griego koiné, y que se trata de una lengua muerta que no guarda correspondencia exacta con los idiomas que han bebido de él, como el español, por ejemplo. Pues lo que pasa aquí es que no hay un conseguimiento preciso de este cambio de conceptos, y por eso no aparece dicho cambio en nuestras versiones modernas. Sin embargo, se da un cambio significativo. Verán.</p>
<p>Fue en el instante más neurálgico de la discusión, cuando lo judíos lo impugnaban ―¡por última vez en el capítulo!― preguntándose “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?, que El Jefe cambia la palabra comer, de fagéin y sus derivados, a trógon (ho trógon mou tén sarka), lo cual implica una matización mucho más radical aún que señala indudablemente un sentido literal franco e indefectible. No me quedó más remedio que reconocer la verdad que tenía de frente: Ahora, en este preciso momento de incredulidad y de minusvalía de parte de los judíos hacia Jesús, este se atreve a cambiar, de comer o ingerir su carne, a morder, mordisquear, mascar, mascullar, roer; denota un proceso lento de carcomer, supone un énfasis perentorio en el acto de comer, como si se estuviera avanzando conscientemente en la ingestión inflexible de un alimento.</p>
<p>Busqué si se repetía el término en este evangelio y lo encontré en 13, 18, una vez más, en contexto eucarístico, mientras se efectuaba la última cena de Jesús con sus discípulos.</p>
<p>Supe que me estaba metiendo en un problema. La Eucaristía como símbolo no tenía fundamento en Jn 6.</p>
<p>7. Y se me hizo patente cuando me aferré a cierta idea de los partidarios de la interpretación simbólica de Jn 6. Me sentí tan ridículo cuando descubrí la idiotez de esa posibilidad simbólica de cierto versículo del capítulo 6 de San Juan.</p>
<p>¿Y cuál era el argumento que presentaba a la Eucaristía como símbolo en jn 6? Pues el versículo 63: “El espíritu es el que da vida; la carne no sirve de nada”.</p>
<p>Desconcertante, ¿ah? ¿Con que el Señor a estado diciendo que su carne y su sangre son para vida eterna y comunión con el Padre y con él, y ahora se contradice para significar que su “carne no sirve de nada”? Es insólito hasta dónde son capaces de llegar algunos para defender lo indefendible, porque cuando empecé a auscultar la opinión de algunos colegas ministros me respondían con el argumento de Zwinglio, ese de que Jesús se contradecía para decir que la carne que padecerá por nosotros y por la cual seremos alimentados para vida eterna, no vale nada, es nada, como basura, igualito que los gnósticos. Entonces aquella herejía era la verdad, si es que son consecuentes en su interpretación y continúan con la misma apreciación de la frase “El espíritu es el que da vida”. Esto sería incluso un intento atroz de preferir una noción heterodoxa y por lo tanto dañina, con tal de menguar un principio de literalidad como sentido correcto de un texto bíblico por el simple hecho de que no me conviene, o porque se supone que los católicos siempre estén mal.</p>
<p>Ya me había metido bastante con el evangelio de Juan y sabía a qué se refería el Señor en el versículo 63.</p>
<p>Las palabras en cuestión se refieren a uno de dos sentidos por los cuales Juan usa sarx (carne): como sinónimo de mentalidad o actitud carnal, como una mente dominada por las cosas materiales, que juzga según los sentidos (cf., 8, 15) ―esos sentidos que esbozábamos como lo concluyente en materia de la presencia real y la Eucaristía―, que se aferra a lo natural y por lo tanto no descubre la verdad espiritual que determina los asuntos divinos. Por eso, lo que se devela aquí es más bien otra prueba de la noción literal de presencia real, y así lo remacha sin duda el final del versículo 63: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” O sea, las palabras del Señor con relación al pan de vida expresan una realidad divina que sólo el Espíritu es capaz de hacernos comprender y que por lo mismo es brote de vida eterna para los creyentes (cf., Jn 1, 33; 14, 26).</p>
<p>Tuve que reconocer que este acontecimiento que ha celebrado la Iglesia Católica por 2,000 años, con tanta fe y a un costo tan alto, supone una poderosa presencia especial de Dios. Una presencia que tiene que producir una excelente oportunidad de conversión. Esta oportunidad que provee Dios en la Eucaristía se constituyó para mí en una fuente reconciliación y de liberación también.</p>
<p>Y de esta manera tuve que actuar de acuerdo a mi conciencia, convencido y poseído de esta gran verdad de la Iglesia del Señor: una, santa, católica y apostólica. No me quedó más remedio. Tuve que renunciar a mi ministerio. Sufrí mucho.</p>
<p><strong>Otras cuestiones</strong></p>
<p>Otros temas con los cuales tuve que lidiar fueron: la excelencia de la Virgen María y la importancia de su rol en la historia de la salvación, el culto a Santa María y a los santos, el primado de san Pedro y la institución del papado, el bautismo de infantes y el sacramento de la Confesión. Siempre, sin excepción, encontré una respuesta contundente a favor de la Iglesia Católica Romana.</p>
<p>Aunque tengo que reconocer que no siempre descubrí la Verdad católica por iniciativa mía, sino sin quererlo; de hecho, por mucho tiempo me resistí, pues no quería hacerme católico.</p>
<p>Hasta que me encontré retando al Señor sometiéndome, por ejemplo, al sacramento de la Reconciliación (Confesión), y predicando en mi iglesia pentecostal, y en otras que me invitaban como evangelista, sobre la Virgen María, y negándome a rebautizar al modo protestante, y enseñando la versión católica de la teología a nuestros seminaristas evangélicos, y un largo etcétera.</p>
<p><strong>Un alto costo</strong></p>
<p>Sobre los inconvenientes y las crisis vocacionales, familiares y económicas sólo las platico con las comunidades que nos invitan. Pero no debe ser difícil para nadie imaginar lo mucho que tuvimos que sufrir.</p>
<p>Y aquí me encuentro ahora, en la Iglesia de Jesucristo. Yo hubiera preferido otro método, pero el Señor lo dispuso así. Hay cosas que nunca comprenderé del todo. ¿Por qué señaló a Pedro como el primero? Juan era mejor. ¿Por qué escogió a Judas Iscariote como tesorero? De seguro Mateo le hubiese resultado mejor, pues había sido CPA del Imperio (publicano). ¿Por qué no hizo que la Biblia fuese suficiente? ¿Por qué no se limitó a poner sólo gente santa, perfecta, casta y pura en Iglesia Católica para hacerme el trago menos amargo? ¿Por qué permitió que yo sufriera la afrenta y el escarnio público por hacerme católico, si pudo haberme hecho nacer en esta Iglesia y ahorrarme problemas? Total, lo que él quería conmigo lo pudo haber realizado comoquiera.</p>
<p>Sólo se me ocurre una explicación para todo esto: <strong><em>¡ÉL ES EL SEÑOR!</em></strong></p>
<p><small><br />
Actualmente, el Dr. Fernando Casanova es fundador y director de la Alianza Formativa, un ministerio de evangelización y formación en la fe católica para la Arquidiócesis de San Juan, Puerto Rico.<br />
</small></p>
<p><small><br />
Testimonio de conversión al catolicismo<br />
Dr. Fernando Casanova<br />
Alianza Formativa Org<br />
</small></p>
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