El juicio de nuestra fe

El verdadero cristianismo no se limita a creer en Dios. Ciertamente ese es el primer paso, pero ese creer, esa fe, tiene, por obligación, que traducirse en obras de misericordia. Así lo explica Santiago cuando dice que una “fe sin obras está muerta” (2, 26).

Imagina que tuvieras que enfrentar un juicio. Se te acusa de ser católica/o y tanto el fiscal como el abogado defensor tratan de probar tu culpabilidad o tu inocencia. ¿Eres verdaderamente católico o solamente lo pareces…? ¿Tus palabras y acciones reflejan tu fe en Dios…? ¿Te consideras parte de la Iglesia o vives sus enseñanzas “a tú manera”…? ¿Qué argumentos y evidencias se presentaría a tu favor o en tu contra…?

Podemos correr el riesgo de quedarnos en el juicio. De encontrar que no vivimos nuestra fe como deberíamos y hasta de sentirnos culpables por no estar más adheridos a la Iglesia. Pero, me parece a mí, que lo más importante del video es lo que pasa luego de que se “despierta del sueño”. La joven, sin duda, se esforzaría por ser mejor, por ir con más alegría a la Eucaristía, por conocer más sobre las enseñanzas de la Iglesia… en fin, por vivir más plenamente su fe.

Chesterton decía que “la iglesia no es la asamblea de los puros, sino el hospital de los pecadores”. ¡Qué mejor ejemplo de esto que el grupo de los Doce…! Escogidos personalmente por Jesús, caminaron con él, comieron con él, escucharon sus palabras y vieron los signos que hacía. Pero cuando apretó el camino, todos dudaron, uno le negó, y otro le traicionó. De eso se trata ser cristiano… o en nuestro caso, católicos. De caer y de levantarnos. De tener dudas, ¡cómo no! Y defectos, ¡muchísimos! Y pecados, ¡yo soy el primero, muchos y graves! Pero también tenemos sed de Él, y ponemos de nuestra parte haciendo lo poco que podemos, y sabemos que paso a paso, poco a poco, Él nos va acercando cada vez más.

No se trata de Dios ni de la Iglesia, se trata de nosotros… de nuestra humanidad, de nuestra insuficiencia. Pero, como a Pablo, Jesús nos dice que su gracia nos basta. Así que ¡ánimo hermanos!, que estamos todos en la misma Barca.

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