Madre del Silencio, por Canto Católico

Nuestros amigos de la Fundación Canto Católico nos regalan esta hermosa melodía dedicada a la Virgen… y la compartimos con ustedes esta noche, víspera a la solemnidad de la Asunción de nuestra Madre a los cielos.

Les comparto también los comentarios de Juan Pablo Rojas, quien ha hecho los arreglos musicales para esta versión de “Madre del Silencio”,

Esta hermosa canción, compuesta por el chileno Luis Hernán Muñoz, ha traspasado fronteras con un mensaje de particular relevancia para nuestros tiempos: pedirle a la maestra de oración, es decir, a la Virgen María, que nos enseñe a rezar.

El texto de la canción es un verdadero poema, dirigido con confianza a la Madre de Dios pidiéndole que nos conduzca hacia su divino Hijo. Como en las mejores obras de arte cristiano que retratan a la Virgen Madre, el centro de esta canción mariana es siempre Jesucristo. Si nos fijamos con atención, el texto del coro es una súplica incesante a María a fin de que nos conceda su silencio y su paz interior para escuchar la voz suave de Dios:

Virgen María,
Madre del Señor,
danos tu silencio y paz
para escuchar su voz;
danos tu silencio y paz
para escuchar su voz.

Ahora bien, ¿en qué consiste esa voz de Dios? Como nos explica la Carta a los Hebreos, Dios nos ha hablado ha hablado de muchas maneras; pero en este último tiempo, nos ha dado su Palabra definitiva: Jesucristo (Hb 1, 1-2). Sí, Jesús es la Palabra de Dios hecha carne, en quien Dios nos lo ha dicho todo (Jn 1, 14). Con este canto nos dirigimos a María para que nos enseñe a escuchar a Cristo Nuestro Señor, la voz de Dios. Efectivamente, la Virgen ha sabido contemplarlo de un modo singularísimo y con una intimidad que supera toda capacidad de comprensión, pues ella no sólo ha escuchado su palabra, sino que más aún, la ha acogido en sus propias entrañas.

El arreglo de la canción ha pretendido ser un medio para que este mensaje llegue al oído y al corazón con claridad. En la primera estrofa, la escasa presencia de instrumentos y la sencillez de la guitarra subrayan el “suave atardecer”, “la vida sencilla”, el silencio y la pobreza. La segunda estrofa trata de colocarnos en la quietud de la noche, quietud que carece de sonidos exteriores, pero que exulta interiormente por la belleza de las estrellas. Esta estrofa retrata perfectamente el silencio interior de María, en el que la voz de Dios se dejaba escuchar con toda claridad. Para ilustrarlo, los movimientos del clarinete y el acordeón son graduales, delicados, como desgranando con cuidado los tesoros del corazón. Deliberadamente hemos cambiado algunos acordes para acentuar esta interpretación. El trino del clarinete sugiere la noche, con la vida secreta de los animales y plantas que despiertan mientras nosotros descansamos, reflejo de la presencia de Dios aún en la más cerrada oscuridad: “ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día” (Sal 139, 12)

La tercera estrofa es un ruego profundo a María para que nos ayude a escuchar la voz de Dios, que se expresa de modos tan diversos y misteriosos. Los instrumentos tratan de marcar la riqueza de la multifacética naturaleza de la vida terrena: el trazo del acordeón marca la presencia divina en todas las cosas, la aspereza del cello subraya el dolor del hermano, y la dulzura del clarinete acompaña la sonrisa del niño. El contracanto masculino, que añade novedad a la tercera exposición de la estrofa, hace patente la intención del poema de incluir a los hermanos en la perspectiva del encuentro con Jesús.

Todos los estribillos son cantados por un coro, que representa una multitud de personas que piden a María la gracia de recibir “su silencio y paz” para escuchar la voz de Dios. Es la misma multitud que vive en un mundo lleno de ruidos y distracciones, un mundo que no permite el silencio interior, un mundo verdaderamente alienante. Ya no nos resulta estar solos: rápidamente acudimos al teléfono móvil y navegamos por un universo infinito de información, tan amplio y tan atrayente que nos olvidamos de un universo aún más grande y verdadero: el de la propia alma y el del insondable ser de Dios.

En medio de estas dificultades nunca antes vistas, y en el marco de una humanidad que parece ir perdiendo la fe, volver a la oración no es una asignatura optativa. Cristiano que no reza, cristiano que probablemente dejará de serlo. Y quién mejor que la propia Virgen María, modelo de oración, que nos enseñe cómo escuchar la voz de su Hijo. Mirando su ejemplo aprenderemos a hacer silencio, a llevar una vida más sencilla, a escuchar al Señor en los atardeceres, en la noche y en las estrellas, en los hermanos que sufren, en los niños y en el amigo.

Virgen María, ¡danos tu silencio y paz para escuchar Su voz!

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